Ia: No Enamorarse

1

JULIAN HAYES

DIA 1

Noventa días. Diez millones de euros.

Tres meses sin aguantar a mi padre a cambio de una cantidad obscena de dinero en una cuenta solo a mi nombre. Pensé que era el mejor negocio de mi vida.

El chasquido metálico de la puerta cerrándose a mis espaldas me saca de mis pensamientos. Miro el marco. No hay pomo, ni tirador, ni rendija. Solo una placa de acero pulido que se funde con la pared. Estoy encerrado.

Doy tres pasos hacia el salón y piso algo pastoso.

Bajo la vista. Sangre. Una mancha roja sobre el suelo blanco que se alarga en varias gotas hacia la cocina.

—Bienvenido, Julian —dice una voz femenina desde el techo.

Doy un respingo. Suena limpia, sin altavoces visibles.

—¿Quién eres?

—Vesper. La interfaz de gestión del complejo.

—Genial. Una casa que habla. Lo que me faltaba.

Sigo el rastro de sangre con la mirada fija en el suelo y doblo la esquina de la isla de granito. Me quedo clavado en el sitio.

Hay una chica sentada en el suelo, apoyada contra los muebles bajos. Lleva una sudadera gris tres tallas más grande, el pelo oscuro cortado de cualquier manera y un trapo lleno de sangre apretado contra la palma de la mano izquierda. En la otra mano tiene un cuchillo de cocina largo. Y me está apuntando directamente al pecho.

—Ni se te ocurra dar un paso más —dice.

La voz le tiembla, pero no el pulso.

Levanto las dos manos despacio. No tengo ninguna intención de averiguar si tiene buena puntería.

—Baja eso.

—¿Quién coño eres tú?

—Julian. El dueño de todo esto, en teoría. ¿Y tú?

—Alguien con un cuchillo.

—Ya lo veo. Muy convincente. Ahora bájalo antes de que te cortes el otro brazo.

—No me voy a calmar. Un tío con traje me metió en un coche negro, me trajo aquí y me dijo que me daban diez millones por quedarme noventa días. ¡Y este sitio habla solo! ¡Una puta luz roja me ha rajado la mano al abrir un cajón!

La miro con atención. Pánico puro. No parece una ladrona profesional ni una actriz contratada para asustarme; parece un gato callejero acorralado.

—Sujeto dos: pulso elevado —dice Vesper desde arriba—. Aplica presión sobre el corte.

—¡Cállate la boca de una vez! —le grita ella al techo.

—¿Sujeto dos? —pregunto, mirando hacia arriba—. Vesper, ¿de qué habla esta tipa?

—Ambos son participantes del protocolo de habitabilidad.

Miro a la chica. Luego al techo. La cabeza me empieza a doler.

—No. Mi padre me dijo que este ático era para mí solo.

—El contrato estipula dos participantes.

—Pues tu contrato está mal. Ábreme la puerta.

—Acceso bloqueado durante noventa días. El abandono unilateral anula la compensación de diez millones.

Suelto el aire entre los dientes. Diez millones. Si me largo ahora, Arthur se sale con la suya y yo vuelvo a depender de sus malditos cheques.

—Oye —dice ella desde el suelo, sin soltar el cuchillo—. ¿Tú sabías que yo iba a estar aquí?

—Ni idea de que existías.

—Pues tu padre es un desgraciado.

—En eso estamos de acuerdo. ¿Cómo te llamas?

—Tokyo.

La miro de arriba abajo.

—¿Tokyo? ¿En serio? ¿Como la ciudad?

—Es el nombre que puse en el papel. Me da igual cómo me llames, pero no te me acerques.

—Créeme, no tengo ningún interés en acercarme a ti. Especialmente si estás desangrándote en el suelo de mi cocina.

—No es tu cocina. Dijeron que la mitad era mía.

—Como digas. Vesper, ¿hay algo para curar a esta salvaje o tengo que ver cómo mancha todo el piso?

Un cajón bajo la encimera se abre con un zumbido suave. Hay gasas, vendas y un bote de antiséptico. Me agacho con cuidado, saco el paquete y se lo tiro a los pies. Cae justo sobre sus botas viejas.

—Toma. Cúrate tú misma.

Tokyo mira las vendas y luego a mí, con los ojos entrecerrados.

—¿De verdad nos dan diez millones a cada uno solo por quedarnos aquí tres meses?

—Eso creía yo hasta que te vi a ti.

—Regla fundamental del protocolo —anuncia Vesper.

Ambos nos quedamos en silencio, mirando al techo.

—Habla —digo.

—Queda terminantemente prohibido cualquier vínculo afectivo o romántico entre los sujetos. La detección de apego mutuo por parte del sistema cancelará la compensación de forma inmediata. Saldo final: cero euros.

Me quedo mirando al techo un par de segundos, procesando la estupidez que acabo de escuchar. Después miro a Tokyo. Está sentada en el suelo, despeinada, llena de sangre, con una sudadera sucia y cara de querer estrangularme.




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