Ideal

FONDO

Noche de fin de semana y no hay fiesta, todos están en un concierto. El apartamento está en silencio. Me encantan estos momentos de soledad: puedo estudiar, leer una novela, organizar mi espacio del cuarto y navegar en mi teléfono, todo en completa tranquilidad. Mi momento es interrumpido por un compañero, es nuevo y no lo conozco. Desde el sofá observo los pasos torpes que da para encontrar la puerta de su habitación, luce ebrio. Dejo de prestar atención y retomo la lectura de mi novela.

Se hace de noche, no vuelve ninguno de los compañeros que conozco. Me siento inquieta, quisiera que estuviera Pamel acá, podría salir a caminar en su compañía. Una ducha puede ayudarme a calmar esta ansiedad. Entro al baño, antes de cerrar la puerta siento la fuerza de un golpe, este chico que no conozco se encierra en el baño conmigo. Sonríe con satisfacción. Mi cuerpo tiembla al ver sus ojos oscuros. Forcejeo empujándolo para que se aparte, me toma con fuerza, me lastima la presión que hace con sus manos en mis brazos; «calma» susurra. Intento liberarme, sin poder decir ninguna palabra caigo en la desesperación. Con una mano presiona mi cuello, hunde sus dedos en mi piel. Mantengo la respiración. Si me resisto puede hacerme más daño, aparto mis manos, dejo que siga con sus besos y caricias.

Se retira dejándome sola en el baño. Respiro lentamente aguantando las lágrimas. «Vamos, ¿dónde están los buenos pensamientos en este momento?» susurro. Comienzo a llorar sin consuelo; abro la ducha para callar el sonido, solo abunda en mi mente el dolor y la amarga soledad.

 

Me despierto desanimada. Mi cara en el espejo luce fúnebre: mis ojeras están marcadas más de lo habitual y mis ojos están rojos, ardidos de tanto llanto. Y mi cabello, que siempre ha sido suave y poco ondulado, hoy está lleno de nudos y esponjoso. Supongo que no pude lavarlo como de costumbre, no recuerdo si usé champú.

Tomo mi bolsa de pan, tengo que desayunar, no puedo volver a dormir aunque quisiera encerrarme todo el día. Salgo directo a la cocina, sin ver las caras de las personas en el sofá. Hoy no quiero cruzarme con nadie. Para mi sorpresa Samuel está en la cocina preparando varias tostadas.

—¡Karen! Buenos días, ¿te apetece un par de tostadas? —saluda sonriente.

—No, gracias —respondo—. Casi nunca usas la cocina —pienso en voz alta.

—Steve me convenció, dijo que le gustaron las últimas tostadas que hice en la fiesta anterior. Me sentí halagado —confiesa.

—¿El chico nuevo? —Gestiono una mueca de desagrado.

—Si, ¿también te gusta? A las chicas les agrada mucho.

Niego. Parece que mi reacción a su nombre no fue suficiente, o este chico no es para nada atento.

—Ya estoy por terminar, solo dame un par de segundos y la cocina es tuya. —Sigue entusiasmado preparando el desayuno comunitario.

Reviso mi teléfono mientras espero. Aún tengo tiempo, me preocupa llegar tarde a clases, no quiero perderme la lección de matemáticas. Necesito aprobar el siguiente examen para no estar en apuros.

Samuel se retira con su bandeja de tostadas, no tiene pinta que vuelva para limpiar el desastre. Tomo un paño, recojo las migas de pan que ha regado por todos lados; ninguno de estos chicos tiene cuidado en limpiar, al menos Pamel hace el intento en dejar la cocina ordenada.

—¿Harás emparedados de jamón otra vez? —Entra Enrique a la cocina —. Quizás me gustaría probar uno —sonríe.

—¿No estás incluido en la fiesta de las tostadas?

—No me agrada ese ambiente de manipulación. —Abre la nevera y saca una botella de café helado —. ¿Qué dices? Un emparedado a cambio de un gran vaso.

—Manipulación —digo al intentar comprender.

—Esto no es manipulación, solo es toma y dame.

—No me gusta el café helado —miento, nunca lo he probado.

—Está bien, esperaré mi turno. —Guarda la botella y se marcha.

Enrique intenta ser amable conmigo, o eso interpreto, pero no confio en ninguno de mis compañeros, y después de lo sucedido no puedo evitar mirarlos con desprecio a todos.

 

Ha pasado una semana desde que Steve llegó, ha sido la pesadilla que nunca creí vivir. Todos en el piso obedecen sus caprichos, como si fuera el rey de la casa. Solo Enrique y yo nos oponemos a su tontería. Suele llamarme “zorrita”, solo por molestarme. Lo odio, no sé qué hacer o cómo actuar delante de su burla, detesto esa actitud tan arrogante. Las otras dos chicas se entretienen con él, lamentablemente es atractivo, y sabe persuadir, a ellas les gusta el juego. Yo hago lo posible por no salir del cuarto o no estar en casa, siempre evito estar cerca.

Paso el tiempo que pueda en la biblioteca de la universidad. En casa lo único que podía hacer en mis tiempos libres, era leer las novelas viejas de mis padres, son parte de la decoración en la estantería. Me gusta sentir emociones prestadas, imaginar vivir el romance que presentan en las novelas me llena de alegría, sirve como un suspiro para olvidar mi ajetreada vida. Volver al apartamento es decepcionante, las noches se hacen largas y llenas de pensamientos tristes. Me rehúso a recordar aquel día, quiero enterrarlo, pero es difícil matar el sentimiento de dolor, y se suma el miedo de que pueda volver a pasar. Quisiera irme de este lugar, pero no me alcanza el dinero, mi sueldo en la cafetería solo alcanza para el alquiler y la comida, tengo que pagar los estudios con mis ahorros. La preocupación por el mañana me angustia.

 

Ahora leer no es tan gratificante como antes, no puedo dejar a un lado mi realidad. Me sienta fatal tener que congelar la universidad para buscar trabajo, se siente como una derrota. Intenté alargar ese momento, porque sabía que me deprimiría, y ahora necesito los buenos ánimos de vuelta pero no los encuentro.

No dejo de pensar que ya nada tiene sentido en mi vida. Es complicado estar solo y sin ayuda de algún familiar. Como quisiera ser Miranda, que mis padres respaldan mis gastos y tener una casa a donde llegar si todo sale mal. ¿A dónde podría ir si todo sale mal? ¿Cometí un error al soñar con una vida distinta? No quería vivir para el día a día como hacen mis padres. Quiero esforzarme por tener una mejor vida que ellos. No quiero una casa aislada prestada por algún familiar que tuvo compasión de nosotros, o comer mucho un día y mañana nada porque todo se gastó. Pelear todos los días lleno de amargura porque a tu alrededor nada sirve o tiene solución, solo ves odio y todos son escoria para ti, sin importar que sea tu hija. Eso piensa mi padre, ambos son personas dañinas para mí. Mamá no dice nada, pero tampoco da indicios de cambiar, creo que piensa igual que papá.




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