Ideal

MI REALIDAD

Los obsequios de Daniel desaparecieron luego de una semana, gracias a esas prendas se crearon problemas. Las botas ya no existen, su caja tampoco existe, solo las usé una vez. El abrigo terminó manchado de tinte para cabellos, por un accidente de mis compañeras de cuarto. Lo único que me queda es la bufanda, porque es fea y nadie la quiere, solo yo, y duermo todas las noches abrazándola, incapaz de lavarla para que no pierda el olor de su perfume.

Ahora cuando veo a Daniel en la cafetería siento el pesar de los obsequios, y nunca me ve usarlos pero tampoco pregunta. No me atrevo a contar nada.

—Hoy estás muy callada. —Espera una respuesta de mi parte—. De hecho, vas decayendo, cada vez hablas menos.

—Estoy saturada en mis clases, no tengo cabeza para otras cosas. —Revuelvo el postre con la cucharilla—. Creo que mejor lo pido para llevar…

—Deja lo llevo para que lo envuelvan. —Se levanta.

Tiene razón, va decayendo, ahora ni su presencia tiene el peso suficiente para levantar mi ánimo. Nada cambia, ya perdí el rumbo de mi motivación.

—Estaba pensando que quizás sería bueno cambiar de lugar. —Hace una curvatura hacia abajo con su boca. Respondo con mi rostro de confusión, pues no se que quiere decir—. ¿Quieres hacer algo esta noche? Podríamos ir al cine.

—¿Cine? —repito animada.

—Si, algo que te ayude a despejar tu mente.

«No merezco estar a su lado», repite una voz en mi cabeza que me hace recordar mi lugar.

—La verdad, estoy cansada. —Mi expresión vuelve a decaer.

—Entonces vamos, te llevo.

—No puedo, tengo otros pendientes. —Tapo mi cara entre mis manos—. Nos vemos —digo decidida a irme.

Oigo a Daniel exhalar detrás de mí, pero no me detengo a seguir con este fracaso de día. Llego desanimada al apartamento, y para colmo está gente tiene fiesta. Quedo perpleja al ver personas desnudas por la sala, tengo miedo. Antes de poder entrar al cuarto para escapar, Steve me toma de la mano con fuerza.

—¿A dónde vas? Si tu eres el centro de atención esta noche —acompaña sus palabras con una cínica expresión.

Mi temor no es normal, estoy paralizada ante su rostro y la fuerza con la que sostiene mi brazo me hace doler la muñeca.

—Dejala tranquila —dice Enrique—. Si quieres hacer tu tonta fiesta, no te metas con ella —amenaza.

De alguna manera convence a Steve de soltar mi brazo y dejarme. Le agradezco con una breve mirada para luego esconderme en mi cuarto, antes de que cambien de opinión.

 

Que noche tan insoportable pasé. Hicieron demasiado ruido, no sabía que la música podía ser un dolor de cabeza, siempre creí que significaba melodía o al menos sonidos agradables, pero eso anoche parecía golpes que talaban cada vez más profundos. En fin, ahora estoy en la biblioteca de la universidad, es el único lugar agradable que me queda.

Salgo alegre de la biblioteca, estoy feliz de encontrar un cuento corto de final feliz, adoro esas pequeñas perlas de alegría. De pronto un chico se me acerca y me pregunta cuánto cobro por un “rápido”. Lo ignoro y sigo mi camino, no sé con quién me habrá confundido. A medida que avanzo en mi trayecto hacia la entrada de la universidad varios chicos me miran, otros sisean y sonríen. No entiendo qué está pasando, pero me hace erizar los pelos del miedo.

—Hey, “cariño”, ¿no estás disponible hoy?

—¿Quién eres? ¿Por qué me llamas así? —pregunto temerosa.

—Vamos, Steve nos contó de lo buena que eres —sonríe.

—¿Qué? —Siento nauseas de solo imaginar —. No sé de qué hablas, por favor vete.

—Vamos, no te hagas la difícil —toma mi brazo.

—¡Sueltame, idiota! —Empujo al persistente chico y me retiro deprisa.

Varios días que no vengo a la universidad y este tarado se ha encargado de crear una reputación, ¿con qué objetivo? Ninguno, solo por joder, nada más.

Voy a la cafetería como de costumbre. Antes de entrar veo a Daniel sentado en la mesa, parece que hoy llegó temprano. Toco la puerta y me detengo insegura, me invade una tristeza que no me deja entrar. No puedo entrar, mejor regreso.

Espero el autobús en la parada. Quiero encerrarme en mi cuarto y no volver a salir. Solo me queda el dinero que ahorré en diciembre. Otra vez debo buscar trabajo. «Después de tanto sacrificio, ¿cómo estás ahora?», sus palabras quedaron clavadas. Yo no tengo la ayuda de nadie, es fácil decirlo cuando otros te ayudan. Familias, amigos, conocidos; lo dice un chico que le dieron trabajo por recomendacion de sus padres, y luego viene de tonto a decir que no quiere saber de su familia. Como todo un malagradecido, vas y haces desastre con tu vida y luego la culpa es de otro. Ahora estoy atacando a Daniel en mis pensamientos, como si lograra algo de esto.

Por fin llega el bus; me gusta sentarme en la ventana, me ayuda a pensar cuando veo las calles pasar. Veo el atardecer desaparecer entre los edificios, como me gustaría regresar a campes, pero solo a ver los paisajes, sin calles saturadas, sin grandes centros comerciales. Solo campo. Y de noche, el cielo estrellado, lo demás es oscuridad, pero mirar arriba se convierte en la mejor vista. Tantas estrellas brillando a la vez, sin casi nada de espacio para otras, totalmente saturado de estrellas. Mejor verlas brillar a ellas que vivir entre tantas caras desconocidas.

En casa convenzo a mis compañeras de pagar mi parte de la mensualidad a cambio de limpieza en la habitación y lavar su ropa. Todo mientras pienso en resolver los problemas con algún plan.




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