CAPÍTULO 3
Desde que se enteró de que Tamara estaba en el hospital, Din no paraba de dar vueltas por la sala. Las manos temblaban un poco, y todavía sentía ese cosquilleo eléctrico en el estómago que había reemplazado a las mariposas.
De repente, la puerta se abrió de golpe y entró Lucas, con su espada de plástico en una mano y algo envuelto en un trozo de tela en la otra.
—¡Din, mira! ¡Hice...! —empezó a gritar el chiquillo, pero su hermano lo cortó de un tirón.
—Ahora no, Mosquito —dijo Din sin mirarlo, apoyándose en la ventana para mirar hacia la casa de Tamara.
Lucas se quedó quieto por un segundo —cosa que solo pasaba cuando comía o cuando algo le importaba mucho. Se puso derecho, sosteniendo lo que llevaba como si fuera un tesoro pirata.
—Pero... ¡encontré algo! —insistió, acercándose hasta quedarse justo delante de su hermano para que no pudiera evitar verlo.
Din suspiró y bajó la mirada hacia él. En las manos de Lucas había un trozo de cartón mojado, con algunos trozos de pintura que aún se distinguían a pesar de la humedad.
Era el cartel que se había volado con el viento la noche anterior.
—Den... —murmuró Din, pasando la mano por el cartón con cuidado, como si temiera romperlo aún más.
—¿Qué es "den"? —preguntó Lucas, inclinándose para mirar mejor el trozo de cartón.
—No importa, ya no... —respondió Din, guardándolo con mucho cuidado sobre la mesa.
Pero en ese momento se oyó un grito desde la puerta principal:
—¡Din, Lucas! ¡¿A dónde están?!
—¡Estamos acá! —gritó Lucas, corriendo hacia la voz.
Din siguió detrás, y se encontró con Agustina, la mejor amiga de Tamara, con la cara pálida y el pelo despeinado.
—Agustina... ¿Qué pasó? —preguntó Din con voz entrecortada, sintiendo cómo el cosquilleo eléctrico volvía con fuerza.
—Es Tam... —dijo ella, tomándose la mano para sostenerse—. Ya salió del hospital, pero...