Identidades bajo cero

Capítulo 1. El Encuentro

El inconfundible aroma a papas fritas y desinfectante industrial apenas lograba enmascarar el aire helado de Boston, que se colaba sin piedad cada vez que se abría la pesada puerta de cristal. Alessandro Volkov, quien usualmente evitaba los locales de comida rápida, había decidido hacer una rara excepción esa tarde. Estaba recargado en el mostrador de acero inoxidable, sosteniendo su orden en una bandeja de plástico, y por primera vez en mucho tiempo, su mente no estaba divagando entre complejas estructuras moleculares o ecuaciones sin resolver. Toda su atención estaba concentrada en la chica del uniforme.

Ella tenía ese brillo especial, un tanto cansado pero innegablemente hermoso, propio de quien equilibra largas horas de estudio universitarios con extenuantes turnos de trabajo. Su cabello oscuro, recogido de forma práctica, contrastaba a la perfección con la sonrisa fácil y la calidez natural que irradiaba hacia cada cliente. Se encontraba rellenando unos vasos de refresco en la estación de bebidas cuando, casi por accidente, sus miradas se cruzaron.

Alessandro dio un paso hacia ella.

—Disculpa —dijo él, con esa voz profunda y tranquila que lo caracterizaba—. Tengo que admitir que tienes una paciencia impresionante para lidiar con el caos de la hora pico. No cualquiera mantiene esa actitud.

La chica soltó una carcajada, un sonido ligero y tan genuino que a Alessandro le provocó una especie de clic inesperado en la cabeza.

—Es parte del trabajo, ¿no crees? —respondió ella, secándose las manos con una servilleta—. Además, he descubierto que si le sonríes a la gente, la mayoría de las veces te regresan una sonrisa. Por cierto, soy Vanessa.

Alessandro sintió que la comisura de sus labios se elevaba.

—Alessandro —se presentó, extendiendo una mano grande y pálida hacia ella—. Pero puedes llamarme simplemente Sandro. Es un gusto, Vanessa.

Charlaron un poco más mientras el flujo de clientes daba una breve tregua. Ella, curiosa, le preguntó qué estudiaba. Con su altura de casi dos metros, su cabello casi platinado y esa complexión atlética y etérea, Sandro definitivamente no parecía el típico universitario que frecuentaba el lugar; más bien parecía sacado de la portada de una revista escandinava.

Él le habló brevemente de su pasión por la química, manteniendo los detalles al mínimo para no aburrirla. El tiempo se desvaneció entre el ruido de las freidoras y el murmullo de la gente; veinte minutos pasaron como si hubieran sido un par de segundos.

Finalmente, Alessandro tomó una respiración profunda, algo que rara vez necesitaba hacer para reunir valor.

—Ya me tengo que ir, Vanessa. Fue un verdadero gusto conocerte —dijo, mirándola fijamente a los ojos—. Te confieso que disfruté mucho tu compañía, aunque solo charlamos un rato. No es algo que usualmente haga, pero... me encantaría invitarte a cenar. Si estás de acuerdo, puedo pasar por ti después de tu turno algún día de estos.

Vanessa se quedó viéndolo en silencio por un instante. Su altura imponente, su piel casi transparente... era evidente que la gente siempre lo notaba. Sin embargo, la forma en que él la miraba no se parecía en nada a la de los otros chicos que solían acercarse al mostrador. En los ojos de Sandro no había rastro de arrogancia ni dobles intenciones; solo una curiosidad tranquila y honesta. Ella había recibido muchas invitaciones a lo largo de los meses, pero esta era la primera que venía de alguien tan magnético y particular.

Una sonrisa cálida e iluminada se dibujó en su rostro.

—Me parece muy bien, Alessandro —aceptó ella, tomando un recibo en blanco y una pluma del mostrador—. Anotaré mi dirección y mi número aquí.

Dos días después, a las siete de la noche, Alessandro estaba de pie frente al enorme espejo de su habitación. Llevaba unos jeans oscuros de corte sencillo y una chamarra de mezclilla, un conjunto que estaba a años luz de las camisas de diseñador y los sacos hechos a la medida que su madre siempre le exigía usar.

Salió de la imponente mansión de los Volkov, bajando los escalones de mármol hacia la inmensa cochera. Allí, su GMC Hummer SUV 2022 descansaba bajo las luces, luciendo como un imponente tanque de lujo. Sandro ni siquiera lo miró. En su mano derecha apretaba las llaves de un Honda Fit 2003 de color gris, un auto modesto con un golpe visible en el parachoques trasero, que le había pedido prestado a Roberto, el jardinero de la familia, para su cita.

Cuando Roberto le había preguntado, sin poder ocultar su confusión, por qué quería llevar a una chica en su carcacha teniendo aquel monstruo de lujo a su disposición, Sandro se había limitado a responderle con una sonrisa sincera:

—No voy a arriesgarme, Roberto. Quiero ver si a ella le interesa el "yo" real, no la cuenta de banco de mi familia.

Condujo por la ciudad hasta llegar al modesto edificio de departamentos donde vivía Vanessa. Ella salió a los pocos minutos, luciendo absolutamente preciosa con un vestido de corte sencillo pero elegante, y un abrigo ligero. Cuando su mirada se posó en el viejo Honda —un auto que prácticamente gritaba "estudiante universitario con presupuesto ajustado"—, su expresión no cambió en lo absoluto. No hubo ni una sola arruga de decepción en su frente.

—Hola, Sandro —saludó ella, usando el diminutivo que él prefería y subiendo al asiento del copiloto—. Me gusta. Este coche tiene mucha más personalidad y carácter que todos esos gigantes de lujo que bloquean el tráfico.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.