Al día siguiente, la inmensa mansión Volkov se sentía extrañamente silenciosa y cargada de una tensión asfixiante, a pesar de que el miembro más ruidoso de la familia acababa de cruzar la puerta. En la habitación de Alessandro, una maleta negra y rígida estaba cerrada junto a la puerta: un pasaje de ida a Australia que aguardaba implacable la hora de salir al aeropuerto.
Alexander, el sol, el caos y la alegría andante de la casa, había vuelto de su gira con el equipo. Entró como un torbellino, con el cabello platinado un poco desordenado, algunos mechones rebeldes cayéndole sobre la frente y llevando puesta su chaqueta deportiva del Ice Nexus. Venía radiante, apestando a hielo y a victoria, pero visiblemente exhausto.
Su primera y única parada obligatoria fue la cocina para asaltar el refrigerador.
—¡Qué onda, Sandro! ¿Cómo te fue en tu encierro en el laboratorio? —gritó Alexander con la boca llena, dándole un mordisco gigante a una manzana—. Yo gané dos partidos, di un par de asistencias brutales y casi le rompo la nariz a un defensa que se me puso al brinco.
Alex no notó la atmósfera lúgubre de la casa hasta que se giró y vio el rostro pálido y devastado de su hermano gemelo parado en el umbral de la cocina.
—Oye... ¿perdiste tu libro favorito de química o por qué tienes esa cara de funeral? —bromeó, aunque su sonrisa empezó a desvanecerse.
Alessandro entró a la cocina, ignoró la broma y le soltó toda la verdad, rápido y sin adornos, como si se quitara una venda de un tirón: la crisis médica de su padre, el viaje de emergencia al otro lado del mundo y el peso aplastante de la responsabilidad que su madre acababa de poner sobre sus hombros.
Alexander dejó de masticar. La manzana de repente le supo a ceniza y la broma se congeló en sus labios.
—¡¿Qué?! ¿Papá está internado en Australia? ¿Y te vas hoy mismo? —Alex parpadeó, incrédulo, pasando una mano por su cabello desordenado—. Pero... ¿por qué yo no...?
Se interrumpió de golpe. Las palabras de su hermano resonaron en su cabeza, recordando el eterno argumento de su madre sobre la empresa, su supuesta falta de madurez y su carrera en el hockey. Por primera vez en mucho tiempo, una punzada de culpa aguda le atravesó el pecho por ser considerado el gemelo "irresponsable".
Justo cuando Alexander estaba asimilando la gravedad de la noticia, Sandro miró el reloj colgado en la pared de la cocina y abrió los ojos de par en par.
—¡Maldita sea! —soltó Sandro, llevándose ambas manos a la cabeza en un gesto de desesperación pura—. Tengo una cita.
Alexander, a pesar de la conmoción, no pudo evitar levantar una ceja, intrigado. El instinto burlón lo traicionó.
—¿Cita? ¿Tú? —preguntó, escéptico—. ¿Con quién? ¿Descubriste un nuevo elemento en la tabla periódica y lo vas a invitar a cenar?
—No, Alexander, estoy hablando en serio. Es con una chica —replicó Sandro, paseándose de un lado a otro por la cocina—. Es mañana por la noche. Apenas la estoy conociendo y... y no puedo cancelarle así, menos hoy. Si le digo que me mudo a otro continente por tiempo indefinido, la voy a perder antes de siquiera empezar algo. No quiero decirle lo de papá todavía, es demasiado pronto y la voy a asustar. Pero tampoco puedo desaparecer sin más y dejarla plantada.
Presa del pánico y de la presión de las últimas horas, a Sandro se le ocurrió la idea más descabellada, irracional y, al mismo tiempo, la única salida posible que su cerebro saturado pudo formular. Se detuvo y miró fijamente a su gemelo. Eran el reflejo exacto el uno del otro en estatura y físico, solo que Alex tenía el doble de picardía y arrogancia en la mirada.
—Alex, tienes que salvarme la vida —dijo Alessandro, acortando la distancia entre ambos, con la voz cargada de urgencia—. Tienes que ir tú a la cita. Hazte pasar por mí.
Alexander parpadeó, procesando la petición, y luego una sonrisa torcida y burlona apareció en su rostro. Parecía estar disfrutando enormemente de la rara incomodidad de su hermano perfecto.
—Nah, ni loco. No se me antoja hacer de niñero —respondió Alex, apoyándose en la isla de la cocina—. Dile que no vas. Mándale un mensaje de texto diciendo que te dio gripe y ya está. Problema resuelto.
—¡Alex, te lo suplico, estoy hablando en serio! ¡Hazme este favor enorme, qué te cuesta! Necesito ganar tiempo en lo que llego a Melbourne y veo cómo manejar las cosas a distancia —Sandro estaba genuinamente desesperado.
—¿Y por qué demonios tengo que ir yo a tu cita a aburrirme, nerd? —Alexander estaba saboreando su posición de poder.
—¡Porque eres mi hermano gemelo, idiota, y te estoy pidiendo el favor de mi vida! —La frustración de Alessandro estalló, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¿Cuántas veces te he pedido algo similar en diecinueve años? ¡Nunca! Si te lo estoy pidiendo es porque esta chica de verdad es importante para mí. ¿Es que no lo entiendes?
El estallido funcionó. Alexander vio la desesperación real en los ojos de Sandro, esos mismos ojos que eran idénticos a los suyos. Se encogió de hombros, rindiéndose, y suspiró con una sonrisa amplia y divertida.
—Ya, tranquilo, no te infartes. Mmm... ¿qué no haría yo por mi hermanito, el campeón internacional de química? —concedió Alex, dándole un empujón amistoso en el hombro.