Identidades bajo cero

Capítulo 3. El Viaje Relámpago

En Melbourne, Alessandro se despertaba con los intensos rayos del sol australiano colándose por la persiana del hotel. Lo primero que hizo, antes siquiera de levantarse, fue revisar su celular.

Tenía un mensaje de Vanessa.

Al leer el mensaje una sonrisa asomó en sus labios y le contestó de inmediato. Vanessa, que aparecía desconectada, no tardó en aparecer "en línea" y la burbuja de escritura comenzó a palpitar. Después de intercambiar un par de mensajes sobre lo pesadas que habían estado sus prácticas clínicas en el hospital, ella fue directa:

"Sé que estás a tope con lo de tu proyecto secreto, y no quiero desconcentrarte, pero... me encantaría verte antes de que te encierres en el laboratorio. ¿Crees que tengas un hueco para quedar otra vez?"

Sandro sonrió, pero esta vez con una punzada de tristeza. Ella estaba intrigada, no decepcionada por la actitud rara de "Sandro" la noche anterior. Necesitaba dejar una impresión perfecta y sólida antes de su larga ausencia. Tenía que afianzar esa conexión. Con un suspiro profundo de resignación, buscó el contacto de su hermano y presionó llamar.

—Lo sabía —fue la respuesta de Alexander al descolgar, acompañada de una risa carente de humor—. ¿A quién tengo que engañar hoy?

—Alex, necesito un favor. Otra vez —dijo Sandro, con un tono casi suplicante que odiaba usar.

—Mira, te lo juro por lo que quieras, la voy a llevar a salir —concedió Alexander, rascándose la nuca al otro lado del mundo—, pero si quieres que la cita no sea un desastre, voy a actuar un poco más como yo mismo. No aguanto otra noche fingiendo que me excitan las estructuras de Lewis o la termodinámica.

—¡No, Alex, por favor! Eres un buen actor y me puedes imitar perfectamente si te lo propones. Me conoces mejor que nadie. Haz tu mejor intento, yo sé que puedes —insistió Sandro, sintiendo la desesperación subir por su garganta—. Solo haz un poco de planeación previa antes de hablar. Solo esta vez, te lo juro por mi vida que no te lo pediré más.

Alexander rodó los ojos en el otro lado del mundo.

—Está bien, haré mi mejor esfuerzo. Pero no soy un actor de Hollywood, hermano. No me pidas milagros. —Hizo una pausa y luego añadió, recuperando su clásica sonrisa irónica—: Solo no te olvides de mí y de mis grandes sacrificios cuando por fin te la lleves a la cama.

—¡Eres un idiota! —espetó Sandro con asco, pero Alex ya había colgado, soltando una carcajada.

***

Para esta segunda cita falsa, Alexander llegó de nuevo en el BMW azul eléctrico. Pero esta vez, se concentró. Se propuso mentalmente no arruinarle la vida a su gemelo. Durante la cena, escuchó atentamente a Vanessa hablar sobre sus complicadas clases de pre-enfermería. Asintió con seriedad, imitando la postura recta de Sandro y reprimiendo casi todas sus bromas sarcásticas. Se esforzó genuinamente en preguntar sobre temas que sonaran "intelectuales".

Solo cometió un error. Y fue casi fatal.

Vanessa, dándole un sorbo a su bebida, le preguntó qué era lo más aburrido o difícil que había tenido que cursar en la carrera. Alex, relajándose un segundo de más, respondió con su voz natural y sin pensarlo:

—Las matemáticas. Las odio con toda mi alma.

La expresión de confusión apareció en el rostro de Vanessa al instante. Su sonrisa desapareció, recordando con claridad la conversación de su primera cita en el restaurante de ramen.

—Pero... si en nuestra primera cita me dijiste que te encantaban la química y las matemáticas, Sandro. Dijiste que las ecuaciones eran un lenguaje perfecto.

Alexander reaccionó en milisegundos, forzando una carcajada que sonó un poco más nerviosa de lo que planeaba.

—¡Es verdad, te estaba tomando el pelo! —Se apresuró a corregir, dándole un toque juguetón a su tono—. Estaba bromeando, Vanessa, para ver si estabas prestando atención. ¡Claro que me encantan! Sabes que soy un maldito nerd de los números.

Vanessa lo miró con los ojos entrecerrados por un momento, pero luego la tensión en sus hombros cedió. Soltó una risita. Pese a ese desliz cardíaco, el resto de la cita fluyó de manera tranquila y agradable.

Ella disfrutaba genuinamente de la cita, pero para Alexander todo aquello era una actuación agotadora; se estaba aburriendo mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Mantener la fachada estoica y reflexiva de su hermano le resultaba asfixiante. Por lo que, a mitad de la velada, su mente buscó una excusa para liberarse: «Si sigo siendo tan aburrido, esta chica se va a quedar dormida en la mesa. No pasa nada si le inyecto un poco de mi propia personalidad; al contrario, le voy a ganar un par de puntos extra a Sandro», racionalizó, impulsado por su innegable ego.

Así, durante el resto de la noche, Alexander se permitió actuar mucho más como él mismo. Aflojó la postura, dejó salir su lado más carismático, bromista y despreocupado. Vanessa, por su parte, se dejó llevar por la nueva atmósfera, totalmente convencida de que el "Alessandro reservado" por fin había entrado en confianza, dejando salir un lado desenvuelto, aventurero y sumamente magnético que a ella le encantaba.

Al terminar la velada, Alexander detuvo el coche frente al edificio de ella. El motor ronroneó suavemente en la calle solitaria.




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