Identidades bajo cero

Capítulo 4. El Jardín Botánico

Alessandro llegó al Jardín Botánico conduciendo el BMW de Alexander, sintiéndose como un impostor en su propia piel. La necesidad de usar el auto de su hermano para mantener la continuidad de la cita anterior lo obligaba a cargar con la sombra del "Alessandro aventurero" que Alex había inventado. Sin embargo, a pesar del abrumador cansancio del viaje transatlántico que le pesaba en los párpados, su corazón latía con una expectación que lo mantenía despierto.

El gran invernadero de cristal del jardín botánico era un oasis de tranquilidad y calor en medio del aire helado de la ciudad. Sandro había llegado temprano para preparar un pequeño picnic en una zona apartada, lejos de los senderos principales: un rincón sereno, rodeado de grandes hojas tropicales y flores exóticas que perfumaban el ambiente cálido del lugar.

Vanessa no tardó en aparecer. Llevaba unos jeans ajustados, botas y un suéter de punto grueso que resaltaba su belleza natural y relajada; apenas cruzó las puertas de cristal, se quitó el abrigo y la bufanda, soltando un suspiro de alivio por el agradable cambio de temperatura. Cuando sus miradas se encontraron, toda la tensión de los días anteriores pareció evaporarse. Ambos sonrieron de verdad, sin reservas.

—Vaya... qué hermosa te ves hoy, Vanessa —dijo Sandro, acercándose con esa voz suave, profunda y pausada que ella recordaba perfectamente de su primera cita en el restaurante de ramen.

—Gracias, tú también te ves muy bien —respondió ella con picardía, notando su ropa pulcra mientras miraba a su alrededor—. ¿Un invernadero tropical en pleno frío? Me sorprendiste, Sandro.

Él acortó la distancia entre los dos, disfrutando de la proximidad y del alivio de no tener que huir.

—Paciencia, señorita. Es solo el inicio, lo más interesante está por delante —respondió él con una sonrisa cómplice.

Vanessa sonrió, cruzándose de brazos de forma juguetona.

—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer para impresionarme? ¿Un picnic elegante? ¿Me vas a recitar la tabla periódica? —rió suavemente, sin poder evitar admirar lo atractivo que lucía Sandro bajo la luz que se filtraba por los inmensos cristales, con ese look nórdico casi etéreo.

La mirada de Sandro se suavizó, cargada de una ternura genuina.

—Sé que hice las cosas muy mal la última vez. Me asusté. Pero hoy no lo voy a estropear. Ojalá te guste lo que tengo preparado.

La tomó suavemente de la mano. Vanessa sintió un pequeño estremecimiento; el tacto era firme, pero infinitamente más cálido y cuidadoso que el de la otra noche. Él la guio por el sendero apartado. A lo largo del camino, los colores de la flora exótica y el suave murmullo de las fuentes de agua creaban una atmósfera casi mágica, un verdadero refugio de paz contra el invierno del exterior.

Llegaron al rincón donde estaba el mantel de picnic tendido sobre el pasto acondicionado. Sandro la invitó a sentarse. Aunque él no había cocinado, se había encargado de conseguir sus favoritos: una quiche artesanal y scones caseros de una pastelería exclusiva cerca de su casa.

—¡Esto está delicioso, Sandro! —exclamó Vanessa, sorprendida por el detalle.

Después de comer y conversar durante horas, Sandro la ayudó a levantarse y la guio hasta un enorme estanque de agua cristalina en el centro del gran invernadero. Se sentaron juntos en un banco de madera en la orilla, disfrutando de la calma del lugar. La conversación fluyó con una naturalidad reconfortante; ya no había necesidad de fingir ni de forzar temas. Él simplemente era él, y ella era el único ancla que le permitía olvidar, por un par de horas, la tragedia familiar que lo esperaba en Australia.

El sol comenzó a descender, y su luz se filtraba por los inmensos paneles de vidrio curvo, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. El aire del recinto se volvió completamente quieto.

Sandro la miró en silencio. Ya no había dudas, ni ansiedad, ni barreras. Se inclinó hacia ella, con un movimiento lento, deliberado y lleno de reverencia, dándole tiempo a retroceder si así lo quería. Ella no lo hizo.

Sus labios se encontraron. El beso fue tierno, casi una pregunta que ella respondió de inmediato, volviéndolo cálido y dulce. Siguieron besándose cobijados por el follaje de un inmenso árbol tropical, con el mundo exterior y el frío reducidos únicamente a la luz dorada del atardecer y al sonido de sus propias respiraciones.

Cuando se separaron lentamente, Sandro descansó su frente contra la de ella, con los ojos cerrados y una sonrisa de pura felicidad.

—Esta era mi sorpresa —susurró—. Nuestro primer beso. Me alegra tanto haber sido capaz de darte esto yo mismo. No fue muy original, pero para mí... es lo más especial que he hecho.

Vanessa abrió los ojos, conmovida por la intensidad y el afecto desbordante que brillaba en la mirada de Sandro; un afecto profundo que, definitivamente, no había visto en la mirada esquiva de su última cita.

Fue justo en ese momento de euforia pura cuando la realidad golpeó a Alessandro. El reloj no perdonaba. Su vuelo de regreso salía de madrugada. Su rostro se ensombreció sutilmente, la tristeza apagando un poco el brillo de sus ojos.

—Vanessa... yo me tengo que ir de la ciudad por unos meses —dijo, con la voz cargada de un pesar inmenso.

La sonrisa de Vanessa vaciló. Sus dedos se entrelazaron con los de él instintivamente.




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