Un par de semanas después de que Alessandro regresara a la agobiante realidad de Australia, el estadio de hockey de la universidad en Boston vibraba con la energía eléctrica de un partido decisivo. Los Ice Nexus se enfrentaban a sus eternos rivales, los Glacial Wolves.
Alexander, con su imponente figura embutida en la camiseta con el "10 Volkov" en la espalda, saltó al hielo. Estaba en su elemento, concentrado y con la sangre hirviendo, listo para dejarlo todo en la pista. El ensordecedor ruido de la afición se desvaneció en su mente; el seco clack de su stick contra el disco era el único sonido que le importaba.
Por una cruel e irónica coincidencia del destino, Vanessa estaba en las gradas. Su amiga Jane, una fanática empedernida del hockey universitario, la había arrastrado hasta ahí casi a la fuerza para distraerla de los libros de anatomía.
Vanessa miraba el hielo con curiosidad, ajustándose la bufanda del equipo local que Jane le había echado al cuello. La multitud rugía a su alrededor.
—¿Y ese número diez? —preguntó Vanessa, alzando un poco la voz para hacerse escuchar, señalando al jugador gigante que patinaba con una agresividad brutal hacia la red rival—. Su figura… me resulta familiar.
—¡Volkov! ¡Despedázalos, carajo! —gritó Jane, ignorándola por completo mientras Alex esquivaba a dos defensores con un giro brusco, moviéndose con muchísima fuerza pero también con mucha agilidad.
En la pista, Alex chocó con fuerza contra el acrílico tras recibir una carga, pero se levantó de inmediato y mandó un pase de espaldas increíble que su compañero conectó directo a la red. ¡Gol! La gente se volvió loca.
Jane soltó una carcajada, levantando su vaso de refresco.
—¡Volkov es un maldito animal! ¿Ves por qué amo este deporte, Vane?
El partido avanzó, lleno de choques brutales, castigos y adrenalina pura. En los últimos minutos del tercer período, con el marcador empatado, Alex robó el disco en la zona neutral y arrancó a toda velocidad. Esquivó al primer defensa con un movimiento rápido hacia la derecha y, antes de que el segundo pudiera cerrarle el paso, protegió el puck con el cuerpo y se metió de lleno en la zona ofensiva. Ya frente a la portería, amagó un disparo para descolocar al arquero, se acomodó y soltó un tiro potente que entró pegado al poste. ¡Gol! Anotó el gol de la victoria. El estadio estalló en un grito total y las gradas empezaron a vibrar
Vanessa aplaudió por inercia, contagiada por la euforia, pero su mirada se quedó clavada en el jugador número diez. Mientras sus compañeros lo abrazaban, Alex se quitó el casco para celebrar. Su cabello platinado casi brillaba bajo los potentes reflectores del estadio. Estaba empapado en sudor, con la respiración agitada y una sonrisa marcada, pero ese rostro era inconfundiblemente igual al de Alessandro.
Ella se inclinó hacia Jane, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas.
—Jane... ¿Volkov tiene hermanos?
Jane se encogió de hombros, saltando y aplaudiendo, demasiado distraída por la victoria para prestarle atención a la pregunta.
Vanessa se dejó caer en su asiento, el shock recorriéndole el cuerpo como una corriente de agua helada. Su mente comenzó a acelerarse, uniendo piezas que no encajaban. ¿Alessandro es jugador de hockey? ¿El chico callado al que le fascina la química es un atleta de élite violento y aclamado? ¿Por eso cambiaba tanto de personalidad?
El shock le dio paso a la duda, y luego al desconcierto total.
¡Pero él me dijo que estaba en Suiza! ¡Se despidió de mí! No puede ser él... no tiene sentido.
Luego, la razón y sus propios ojos le gritaron la verdad: No, es él. Esa altura, esa piel casi transparente, ese cabello claro... No hay otro como él en toda la maldita ciudad. Tiene que ser él. Tengo que verlo.
Bajó corriendo las gradas, esquivando a los estudiantes eufóricos, hasta llegar a la zona acordonada cerca del túnel por donde los jugadores salían del hielo hacia los vestuarios. Esperó, con el corazón latiéndole en la garganta. Por fin, lo vio aparecer. Su caminar era fluido, felino, con la cabeza alta y riendo a carcajadas con sus compañeros, presumiendo esa misma sonrisa arrogante que Vanessa había visto en el parque.
La voz de Vanessa tembló ligeramente cuando rompió el ruido del pasillo. —¡Alessandro!
Alex, que venía en la cima del mundo, volteó por puro instinto al escuchar la voz. Al ver a Vanessa parada detrás de la valla, con los ojos clavados en él, se quedó paralizado.
Carajo, ¿qué demonios hace ella aquí?», pensó, sintiendo un vuelco en el estómago. La sorpresa lo golpeó tan fuerte que la sonrisa se le borró de tajo.
¿Fingía que no la había visto y pasaba de largo? No, era demasiado tarde. El contacto visual estaba hecho y ella lo estaba fulminando con la mirada.
Alex forzó una sonrisa tensa e intentó encorvarse un poco, imitando la postura menos imponente de su hermano. Se acercó a la valla, rascándose la nuca exactamente como Sandro solía hacer cuando estaba nervioso.
—¡Vanessa! Vaya... no sabía que te gustaba el hockey —dijo, soltando una risa incómoda que sonó terriblemente falsa.