Melbourne se sentía brillante y frío, bañado por un sol que no lograba calentar. Para Alessandro Volkov, sin embargo, el clima o la belleza exterior no importaban en lo absoluto; su universo entero se había reducido a las cuatro paredes de los laboratorios universitarios y a la habitación estéril de un hospital.
La euforia de su visita relámpago a Boston y de ese primer beso en el Invernadero ya se sentía lejana; habían pasado más de dos semanas, y la distancia empezaba a pesarle como plomo en los hombros.
Esa mañana, Alessandro estaba sentado en una banca del enorme campus de la Universidad de Melbourne. Era un lugar vibrante, pero para él, no era más que una réplica funcional y aburrida de su vida en Estados Unidos.
Miró su teléfono por enésima vez. El último mensaje de Alexander —tres simples emojis: 🔥🏒💣— le bastó para entender que todo había salido bien. No necesitaba detalles. Confiaba plenamente en su hermano. Alexander era un playboy descarado, sí, pero nunca lo traicionaría en algo tan importante.
Minutos después, Sandro entró a su clase de Química Orgánica Avanzada. A diferencia de Alex, las fórmulas complejas, los enlaces y las reacciones eran su lenguaje.
Al terminar la clase, caminó solo hacia la salida, con los audífonos puestos. Recordó las pláticas agradables con Vanessa y la calidez de su risa genuina. ¿Debería enviarle un mensaje? Sacudió la cabeza. No podía escribirle a la ligera; tenía que calcular cada interacción para que ella no notara el absurdo cambio de zona horaria entre Boston y Melbourne.
Tomó un taxi hacia el ala privada de uno de los mejores hospitales de la ciudad, donde su padre, el imponente dueño de Volkov Materials Corp., Nikolai Volkov, estaba siendo tratado. Él padecía de una insuficiencia cardíaca grave que lo mantenía físicamente débil, aunque su mente seguía tan afilada como siempre. Estaba sometido a un tratamiento experimental; la última, desesperada y carísima esperanza de la familia antes de tener que recurrir a un trasplante de corazón que su cuerpo probablemente no resistiría.
La habitación era lujosa, con inmensos ventanales que daban al puerto, pero el ambiente era lúgubre. Nikolai estaba recostado entre las almohadas. El hombre que había construido Volkov Materials Corp. desde cero, ahora apenas podía sostener un vaso de agua sin que le temblaran las manos.
—Hola, papá —susurró Alessandro, tomando asiento en la silla junto a la cama.
Nikolai giró la cabeza y sonrió, un gesto cansado pero lleno de orgullo.
—Mi pequeño alquimista... —murmuró con voz rasposa—. ¿Cómo van tus estudios? ¿Ya encontraste la fórmula para convertir el metal en oro?
—La universidad va perfecta, papá —le contestó Sandro mientras se acomodaba—. Y la fórmula... bueno, la sigo buscando —añadió con una sonrisa.
La presencia de Sandro era una calma tangible para Nikolai. Alessandro no le preguntaba por el dolor ni lo trataba con lástima; le hablaba de las noticias de Boston, le comentaba cómo iban los Red Sox y le contaba sobre los nuevos señuelos de pesca que quería probar para cuando volvieran a pescar juntos.
Sandro pasaba sus tardes ahí, estudiando los áridos reportes financieros de la corporación para entender el negocio familiar. Leía los informes técnicos que su madre, Sarah, le enviaba. Sentía la inmensa presión de ser el pilar intelectual de los Volkov, el ancla que mantendría el orden mientras su hermano proveía la distracción mediática en las pistas de hielo.
Esa noche, de vuelta en su solitario apartamento de alquiler temporal, Alessandro cenó en silencio. Abrió la galería de su teléfono y se quedó mirando una foto de Vanessa. Su mente volvió al tacto de sus labios en el Invernadero. Ese beso no había sido una mentira; había sido real, puro, una promesa a la que se aferraba para no volverse loco.
El ping de su teléfono rompió el silencio de la habitación. Era un mensaje de WhatsApp de ella.
Vanessa: "Hola, Sandro. ¡Vi tu partido! ¡Qué golazo hiciste! Nunca pensé que serías tan intenso en el hielo. ¿Qué tipo de entrenamiento haces para estar así en el hockey?"
Alessandro se quedó en blanco por un segundo. Tragó saliva, intentando pensar rápido. ¿Qué tipo de entrenamiento hacía Alexander? No tenía la más remota idea.
Sandro no había vuelto a tocar un stick de hockey, ni a pisar una pista, desde que tenía doce años; el día exacto en que, durante una partida amistosa, un choque brutal por parte de su gemelo le rompió el brazo en dos partes.
Se forzó a escribir una respuesta, intentando sonar natural, pero usando el único lenguaje que conocía: la lógica y la ciencia.
Alessandro: "Hola, Vane. Sí, fue un buen partido. El régimen de entrenamiento es altamente demandante. Nos enfocamos principalmente en ejercicios cardiovasculares de intervalos para la resistencia pulmonar, mecánica de tiro para maximizar la fuerza cinética del puck y simulaciones tácticas en la pista. Es extenuante. ¿Y tú? ¿Qué tal estuvieron tus prácticas clínicas en el hospital hoy?"
Presionó enviar, sin darse cuenta de que su respuesta sonaba exactamente como un manual técnico de educación física, totalmente diferente de la pasión visceral con la que Alexander le había hablado a ella durante la cena.
Alessandro bloqueó la pantalla y suspiró, frotándose los ojos cansados. Su vida se había convertido en un peligroso juego de ajedrez donde cada movimiento, cada mensaje y cada coartada tenía que ser calculada para proteger la mentira. Y mientras tanto, su corazón se quedaba cada vez más solo a miles de kilómetros de la persona que le importaba.