Diez días habían pasado volando. El ambiente en el vestuario y en la pista de hielo del Ice Nexus estaba completamente electrizado. Faltaban solo tres días para que comenzara el torneo regional universitario en Pittsburgh, Pensilvania; un evento implacable con fase de grupos y una ronda final de eliminación directa que reuniría a los ocho mejores equipos de Massachusetts, Nueva York, Pensilvania y Nueva Jersey. Seis días de competencia intensa donde cada turno sobre el hielo acercaba a Ice Nexus a la gloria o al fracaso.
Para Alexander y su equipo, este torneo no era solo una competencia por un trofeo de metal; era la vitrina más importante del año. Los ojeadores de la AHL y los reclutadores de la mismísima NHL estarían en las gradas, con sus libretas en mano, analizando cada jugada. Y Alexander sabía que esta era su oportunidad de oro para demostrar que su agresividad y su habilidad para romper defensas merecían un contrato profesional en su futuro equipo Denver Frostbite de la NHL.
Mientras tanto, en Melbourne, Alessandro sentía que había un abismo entre él y Vanessa. Había dejado de intercambiar mensajes con ella después de rechazar su invitación para salir el sábado pasado. Temía que ella estuviera realmente ofendida por la prioridad que le había dado al "torneo". La culpa por la mentira y por el ghosting no lo dejaba tranquilo.
Esa mañana en la cafetería de la universidad australiana, mientras revolvía su café negro sin ánimos, decidió que era hora de disculparse.
Alessandro: "Hola, Vanessa. Espero que todo vaya bien. Lamento muchísimo haber estado tan ausente estos días, el entrenamiento ha sido verdaderamente brutal y me consumió. ¿Sigues enojada con este misterioso ratón de biblioteca?"
Los minutos pasaron lentísimos. Finalmente, la pantalla se iluminó.
Vanessa: "Hola, Sandro. Pensé que te había tragado la tierra o que el hielo te había congelado los dedos. No estoy enojada, solo... confundida. Y la verdad, estoy bastante ocupada hoy haciendo reservaciones y organizando todo para mañana."
Sandro frunció el ceño, tecleando rápido.
Alessandro: "¿Reservaciones? ¿Hay algún evento especial en el hospital?"
Vanessa: "¿Evento especial? Sandro... mañana es mi cumpleaños. Veintiún años. Pensé que lo habías visto en mis redes o te lo había mencionado."
—¡Carajo! —murmuró Alessandro en voz alta, golpeando la mesa de la cafetería con el puño y frotándose la frente.
No podía simplemente escribir "feliz cumpleaños, pásala bien" y esperar que su naciente relación sobreviviera, no después de haberla ignorado por diez días. Ella esperaba una atención de su parte, un gesto real, una invitación.
La única opción, por dolorosa, humillante y arriesgada que fuera, era pedirle a Alexander que lo suplantara una vez más. Soltó un suspiro de resignación y marcó el número de Alex.
En Boston, Alex acababa de salir de las duchas. Contestó el teléfono apoyándolo entre la oreja y el hombro mientras metía ropa deportiva a su maleta de viaje.
—Alex, necesito que me escuches, por favor —soltó Sandro de golpe, con una voz baja—. Olvidé... bueno, la verdad es que no sabía. Mañana es el cumpleaños de Vanessa.
Alexander dejó caer una camiseta al suelo y resopló con fuerza.
—¿Y qué demonios quieres que haga, genio? ¿Que le envíe un stick autografiado por paquetería? —respondió Alex, visiblemente impaciente—. Sandro, estoy empacando en este preciso instante. Mi mente está en Pittsburgh ahora. Te dije claramente la última vez que me lavaba las manos. Ya tuve suficiente de tus telenovelas románticas.
—Solo es una cena, Alex. Un regalo y ya. No puedo mandarle un mensaje genérico. Si la dejo sola mañana en su cumpleaños, después de estar desaparecido diez días, será el fin.
—¡Pues que sea el fin y ya! —estalló Alex, exasperado, agarrando el teléfono con la mano—. ¡No soy tu suplantador personal a sueldo, hermano! Dile la maldita verdad. Estoy a punto de irme al torneo que va a definir el resto de mi carrera en la NHL, ¿y me estás pidiendo que me disfrace de químico enamorado para ir a cantarle el 'Feliz Cumpleaños'?
—Solo esta vez, Alex. Te lo pido como hermano. Es su cumpleaños y no puedo fallarle. Tienes mi palabra de que esta es la última vez que te pido algo así; yo mismo voy a resolver esto en cuanto regrese. Solo cúbreme un par de horas mañana por la noche.
—Mañana por la noche es imposible, Sandro —sentenció Alex, cerrando de un golpe su maleta—. Mañana por la tarde ya me retiro para Pittsburgh.
—¿Y hoy por la noche? ¿Qué pasa si le hablo y acuerdo que la cita sea hoy mismo?
Alex se quedó en silencio. Suspiró con un dramatismo exagerado, dejándose caer en el borde de su cama. El recuerdo repentino del beso en la acera lo golpeó con fuerza. Sus labios rozando los de ella, el perfume de Vanessa, la forma en que ella se había aferrado a su chaqueta.
La culpa por traicionar a Sandro le mordía la conciencia, pero al mismo tiempo, una extraña, oscura y egoísta necesidad de volver a verla y de revivir esa intensidad se apoderó de él. Quería volver a tenerla cerca, aunque jamás lo reconocería en voz alta.
—Maldita sea mi suerte... —masculló Alex, frotándose los ojos, resignado a su propio veneno—. Está bien. Lo haré. Pero escúchame bien, friki: si me obligas a ponerme unos putos lentes para parecer más inteligente mañana, te juro que bloqueo tu número y te borro de mi vida. ¿Qué quieres que haga? ¿A dónde la llevo y qué le compro?