El trayecto al hotel fue un silencio sepulcral. Apenas la puerta de la habitación hizo clic al cerrarse, Vanessa ayudó a Alex a sentarse en la orilla de la cama.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho?
—Voy a estar bien, Vane. Solo fue una torcida fuerte. Con descanso se quita.
Vanessa asintió lentamente.
—Me alegra que estés bien.
Luego la preocupación se transformó en una amargura que ya no podía contener.
—Sandro, necesito que me expliques ¿por qué estabas coqueteando así con esas chicas? —exigió ella directa, con la voz cargada de una mezcla de enojo y tristeza—. ¿Eres un mujeriego y me lo ocultaste todo este tiempo? ¿Quién soy yo para ti, Alessandro? ¿Solo una más del montón?
Alex se levantó apoyandose en su muleta y la miró con seriedad, sintiendo que el pecho se le oprimía. Iba a acabar con la farsa de una vez por todas. Si a Sandro le faltaba el valor para confesarle la verdad, él iba a hacerlo.
Su mente ya tenía el discurso armado: iba a decirle que todo era un teatro, que él no era Alessandro. Iba a explicarle que Sandro estaba lidiando con la tragedia de su padre en Australia, y que le ocultó todo para no abrumarla. Y que voló más de veinticuatro horas de regreso a Boston solo para llevarla a esa cita al invernadero y arreglar el desastre que Alex había dejado en la cita anterior. Iba a pedirle que perdonara a Sandro por ocultarle todo, porque él era quien realmente la amaba y tenía miedo de perderla.
Iba a inmolarse para salvar a su hermano.
Pero entonces, vio los ojos oscuros de Vanessa, brillantes por las lágrimas contenidas, mirándolo con tanta vulnerabilidad y decepción. Y el plan se hizo pedazos.
Al carajo Sandro. Al carajo el código de hermanos. Alexander Volkov estaba acostumbrado a tomar lo que quería, y en ese momento, se dio cuenta de que no quería perderla. No a ella.
Dejó caer la muleta al suelo con un golpe seco. Cojeando, acortó la distancia entre los dos, ignorando el dolor punzante en su tobillo.
—Sabes... acabo de darme cuenta de que no necesito a nadie más. Solo a ti —admitió con la voz ronca, cargada con la intensidad del momento—. No sé qué me hiciste, Vane. A mí, que nunca me ha importado nadie de verdad... me tienes vuelto loco.
Sus manos, grandes y pálidas, acunaron el rostro de ella con una suavidad.
—Eres la única —soltó, y por primera vez en su vida, no era una frase para conquistar a alguien; era la absoluta verdad.
Antes de que Vanessa pudiera procesar la confesión, Alex alcanzó sus labios.
La besó con una intensidad que lo decía todo, dejando atrás a Alessandro, el dolor de la lesión y cualquier rastro de culpa.
Vanessa se quedó rígida por un par de segundos, pero la intensidad arrolladora del beso derrumbó todas sus defensas. Le devolvió el beso con la misma pasión ciega; no le importaban las dudas, ni el coqueteo del día anterior. Solo le importaba el hombre que tenía enfrente.
La urgencia los consumió. Las manos de Alex bajaron por la espalda de ella, atrayéndola contra su cuerpo mientras sus bocas se devoraban, buscando más aire y más contacto. Vanessa le quitó la chaqueta a tirones, dejando sus manos vagar por el pecho firme de él, sintiendo el latido de su corazón.
Tropezando y sin romper el beso, llegaron hasta el borde de la cama. La ropa comenzó a caer al suelo del hotel de manera desordenada. Alex la recostó suavemente sobre el colchón, posicionándose sobre ella con cuidado para no lastimar su pierna herida, pero sin dejar de adorar cada centímetro de su piel con besos ardientes. Vanessa se entregó por completo, enredando sus dedos en el cabello platinado de él, perdiéndose en la fricción, en los suspiros ahogados y en el ritmo intenso de dos cuerpos que se deseaban sin reservas.
Para ella, era la culminación del amor por su chico ideal. Para él, era la rendición absoluta a un sentimiento prohibido.
Horas más tarde, la habitación estaba a oscuras. Estaban acurrucados bajo las sábanas, recostados el uno contra el otro. El pecho desnudo de Alex subía y bajaba rítmicamente mientras Vanessa trazaba círculos imaginarios sobre su piel, mirándolo con ojos llenos de adoración. Recordando sus palabras "Eres la única"; se sentía flotar en una nube de pura felicidad.
Alex le acariciaba el hombro desnudo, sintiendo una paz que no conocía. Pero de pronto, como un balde de agua helada, la realidad volvió a golpearlo: Ella cree que acaba de hacer el amor con Sandro.
Tenía que decírselo. Tenía que confesar que era Alexander y que acababa de robarse a la novia de su gemelo. Sabía que cuando Sandro se enterara, se armaría una guerra entre ellos. Abrió la boca para hablar, pero al ver la sonrisa pacífica y enamorada de Vanessa iluminada por la tenue luz de la calle, se acobardó.
Decidió ignorarlo. Solo por esta noche. No quería arruinar su burbuja perfecta.
Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez en un beso suave y perezoso, disfrutando del calor de las sábanas. De repente, la pantalla del teléfono de Alex se encendió sobre la mesa de noche, vibrando con insistencia. En la pantalla parpadeaba un nombre: Sandro.
Alex no contestó. Solo la atrajo más hacia él, enredando su pierna sana con las de ella.