En una silenciosa habitación de hotel en Melbourne, Alessandro Volkov cerraba la cremallera de su bolso de viaje. Había tomado la decisión definitiva: compró un vuelo para la mañana siguiente con destino a Boston. Sería una visita sorpresa, por lo que no le dijo nada a su madre, ni a Alex, y mucho menos a Vanessa.
Llevaba días sin escribirle una sola palabra a la chica, siguiendo las estrictas instrucciones de su gemelo. Pero con cada día de silencio que pasaba, se sentía más desconectado y lejos de ella. Entendió que el engaño ya había llegado demasiado lejos; quería liberar a Vanessa de esa red de mentiras, quitarle la carga a su hermano, y liberarse a sí mismo de la paranoia. No podía seguir sosteniendo la farsa ni un día más.
Quería plantarse frente a Vanessa y confesarle absolutamente toda la verdad cara a cara, sucediera lo que sucediera. Repetía en su mente el discurso de disculpa una y otra vez, temiendo la reacción que ella tendría, pero dispuesto a aceptar las consecuencias: ya fuera que lo perdonara, o que lo mandara al diablo para siempre.
***
El domingo llegó con una invitación inesperada. Alex le había comentado a Vanessa que su madre, Sarah, se había ido a un viaje de negocios a Europa durante toda la semana, dejando la inmensa propiedad vacía. Con la excusa de no querer estar solo mientras su tobillo terminaba de sanar, le pidió que se quedara un par de días con él en la mansión Volkov.
Vanessa sabía que su novio no era precisamente de clase media; el simple hecho de que manejara un BMW M4 lo dejaba claro. Sin embargo, cuando el auto cruzó las imponentes rejas de hierro en uno de los barrios más exclusivos de Boston, se quedó impactada.
La mansión era suntuosa, una mezcla perfecta entre arquitectura clásica y lujo moderno.
Alex le dio un breve recorrido por el lugar: techos de doble altura, una biblioteca privada revestida en caoba, un jardín trasero que parecía un parque privado, y una cocina de diseño que era más grande que todo el departamento que ella compartía con su prima.
Normalmente, la casa era un hervidero de actividad con el personal de servicio: una cocinera, personal de limpieza y jardineros. Pero Alex, siendo tan calculador como siempre, les había dado unos días libres pagados. El refrigerador estaba lleno, la casa impecable y el jardín cuidado; no los necesitaba por el momento.
La realidad era que quería estar a solas con Vanessa, sí, pero su motivo principal era la seguridad de su secreto: en esa casa todos lo conocían como "joven Alexander", y si el jardinero o la cocinera llegaban a mencionar a su hermano Sandro, la mentira se desmoronaría ahí mismo.
Tras la excursión por la casa, la tarde cayó sobre Boston. Alex y Vanessa se instalaron en la inmensa sala de estar principal.
Pasaron la noche frente al inmenso televisor de la sala, riendo y comiendo pizza directo de la caja, rompiendo la formalidad suntuosa del lugar.
Para Vanessa, era como estar viviendo una película; para Alex, era simplemente otra noche en su mansión vacía, pero esta vez, acompañada por la única persona que lo hacía sentir real.
Alrededor de la medianoche, Alex la guio escaleras arriba. Su tobillo aún dolía un poco, así que subieron lentamente. La habitación principal de Alex era un reflejo de su personalidad: minimalista, moderna, con una cama king size y una vista impresionante de la ciudad iluminada.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtró por los inmensos ventanales de la habitación principal. Vanessa se despertó lentamente, sintiendo el calor del pecho desnudo de Alex contra su espalda y un brazo fuerte y pesado rodeándole la cintura.
Se deslizó fuera de su brazo y comenzó a vestirse.
—Sandro... —murmuró ella, sacudiéndolo suavemente por el hombro—. Despierta. Se te va a hacer tarde para la universidad.
Alex gruñó, hundiendo la cara en la almohada. Aunque el médico aún no lo dejaba pisar el hielo, no tenía excusa para faltar a sus clases, pero la idea de dejar esa cama caliente y a ella le parecía una tortura.
Abrió un ojo, estiró el brazo y la atrapó por la cintura, tirando de ella hasta que Vanessa cayó de espaldas sobre el colchón, riendo.
—No quiero ir a la universidad todavía —se quejó él, con la voz ronca por el sueño, abrazándola por la cintura y enterrando el rostro en su cuello—. Acuéstate otro rato. Aún es temprano.
Vanessa soltó una carcajada, intentando zafarse de su agarre. —No seas ridículo, Sandro, tienes que levantarte. Tienes universidad, y yo también. Voy a bajar a preparar el desayuno, así que levántate, métete a la ducha y prepárate.
Alex rodó los ojos con una sonrisa perezosa mientras la veía salir por la puerta.
Veinte minutos después, ya vestido, Alex bajó a la cocina. Vanessa había preparado huevos revueltos, tostadas y café. Se sentaron en la inmensa isla de mármol a desayunar.
Mientras él la observaba, recordó lo pesados que eran sus horarios, dividiéndose entre el hospital universitario, las clases y las freidoras de comida rápida. Y, de pronto, el instinto protector y arrogante de Alexander Volkov salió a la luz.
—Deberías renunciar a McDonald's —soltó Alex, dándole un trago a su café negro.
Vanessa dejó su tostada en el plato, mirándolo con el ceño fruncido. —¿Renunciar? Sandro, sabes perfectamente que necesito ese trabajo para pagar mis materiales de la universidad y la renta.
—Por eso mismo te digo que renuncies. Deja ese trabajo, enfócate solo en tus estudios de enfermería y en mí. Yo te pagaré tu sueldo mensual. Lo que sea que ganes ahí, yo te lo doy, sin que te mates de cansancio.
Vanessa se quedó callada un segundo, procesando la oferta. Luego, soltó una risa. —Qué generoso. ¿Y con qué me vas a pagar? ¿Con tus ahorros de estudiante o con el dinero de tus papis?
Alex apretó la mandíbula, picado en su orgullo. Lo cierto es que el dinero provenía exactamente de ahí: del inagotable fondo fiduciario de Volkov Materials Corp y de la extensión ilimitada de la tarjeta negra de su padre, pero odiaba que ella tuviera tanta razón y se lo restregara en la cara.