Habían pasado casi dos semanas desde el desastre en el campus. Dos semanas de un silencio absoluto durante la cual Alex no había cruzado ni una sola palabra con Sandro, quien parecía haber desaparecido de la faz de la tierra, ni había recibido una sola respuesta a los mensajes que le dejó a Vanessa.
Durante esos días, Alexander apenas parecía el mismo. Aunque el reposo obligatorio lo desesperaba, no tenía ganas de salir de fiesta ni de ver a ninguna de las chicas con las que solía distraerse. Se limitó a encerrarse en el gimnasio de la mansión, entrenando hasta que el cuerpo no le daba para más.
Pero hoy, finalmente, el médico del equipo le había dado luz verde. Estaba de vuelta en su verdadero hogar: el hockey.
Empujó la doble puerta del vestuario del Ice Nexus y se colocó su mejor máscara: la del capitán arrogante e intocable.
—¿Qué tal, idiotas? ¿Me extrañaron? —anunció con su habitual tono burlón—. Espero que hayan disfrutado de sus vacaciones pagadas en mi ausencia, porque se acabaron los días de relajación. A partir de hoy, activamos el modo bestia. Los partidos no se ganan solos.
Varios jugadores levantaron la vista, estallando en risas y gritos de bienvenida. El equipo era fuerte y talentoso, pero sin la presencia de Alex, parecía que les faltaba algo. El entrenador Miller entró justo en ese momento y lo recibió con una palmada fuerte en el hombro.
—¡Ya era hora de que regresaras, Volkov! —exclamó el hombre—. El equipo estuvo perdido sin ti. ¿Cómo está ese tobillo?
—Listo para romper el hielo, coach —contestó Alex, con una sonrisa impecable.
Minutos después, pisó la pista. El frío le golpeó el rostro y el crujido de las cuchillas cortando el hielo le envió una descarga eléctrica por la espina dorsal. Su cuerpo respondió por puro instinto a los movimientos que había practicado toda su vida. El entrenamiento fue brutal, agotador, justo lo que necesitaba para dejar la mente en blanco.
Durante un ejercicio de defensa, Alex interceptó un pase y se detuvo, levantando una ceja de forma altanera hacia uno de los defensores. —¿Qué pasa, Matt? —le gritó, con una sonrisa ladeada—. Sigues patinando como si tuvieras bloques de cemento en los pies. ¡Muévete, pareces un novato!
Matt, agitado y respirando por la boca, se frenó de golpe. La adrenalina del entrenamiento le jugó una mala pasada y soltó lo primero que le vino a la mente para defenderse: —¡Al menos yo no le bajo la novia a mi propio hermano, Volkov!
El sonido de los patines derrapando cerca cesó de golpe. Algunos jugadores intercambiaron miradas incómodas.
El video de la pelea se había vuelto viral en la universidad; todos lo habían visto, pero nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a mencionarlo frente al capitán.
Matt se dio cuenta al instante de que había cruzado la línea. Tragó saliva, retrocediendo un paso.
La expresión juguetona de Alex desapareció al instante. En un par de zancadas explosivas, acortó la distancia, agarró a Matt por el cuello del grueso jersey de entrenamiento.
—Vuelve a mencionar a mi hermano—siseó Alex, con la voz baja y cargada de una amenaza real—, y te rompo todos los dientes antes de que puedas ponerte el casco. ¿Me entendiste?
Matt asintió rápidamente, con los ojos muy abiertos. Alex lo soltó bruscamente y forzó una sonrisa mientras se alejaba patinando hacia el centro de la pista.
Matt se ajustó el cuello del jersey: —Eh... lo siento, Alex. Fue... una broma de mal gusto.
—No pasa nada —respondió Alex, con la voz áspera.
El entrenador hizo sonar su silbato con fuerza. —¡Enfóquense, maldita sea! ¡Volkov está de vuelta, pero eso no significa que trabajen menos! ¡Primera línea al centro, ahora!
El sonido de los patines raspando la superficie volvió a llenar el estadio. Alex se lanzó a la jugada, más agresivo que antes. Cada golpe en las barreras, cada empujón y cada impacto de su bastón contra el puck era un intento por enterrar la rabia... y la culpa.
Alex interceptó el disco en la zona neutral, dejó atrás a dos defensas y disparó a la red con una furia desenfrenada. El sonido del disco estrellándose contra el fondo de la portería reverberó en el estadio. Era un gol espectacular, digno de un profesional, pero Alex ni siquiera sonrió.
—¡Así se hace, Volkov! —aplaudió el entrenador desde la banca—. ¡Ese es mi capitán!
Alex asintió secamente. Mientras daba la vuelta para regresar a la línea, susurró para sí mismo: —Un capitán de mierda...
La palabra hermano le pesaba como nunca, asociada inevitablemente a la mirada de odio de Sandro en el campus.
Apretó los dientes y siguió patinando, más rápido, más duro... como si el hielo pudiera congelar el caos en su cabeza.
Esa noche, tras terminar su primer entrenamiento, Alex regresó a casa con el cuerpo exhausto y la mente fija en su hermano. El silencio en la mansión Volkov era insoportable. Sacó el teléfono y marcó el número de Sandro; como esperaba, nadie respondió.
Alex escribió un mensaje corto.
Alex: "Sandro, deja de ignorarme. Somos la misma sangre. No importa cuántos golpes nos demos o qué tan jodida esté la situación, seguimos siendo nosotros dos contra el mundo. Contesta la llamada."