Identidades bajo cero

Capítulo 14. Empezar de Cero

Vanessa salió de su casa vestida de un abrigo largo de lana color camello y unas botas oscuras de tacón. Había decidido dejar su cabello suelto, permitiendo que las ondas oscuras cayeran libremente sobre sus hombros.

Una sonrisa suave, cargada de una mezcla de nervios y esperanza, iluminaba su semblante.

Al entrar al café, el aroma a grano tostado y el calor del lugar la recibieron. No tardó en localizarlo: Alex estaba esperándola en la barra, tal como prometió.

Al verla cruzar la puerta, una chispa eléctrica apareció en sus ojos grises. Alex la observó acercarse y, por un momento, la seguridad habitual del capitán de hockey flaqueó. —Pensé que... —comenzó a decir con una voz ronca, pero se interrumpió de inmediato, recuperando ese tono juguetón que Vanessa ya identificaba como su verdadera esencia—. Pensé que tal vez te habías arrepentido y habías decidido dejarme aquí plantado para que los fans me usaran de decoración. Te ves... increíble, Vane. Casi haces que me olvide de cómo hablar.

Vanessa soltó una risita. —Bueno, alguien tiene que venir a vigilar que no te metas en más problemas —respondió ella con picardía.

Alex metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó algo con cuidado: la pulsera de plata. —Pero antes que nada... quería devolverte esto. No podía dejar que se quedara tirada en el piso de un baño.

Vanessa tomó la joya y lo miró fijamente a los ojos, acortando la distancia entre ambos. —¿Y si prefiero algo nuevo, Alex? —susurró, acercándose tanto que su aliento rozó la oreja de él—. Algo que sea real, sin sombras ni mentiras de por medio.

Alex no esperó más. Rodeó la cintura de ella con un brazo firme, ignorando por completo las miradas curiosas de los demás clientes. —Entonces empecemos de cero, princesa... Mi nombre es Alexander.

Después de compartir el café y hablar de cosas triviales, sintiendo cómo la tensión de los días pasados se evaporaba, salieron a caminar por el parque cercano. El paisaje invernal, con los árboles desnudos y el cielo gris, parecía mucho más hermoso ahora que estaban juntos.

Hablaron de todo y de nada, disfrutando simplemente de volver a estar en la misma sintonía.

Finalmente, encontraron una banca en una zona más aislada, protegida por unos setos altos donde no pasaba mucha gente.

Alex se sentó y, con un movimiento ágil la hizo sentarse en su regazo, rodeándola con sus brazos. —No tienes idea de cuánto extrañé estos labios —murmuró él, recorriendo el contorno de la boca de Vanessa con el pulgar—. Siento que me los voy a comer ahora mismo.

Vanessa se rió, pero su risa fue silenciada cuando sus labios se fundieron en un beso apasionado. Fue un beso largo, profundo, cargado de todo el deseo y la necesidad que habían acumulado durante su separación. Se besaron durante mucho tiempo, ajenos al mundo exterior y al frío que los rodeaba, como si el resto del universo hubiera dejado de existir y solo quedara ese pequeño refugio donde Alexander y Vanessa, por fin, se pertenecían sin secretos.

Más tarde esa noche, Alex condujo hasta el centro de Boston.

Como su madre, Sarah, había regresado de su viaje y estaba en la mansión, decidieron ir a un lugar con total privacidad: un exclusivo penthouse propiedad de Volkov Materials Corp, situado en los últimos pisos de un rascacielos de cristal. El departamento era inmenso, moderno y con una vista panorámica de la ciudad iluminada, pero se sentía frío, como un lugar usado solo para reuniones de negocios.

Apenas cruzaron la puerta, Alex se dejó caer en el sofá de cuero de la inmensa sala, agarró el control remoto y encendió el televisor de pantalla plana. —Justo a tiempo. Está por empezar el partido de los Bruins —dijo, buscando el canal de deportes.

Vanessa rodó los ojos con una sonrisa cómplice. Se acercó a él, le arrebató el control de las manos y apagó la televisión de un botonazo.

Alex la miró sorprendido, levantando una ceja.

—El hockey ya tuvo su chance —susurró ella, tomando sus manos y tirando de él para obligarlo a levantarse—. Ahora es mi turno.

Alex no necesitó que se lo dijeran dos veces. Una sonrisa pícara iluminó su rostro. La tomó por la cintura, levantándola sin esfuerzo mientras la besaba con hambre, y la llevó directamente hacia la enorme habitación principal.

Esa noche no hubo sombras ni nombres falsos. La habitación fue testigo de una entrega total, donde las caretas cayeron por completo y se amaron con una pasión libre y honesta, celebrando que por fin estaban juntos de verdad.

A la mañana siguiente, la luz pálida del sol de invierno se filtró por las persianas. Vanessa despertó lentamente, envuelta en el calor de las sábanas. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue a Alex durmiendo profundamente a su lado. Sus cuerpos desnudos seguían entrelazados. La piel clara, casi de porcelana de Alex, contrastaba maravillosamente con el tono dorado y bronceado de Vanessa.

Lo observó en silencio, viendo cómo dormía tranquilamente con el cabello platinado alborotado sobre la almohada. Vanessa sonrió para sí misma y se dio la vuelta con cuidado para mirar el reloj digital de la mesa de noche: las 7:23 a.m.

Se levantó sin hacer ruido, se puso una de las enormes camisetas grises de Alex, unos shorts muy cortos, y caminó descalza hacia la cocina.




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