El estadio del Ice Nexus vibraba con la euforia de los aficionados.
Vanessa estaba de pie en las gradas junto a Jane, gritando y aplaudiendo mientras el sonido de la chicharra anunciaba el final del partido. Los locales habían arrasado.
Vanessa llevaba puesta una sudadera gris enorme que le llegaba casi a las rodillas; en la espalda, en letras grandes y oscuras, se leía "VOLKOV 10".
Minutos después, en el pasillo que conectaba a los vestuarios, la puerta doble se abrió. Alex salió con el cabello platinado aún húmedo por la ducha rápida. Al ver a Vanessa esperándolo, ignoró por completo a los reporteros de la universidad y a un par de fans. Caminó directo hacia ella, la tomó por la cintura, la levantó ligeramente del suelo y la besó con una pasión que le robó el aliento.
Al separarse, él apoyó la frente contra la de ella, respirando agitado. —Al diablo los campeonatos —le susurró con voz ronca, acariciándole la mejilla—. Tú eres mi verdadero premio.
Vanessa soltó una risa suave y lo besó de nuevo. El aroma de Alex era inconfundible: una mezcla de su colonia, el frío de la pista y ese rastro de adrenalina tras el partido. No intentó resistirse: pasó los brazos por su cuello y se aferró a él con fuerza, enterrando el rostro en su pecho para perderse en su aroma.
Al día siguiente, ya lejos del bullicio del estadio, caminaban tomados de la mano por los senderos de un parque tranquilo.
Vanessa lo observó de reojo, sonriendo. —Cuéntame más sobre tu familia, Alex. ¿Por qué tú y Sandro son tan diferentes en personalidad si son idénticos físicamente? ¿Por qué a él le gustan tanto las ciencias y a ti los deportes? ¿Él también jugaba hockey?
Alex soltó una carcajada, con su habitual tono burlón. —¿Qué quieres primero, Vane? ¿La versión resumida para la prensa o la que incluye mis traumas infantiles?
Vanessa lo miró fijamente, deteniendo su paso. Alex vio la sinceridad en sus ojos oscuros y su sonrisa se desvaneció, volviéndose serio. —Vale... —soltó un suspiro largo, frotándose la nuca—. Verás, en mi casa las cosas siempre estuvieron divididas. Mamá es una científica nuclear súper estricta, y papá fue un jugador de hockey en Europa. Sandro, siendo el niño genio, se obsesionó con los libros de mamá. Y yo... yo me obsesioné con los trofeos de papá.
Retomaron el paso. Alex se detuvo un segundo para mirar a un par de niños que jugaban a lo lejos. Su voz bajó de volumen, como si las siguientes palabras le pesaran en la lengua.
—Sí jugábamos juntos. Éramos inseparables en la pista. Pero a los doce años, durante un partido de práctica... lo choqué. Iba demasiado rápido, perdí el control y lo estrellé contra la barrera. Le rompí el brazo en dos partes. Después de salir del hospital, Sandro juró que nunca más volvería a tocar un bastón de hockey.
Alex soltó una risa carente de cualquier alegría. —Él enterró la cabeza en las fórmulas y yo seguí jugando. —se agachó, recogió una piedra del camino y la lanzó con fuerza hacia el lago del parque, observando cómo rebotaba en el agua antes de hundirse—. A veces pienso que... si yo no hubiera provocado ese accidente, quizás él también sería un jugador de hockey hoy.
Vanessa le apretó la mano con suavidad. —¿Y ahora? Después de lo que pasó entre nosotros... ¿se hablan?
Alex negó lentamente con la cabeza, con la mirada perdida en el agua oscura. —Casi nada. Solo mensajes cortos sobre cosas de la casa. Me odia, y tiene razón en hacerlo.
De repente, el silencio melancólico se rompió. Un niño pequeño que pasaba corriendo señaló a Alex con el dedo y gritó: —¡Mamá, mira! ¡Ese hombre es como Elsa de Frozen!
La tensión se rompió al instante. Alex soltó una carcajada profunda. Agarró a Vanessa por la cintura y la levantó en el aire, haciéndola girar mientras ambos reían. —¿Ves? —dijo él, bajándola con cuidado—. Hasta los críos saben que soy la realeza del hielo.
Vanessa, aún riendo lo miró con curiosidad. —Hablando de eso... ¿por qué son tan pálidos? ¿Tus papás también son así?
—Es pura genética extrema mezclada con mala suerte —respondió él, encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Nuestro lado paterno viene de una región de Siberia donde el sol es básicamente un mito. Y resulta que nuestra mamá, aunque es estadounidense, traía un gen recesivo por ahí escondido en su árbol genealógico. Al cruzarse los dos, nos sacamos la lotería genética del albinismo parcial. Básicamente, somos lo más cercano a vampiros que vas a conocer, solo que a nosotros no nos mata el ajo.
Siguieron caminando, y la expresión de Alex volvió a ensombrecerse un poco al retomar el tema de su hermano.
—Sandro siempre ha sido el chico aplicado, el maduro, el responsable. Cuando estábamos en el último año de preparatoria, yo me fui al extremo contrario. Empecé a ir de fiesta en fiesta. Llegué a faltar a tantos entrenamientos que un día el entrenador fue a sacarme de la cama a mi propia casa. Me dijo que tenía un talento, pero que lo estaba tirando a la basura. Me dio un ultimátum: o me presentaba a entrenar al día siguiente, o estaba fuera del equipo para siempre.
Alex lanzó otra piedra al lago, con menos fuerza esta vez. —Las fiestas, el alcohol, las chicas.... eran mi forma de evadirme. Solo el miedo a perder el hockey logró sacarme de ese hoyo. Mientras tanto, Sandro seguía sacando dieces, arrasando en las olimpiadas de química y yendo al gimnasio. Siempre ha sido tan... correcto.