Identidades bajo cero

Capítulo 16. Hielo y Fuego

La cafetería principal de la Universidad de Melbourne, la hora del almuerzo.

En la mesa central, con la mejor vista de todo el lugar, estaba Sienna junto a sus dos mejores amigas, Mia y Grace.

Sienna era el tipo de chica que resultaba difícil de ignorar. Era la descripción perfecta de la belleza australiana: piel dorada por el sol de la costa, una melena rubia que caía en ondas playeras sobre sus hombros, y esa actitud altiva y descarada de quien sabe que controla el ecosistema social de la universidad.

De repente, la doble puerta de cristal de la cafetería se abrió y el ruido pareció disminuir por unos segundos.

Sandro entró. Con su 1,95m de estatura, su piel pálida y ese cabello platinado, parecía un vampiro que se había perdido en una playa soleada. Caminó con la mirada fija al frente, ignorando con naturalidad las cabezas que se giraban a su paso.

Compró un sándwich empacado y una botella de agua mineral, y se dirigió directamente a una mesa apartada en la esquina más sombría del lugar. Apenas se sentó, sacó de su mochila un grueso tratado de Mecánica cuántica molecular y se sumergió en la lectura.

—Ahí está —susurró Mia, señalándolo discretamente con las puntas de su tenedor—. El "Príncipe de Hielo".

Sienna giró la cabeza, evaluándolo de pies a cabeza. —¿Ese es el famoso chico nuevo del que todas hablan? —preguntó, fingiendo un ligero desinterés mientras le daba un sorbo a su bebida—. Es guapo, lo admito. Muy guapo, de una forma un poco tétrica.

—Y muy raro —añadió Grace, bajando la voz—. Dicen que no habla absolutamente con nadie. Las chicas de Arquitectura intentaron invitarlo a una fiesta en la playa el fin de semana pasado y ni siquiera les contestó. Tiene unos muros de contención infranqueables, amiga. Es un caso perdido.

Sienna soltó una risa cristalina, sacudiendo su melena rubia con arrogancia. —Por favor, chicas. No existen los "casos perdidos", solo existen chicas que no saben jugar bien sus cartas.

Se retocó el brillo labial usando el reflejo de su teléfono celular. —Nadie se resiste a mi encanto si realmente me lo propongo. Y ese vampiro desabrido no será la excepción.

Mia alzó una ceja, escéptica. —¿Ah, sí? Te apuesto mis almuerzos de toda la semana a que vas, le hablas, y ni siquiera tiene la decencia de mirarte a los ojos.

—Trato hecho. Observen a la maestra y aprendan.

Sienna se levantó, alisándose la falda de lino, y cruzó la cafetería con el paso seguro y rítmico de una modelo en pasarela. Al llegar a la mesa de Sandro, ensayó su mejor sonrisa, esa misma que dejaba tartamudeando a los capitanes del equipo de rugby.

—¿Está ocupado? —preguntó con voz dulce, apoyando una mano sobre el respaldo de la silla vacía frente a él.

Sandro no despegó la vista de su libro. —Sí, está ocupado. Mi mochila está ahí —respondió, dándole un mordisco a su sándwich.

Sienna parpadeó, desconcertada por el revés inmediato, pero no dejó que su sonrisa flaqueara. Apoyó una mano directamente sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante para forzarlo a notar su escote y entrar en su campo de visión.

—Soy Sienna —insistió en tono juguetón—. No te había visto por aquí en semestres anteriores. ¿Eres de intercambio? Me encanta tu cabello... es muy exótico.

Sandro finalmente levantó la cabeza. Sus fríos ojos grises se encontraron con los de ella, pero no había ni un rastro de timidez, nerviosismo o admiración masculina en ellos. Solo había un profundo y absoluto aburrimiento.

—Gracias —respondió él, con voz plana—. Pero tengo que concentrarme en esto. ¿Me permites? —le dijo, fijando de nuevo la vista en su libro para dar por terminada la charla

—Oh... claro —Sienna sintió que el calor le subía al cuello, intentando desesperadamente recuperar el control de la interacción—. Solo quería ser amable, ya sabes. Tal vez podríamos...

—No busco amigos, Sienna —la interrumpió Sandro, usando su nombre por primera vez—. Y definitivamente no busco citas. Con permiso.

Acto seguido, volvió a bajar la vista a su libro, ignorando su presencia con tanta naturalidad como si ella fuera simplemente parte de la silla de enfrente.

Sienna se quedó plantada allí unos segundos, con las mejillas ardiendo de indignación. Era la primera vez en sus veinte años de vida que un chico la rechazaba de forma tan rápida y sin el más mínimo miramiento. Apretó los dientes, dio media vuelta y caminó de regreso a su mesa, donde sus amigas hacían esfuerzos titánicos por no soltar una carcajada.

—¿Qué pasó, "reina del encanto"? —se burló Grace—. Creo que el Príncipe de Hielo te acaba de congelar la sonrisa.

—Ves, amiga, te lo dije —añadió Mia, riendo abiertamente—. Ese chico es una fortaleza. Ignora a todas. Me vas a deber muchos almuerzos.

Sienna se sentó de golpe, cruzándose de brazos mientras miraba furiosa hacia la esquina donde Sandro seguía leyendo, imperturbable, bebiendo su agua como si nada hubiera pasado.

Su orgullo estaba herido de muerte, y eso la volvía peligrosa.

—Esto no se queda así —siseó Sienna entre dientes, entrecerrando los ojos—. No es que no le guste. Solo se está haciendo el difícil para alimentar su ego.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.