Identidades bajo cero

Capítulo 17. Sangre Fría, Corazón Caliente

El aire en la arena estaba cargado de emoción y nervios. Ice Nexus se jugaba la vida. Necesitaban esos 6 puntos para los playoffs, y los Glacial Wolves no eran un hueso fácil de roer.

El primer periodo había sido una batalla campal, terminando en un empate 1-1 que sabía a poco.

En el vestuario, el entrenador Miller caminaba de un lado a otro, golpeando la pizarra táctica con un marcador.

—¡Escúchenme bien! —ladró, clavando la mirada en cada uno—. Los playoffs no son un regalo, se arrebatan. Si quieren irse de vacaciones antes de tiempo, lárguense de una vez. Pero si quieren esa copa, quiero disciplina y la cabeza fría.

Miller se detuvo frente a uno de los defensas estrella.

—¡Smith! No quiero que les regales ni un metro en la zona neutral. ¡Varea al delantero en cuanto cruce la azul! ¡Cuerpo a cuerpo, que sientan el rigor!

El entrenador volvió al centro del vestuario, levantando la voz.

—Y el resto, ¡presión arriba! No los dejen salir de su zona. ¡Hagan su trabajo y traigan esa victoria! ¡Salgan ahí y demuestren quién manda en el hielo!

El sonido de los patines al salir al hielo resonó de nuevo.

El árbitro dejó caer el puck. Alex lo controló al instante con un giro brusco, sus patines levantando una nube de escarcha mientras esquivaba a dos defensores con elegancia.

Por el flanco derecho, un jugador de los Wolves intentó una escapada, pero Dave apareció como un tren de carga. Sin embargo, en lugar de golpearlo ilegalmente como solía hacer, ejecutó un tackle limpio, hombro con hombro, robando el disco sin cometer falta. La grada aplaudió la jugada defensiva.

Comentarista: "¡Increíble recuperación de Morrison! ¡Volkov y Morrison están conectando hoy como si compartieran cerebro! ¡Es un ballet con palos ahí abajo, señores!"

En el banquillo, el entrenador sonrió al ver a Dave levantar la cabeza y pasar el disco a Randy. Randy armó el brazo y disparó un cañonazo... ¡que rebotó en el poste! La grada ahogó un grito, pero Alex, moviéndose como un fantasma en el área chica, cazó el rebote y lo mandó al fondo de la red antes de que el portero pudiera reaccionar.

2-1. El estadio estalló.

El partido se había convertido en una guerra de desgaste. A falta de cinco minutos, los Wolves lograron empatar en una jugada confusa frente a la portería. 2-2.

El reloj marcaba los segundos finales. 45... 40... 30...

Alex estaba empapado en sudor, el pecho ardiéndole por el esfuerzo. Interceptó un pase arriesgado en la zona neutral y aceleró de forma explosiva hacia la portería contraria.

Dos defensores enormes se le fueron encima, cerrándole el paso, esperando que la estrella del equipo intentara la heroica y disparara él solo.

Pero Alex vio lo que ellos no. Por el rabillo del ojo, vio una camiseta del Nexus libre en el lado izquierdo.

En lugar de disparar, hizo una finta con el cuerpo que mandó a los defensas al lado equivocado y soltó un pase ciego, pero preciso hacia Dave, quien tenía la red abierta.

Dave recibió, ajustó y disparó. El disco cruzó la línea roja justo cuando la bocina final sonaba, iluminando el tablero.

3-2. ¡Victoria!

El estadio se vino abajo. Dave patinó hacia Alex y lo abrazó con fuerza y le dijo con la voz quebrada por la adrenalina: —¡Capitán! ¡Ese pase fue magia!

Alex le dio un golpe cariñoso en el casco, sonriendo. —¡No me ablandes ahora, idiota! —gritó sobre el ruido de la multitud—. ¡Bien tirado!

En las gradas, Vanessa saltaba abrazada a Jane, viendo cómo su novio era alzado en hombros por sus compañeros.

Más tarde, el vestuario era una fiesta. Música a todo volumen, bebidas isotónicas volando y gritos de guerra. Alex, sentado en su banco con una toalla en la cabeza, sacó su teléfono. Sus dedos volaron sobre la pantalla.

Para Sandro: Foto adjunta: El marcador final 3-2 iluminado en el estadio. Texto: "Sufrido, pero se logró. Estamos vivos."

A miles de kilómetros de distancia, en una habitación silenciosa de Melbourne donde ya era el día siguiente, Sandro apagó la tablet donde había estado viendo el streaming pirata del partido.

El teléfono vibró. Leyó el mensaje y una sonrisa genuina, pequeña pero cálida, cruzó su rostro. Escribió de vuelta rápidamente: "No esperaba menos, hermano."

Sandro dejó el teléfono sobre el escritorio. La luz de la lámpara iluminaba sus libros de química orgánica, pero también un pequeño marco de madera en la esquina: una foto vieja de dos niños idénticos de 10 años, con uniformes de hockey demasiado grandes.

Sandro miró la foto un momento, suspiró con nostalgia, y volvió a abrir su libro. Aunque estaban en continentes distintos, esa noche habían ganado los dos.

Al día siguiente, el laboratorio de química de la Universidad de Melbourne olía a desinfectante y reactivos. Los estudiantes estaban dispersos en las mesas altas, trabajando en sus informes.

Sandro, fiel a su costumbre, se había adueñado de una esquina apartada. Anotaba resultados en su libreta con una caligrafía impecable, ajeno al murmullo del resto.




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