El vestuario del Ice Nexus era un caos de gritos, música a todo volumen y el estruendo de los protectores siendo azotados contra las bancas. Alex se escabulló hacia el pasillo trasero, buscando un poco de silencio.
Marcó el número que se sabía de memoria. Primer tono. Segundo tono...
—Sabía que llamarías —contestó una voz tranquila al otro lado del mundo.
Alex soltó una carcajada. —¿Lo viste, Sandro? Dime que lo viste.
—¿Ver qué? ¿Cómo casi te tropiezas en el segundo periodo? —bromeó Sandro, aunque se notaba la sonrisa en su voz—. La Finta Volkov. No pensé que te acordaras de cómo hacerla. Papá solía decir que te faltaba equilibrio para ejecutarla bien.
—Pues papá no vio lo de hoy —respondió Alex—. Lo hice por ti, hermano. Sentí que... no sé, que estabas ahí en el hielo conmigo.
Hubo un silencio breve, cargado de esa telepatía extraña que solo los gemelos entienden. En Melbourne, Sandro miraba por la ventana de su apartamento hacia la ciudad lluviosa. —Fue un buen gol, Alex. En serio. Estuve gritándole a la pantalla como un loco.
—¿Cómo está él? —preguntó Alex, refiriéndose a su padre.
Sandro suspiró. —Igual. Días buenos, días malos. Hoy está descansando. Le enseñaré la repetición del gol mañana; seguro le sube el ánimo criticar tu técnica.
Alex rió suavemente. —Vale. Oye... te extraño, cerebro de nuez.
—Y yo a ti, payaso de hielo. Ve a celebrar. Te lo ganaste.
Alex colgó el teléfono. Se quedó un segundo mirando la pantalla, sintiendo que, por primera vez en meses, la distancia entre Boston y Melbourne se había acortado un poco. Guardó el celular, respiró hondo y volvió al ruido. Era hora de la fiesta.
Esa noche celebración se trasladó a The Velvet Room, el club más exclusivo de la ciudad, reservado esa noche para el equipo y sus invitados.
Vanessa estaba en una zona VIP, con una copa en la mano, luciendo espectacular con un vestido negro que realzaba su figura bronceada. Alex estaba a su lado, recibiendo felicitaciones de todo el mundo. Estaban en su burbuja de felicidad.
—¡Vaya, vaya! Pero si es el héroe de la noche.—La voz era suave y elegante.
Alex y Vanessa giraron la cabeza. Frente a ellos estaba Miranda Blackwood, la hija del dueño del equipo.
Jane no había exagerado. Era impresionante. Alta, rubia, con una postura impecable de modelo y vestida con un traje sastre blanco que probablemente costaba más que el coche de Vanessa.
—Miranda —saludó Alex, asintiendo con la cabeza—. Qué sorpresa verte por aquí. No te vi en el palco.
Miranda sonrió, ignorando por completo a Vanessa. Sus ojos azules se clavaron solo en Alex. —Estaba con mi padre. Estaba muy impresionado, Alex. Dijo que finalmente estás jugando como la inversión millonaria que eres. —Dio un paso adelante, invadiendo sutilmente el espacio personal—. Yo siempre supe que tenías ese fuego. Solo necesitabas... la motivación correcta.
Extendió una mano con uñas perfectamente manicuradas y rozó el brazo de Alex, justo encima del bíceps. El gesto fue íntimo, de propietaria.
Vanessa sintió que un calor le subía rápidamente por el cuello. No era una chica de hacer escenas de celos irracionales, pero sabía reconocer a una depredadora cuando la tenía enfrente. Se aclaró la garganta, lo suficientemente fuerte como para interrumpir el momento.
Miranda giró el rostro lentamente, pareciendo "notarla" por primera vez. —Oh, disculpa. No te había visto ahí abajo. —La diferencia de altura entre Vanessa y Miranda, quien además llevaba unos tacones altísimos, era notable, y la rubia la usó a su favor para mirarla desde arriba—. Tú debes ser... Vanesa, ¿cierto? La chica que usaba la sudadera gigante en las gradas. Qué... adorable.
Vanessa enderezó la espalda, negándose a dejarse intimidar. —Vanessa —la corrigió con firmeza, sosteniéndole la mirada—. Y sí, soy la novia de Alexander. Mucho gusto.
Le extendió la mano libre. Miranda bajó la vista hacia la mano de Vanessa y la miró unos largos segundos antes de estrecharla, apretando con una fuerza sorprendente para alguien de aspecto tan delicado. —Miranda Blackwood. Un placer conocer a la... distracción actual de nuestra estrella.
La provocación fue directa como una bofetada. Alex endureció la mandíbula de inmediato.
—Cuidado, Miranda —advirtió Alex. Su voz había perdido cualquier rastro de camaradería o broma—. Vanessa no es una distracción. Es mi novia. Te sugiero que la trates con respeto.
Miranda soltó una risita ligera, como si Alex hubiera contado un chiste tierno. —Ay, Alex. Siempre tan pasional a la defensiva. Me encanta eso de ti. —Le guiñó un ojo, retrocediendo un paso con gracia felina—. Disfruten la fiesta, la cuenta corre por cuenta de mi padre. Nos veremos mucho más seguido ahora que estamos en playoffs... tengo algunas ideas muy interesantes para la imagen pública del equipo.
Se dio la vuelta, su cabello rubio ondeando como una capa de seda, y desapareció entre la multitud, dejando tras de sí un denso rastro de perfume caro y tensión palpable.
—Hey, ni le hagas caso. Ella es así, cree que puede pisotear a todos. Es insoportable.