El pasillo del edificio administrativo estaba en silencio. Alex acababa de salir de la oficina del Decano de Asuntos Estudiantiles y caminaba con pasos pesados. En su mano derecha apretaba un papel membretado con un sello rojo en la esquina superior: AVISO DE RENDIMIENTO ACADÉMICO CRÍTICO.
—Mierda —murmuró, doblando el papel por la mitad.
—¿Problemas en la oficina, capitán?
Alex levantó la vista. Randy, su compañero de equipo, venía en dirección contraria masticando una barra de proteína. Alex guardó el papel rápidamente en el bolsillo trasero de sus jeans, forzando una expresión de normalidad.
—Nada serio. Burocracia administrativa. Quieren que rellene unos formularios.
—Más te vale tener todo en orden. El entrenador nos avisó hoy en la mañana que, con los playoffs encima, la liga de la universidad va a evisar los promedios de todos los titulares. Si bajas de 2.5 de GPA... adiós hielo. Te suspenden temporalmente hasta que subas la nota.
Alex sintió una punzada de ansiedad en el pecho. Odiaba el entorno académico. Su cerebro estaba diseñado para leer el lenguaje corporal de los defensas, predecir trayectorias y liderar un equipo bajo presión, no para memorizar fórmulas de macroeconomía o estadística avanzada. Entre los entrenamientos dobles, las sesiones de pesas y los viajes, apenas le alcanzaba tiempo para dormir. Sentarse a leer un libro de texto era una tarea imposible.
Su teléfono vibró. Miró la pantalla; era un número desconocido con el código de área de la zona financiera de Boston. —¿Sí?
—¿Alexander Volkov? —habló una voz de mujer, con un tono estrictamente profesional—. Le llamo de la oficina del señor Blackwood. El dueño requiere su presencia esta noche en su residencia para una cena de negocios. A las 8:00 PM. Traje formal.
Antes de que Alex pudiera hacer una pregunta, la línea se cortó.
La residencia de la familia Blackwood no era una casa, era una fortaleza de dinero viejo. El interior estaba dominado por pisos de mármol, techos altos y un silencio denso.
Un mayordomo lo recibió en la entrada y lo guió hasta el comedor principal. Allí, sentado en la cabecera de una larga mesa bajo un candelabro de cristal, estaba el señor Blackwood, un hombre de rostro duro y cabello gris. A su derecha estaba Miranda. Llevaba un vestido rojo oscuro, ceñido y de corte impecable.
—Alex, muchacho. Entra, toma asiento —indicó el señor Blackwood, señalando la silla frente a su hija.
La cena transcurrió entre platos pequeños que Alex apenas probó. Hablaron de estrategias a largo plazo, de la atracción de nuevos patrocinadores y de números que mareaban. Alex se sentía fuera de lugar.
—Alex tiene un potencial de marketing increíble, papá —comentó Miranda, girando su copa de vino tinto por el tallo—. Pero necesita pulir su imagen pública. Menos "chico universitario fiestero" y más "hombre de éxito".
—Estoy de acuerdo —asintió el hombre mayor, cortando un trozo de carne—. Y tú podrías ayudarlo con eso, Miranda. Tienes buen ojo para las relaciones públicas.
Miranda sonrió. Se giró hacia Alex, apoyando los codos en la mesa. —Me encantaría. De hecho, tengo una propuesta en desarrollo para una campaña publicitaria: La Realeza del Hielo. Tú y yo en las vallas publicitarias de toda la ciudad. Ropa de diseñador, paletas de colores fríos. Sería icónico.
—¿Tú y yo? —preguntó Alex, frunciendo el ceño—. Pero tú no juegas hockey. No eres parte de la plantilla.
—Pero soy la cara corporativa de la marca Blackwood —respondió ella con calma—. Y tú eres nuestra estrella principal. Piénsalo, Alex. Juntos somos una imagen invencible.
El señor Blackwood se limpió la boca con una servilleta de tela. —Escucha a Miranda, hijo. Ella sabe cómo se mueve el dinero en esta industria.
Una hora después, la cena concluyó. Mientras Alex esperaba en el vestíbulo a que trajeran su abrigo, Miranda se acercó. Se paró a escasos centímetros de él.
—Sé que estás en la cuerda floja, Alexander —le dijo en voz baja. Olía a vino caro y a perfume dulce—. Y no quiero que ese problema académico arruine nuestros planes a futuro.
Alex tensó la mandíbula. —¿Cómo sabes sobre mis calificaciones?
—Tengo mis recursos —respondió ella, con una sonrisa tranquila y calculadora—. Sería una verdadera pena que el capitán se quedara fuera de los playoffs por reprobar un simple examen, ¿no crees? Tal vez yo podría... hablar con algunos profesores. Hacer un par de donaciones. Si eres amable conmigo y colaboras con la campaña, claro.
Alex retrocedió un paso, marcando su distancia. —No te preocupes por eso. Yo me encargo de mis problemas solo.
—¿Estás seguro? Porque tu ausencia en los playoffs va a afectar al equipo, Alex, no solo a ti. ¿Vas a dejar al equipo sin su jugador principal? Piénsalo bien.
Alex llegó a su departamento a las diez de la noche. Vanessa lo estaba esperando sentada en el sofá de la sala, con una lámpara encendida y los apuntes universitarios de Alex esparcidos sobre la mesa de centro.
—¿Cómo te fue con la aristocracia? —preguntó Vanessa al verlo entrar.
Alex se dejó caer pesadamente en el sofá, recostando la cabeza en el regazo de Vanessa. Ella instintivamente comenzó a acariciarle el cabello. —Fue una emboscada corporativa —respondió él, cerrando los ojos—. Miranda quiere meterse como mi mánager de imagen. Quiere que hagamos campañas juntos. Y su papá le da luz verde a todo lo que pide.