Al otro lado del mundo, Alex entraba al laboratorio de Química Orgánica en Melbourne como quien hace su entrada triunfal en un club nocturno: con paso firme, el pecho inflado y una sonrisa de medio lado.
—¡Buenos días, compañeros de la ciencia! —saludó alegremente.
Varias cabezas se giraron. Nadie le devolvió el saludo. El silencio que siguió fue denso e incómodo.
Zoe, que ya estaba en su estación de trabajo calibrando una balanza, lo miró profundamente confundida.
—Llegas tarde, platinado. Y estás... sonriendo —Zoe lo escaneó de pies a cabeza—. ¿Te golpeaste la cabeza en la alberca o finalmente te hizo efecto el antidepresivo?
Alex se sentó en el taburete a su lado, recordando su papel de "monje mudo". —Solo estoy... muy motivado. La química es vida, ¿no es así? —Intentó sonar intelectual y profundo, pero le salió como un eslogan barato de comercial de cereales.
El profesor comenzó a hablar al frente sobre titulación ácido-base. —Bien, comiencen el procedimiento. Quiero que registren el cambio de color exacto al milímetro.
Alex miró los matraces y frascos frente a él. Había un líquido transparente y otro rosa. Agarró una pipeta de vidrio con los dedos como si fuera la baqueta de una batería. —Pan comido —susurró, listo para mezclar.
Zoe le detuvo la mano en el aire, mirándolo de reojo. —Oye, genio. Vas a mezclar ácido clorhídrico con hidróxido de sodio sin protección. A menos que quieras perder tus huellas dactilares para iniciar una carrera criminal, ponte los malditos guantes.
Alex soltó los frascos de inmediato, como si estuvieran en llamas. —Cierto. Seguridad ante todo. Un ligero despiste —se puso los guantes de nitrilo torpemente—. Es que... hoy estoy muy distraído. Mi papá, ya sabes. Cuestiones médicas.
Zoe suavizó su expresión al instante. —Vale. Entiendo. Yo me encargo de hacer la mezcla, tú solo anota los resultados en la tabla. Y deja de mirarme de reojo, me pones nerviosa. Estás actuando muy raro hoy. ¿Cambiaste de desodorante? Hueles a... —olfateó el aire—... ¿cítricos caros?
—Es... aromaterapia para el estrés —improvisó Alex, rezando para que la clase terminara pronto.
De vuelta en Boston, Sandro pensó que lo peor del día había pasado. Condujo hasta la mansión Volkov para descansar. Entró en la enorme casa, donde un silencio frío e impecable reinaba en cada pasillo.
Al llegar a la sala de estar principal, encontró a su madre. Sarah Volkov estaba sentada en un sofá de diseñador, tecleando rápidamente en su laptop con una copa de vino blanco a su lado. Al escuchar sus pasos, ni siquiera levantó la mirada de la pantalla.
—Espero que hayas asistido a tu examen, Alexander. No quiero recibir otra humillante llamada del Decano de tu facultad.
Sandro se detuvo. Hacía meses que no veía a su madre en persona, pero su frialdad y su tono condescendiente seguían exactamente igual de intactos. —Fui al examen, madre. Creo que aprobé.
Sarah dejó de teclear. Levantó la vista, claramente sorprendida por el tono neutral y respetuoso de su respuesta. Normalmente, Alex habría contraatacado con un comentario sarcastico o un gruñido defensivo.
—"Creo que aprobé". Vaya, qué elocuencia manejas hoy. —Tomó un sorbo de vino y volvió a su laptop—. No me decepciones. Ya tengo suficiente con la preocupación de tu padre enfermo y con tu hermano perdiendo el tiempo en Australia, como para que tú también arruines la imagen pública de esta familia aquí.
Sandro apretó los puños. Perdiendo el tiempo… Estoy cuidando a mi padre todos los días mientras tú bebes vino a doce mil kilómetros de distancia. La rabia le subió por la garganta, pero se mordió la lengua. Mantener el teatro era la prioridad. —Sí, madre —respondió secamente, antes de darse la vuelta y subir las escaleras.
Al día siguiente, justo al salir de su segundo examen, Sandro fue interceptado por el jefe de relaciones públicas del Ice Nexus.
—¡Alex! ¡Qué bueno que te encuentro! —dijo el hombre, caminándole a la par—. El equipo de prensa de la liga universitaria estará en la arena en un par de horas. Quieren hacer tomas de apoyo y una entrevista exclusiva contigo para promocionar los playoffs.
Sandro se quedó helado, agarrado totalmente desprevenido. No sabía nada de hockey actual, ni de la liga, ni de cómo lidiar con la prensa deportiva. —¿Una entrevista? Yo...
—En dos horas en el hielo, Alex. Con el uniforme puesto. Y por favor, no llegues tarde. Es crucial para los patrocinadores.
En cuanto el hombre se alejó, Sandro llamó a Alex. —¡Me quieren poner en el hielo con cámaras! —le siseó Sandro al teléfono—. ¿Qué demonios digo?
—¡Tranquilo, monje! —se rió Alex desde Australia—. Solo te harán preguntas cliché. Contesta con frases de cajón: "Haremos nuestro mejor esfuerzo", "Somos dueños del hielo", "Respetamos al rival pero vamos a aplastarlos". Pon cara de tipo arrogante y listo.
Dos horas después, en el inmenso estadio del Ice Nexus, Sandro estaba de pie sobre el hielo, vestido con la pesada armadura y el jersey con el número 10 de su hermano. Se sentía profundamente inestable. Sabía patinar, por supuesto; habían aprendido juntos de niños. Pero no tenía ni una fracción de la fluidez, la gracia y la ligereza agresiva que caracterizaban a Alexander sobre las cuchillas.