Identidades bajo cero

Capítulo 21. La Debilidad del Monje

Esa noche, en Melbourne, Alex entró con cautela en la habitación 304 del ala privada del hospital.

Allí estaba Nikolay Volkov. Su padre. El hombre inmenso y fuerte que le había enseñado a atarse los patines por primera vez, ahora se veía mucho más delgado, recostado contra las almohadas, conectado a un monitor cardíaco y leyendo un periódico con unas gafas de lectura descansando en la punta de la nariz.

—Hola, papá —dijo Alex, con un nudo en la garganta. Hacía meses que no lo veía en persona, y el impacto visual fue un golpe directo al pecho.

Nikolay bajó el periódico lentamente. —Alessandro. Llegas tarde. Normalmente estás sentado en esa silla a las seis de la tarde en punto.

—Sí, perdón. Tuve... un día largo y complicado en la universidad —Alex se acercó, arrastró la silla de visitas y se sentó junto a la cama.

Nikolay lo observó en silencio durante unos largos segundos. Los padres siempre saben, o al menos, sus instintos rara vez fallan. —Te ves diferente hoy, hijo.

Alex tensó la espalda de inmediato. —¿Ah, sí? ¿Diferente en qué sentido?

—Tienes mucha más viveza en el rostro. Y no traes encima esa nube negra de preocupación constante con la que usualmente entras por esa puerta. —Nikolay sonrió débilmente—. ¿Conociste a una chica?

Alex soltó una risa, aliviado por la conclusión de su padre. —Algo así. Pero no es exactamente lo que estás pensando.

—Me alegra escucharlo. Me preocupaba seriamente que te estuvieras convirtiendo en un robot de laboratorio, Sandro. Necesitas salir, cometer errores, vivir un poco. Como lo hace tu hermano.

Alex apretó los labios. —Alex también te extraña, papá. Te extraña muchísimo.

—Lo sé. Vi su partido de hoy en la tableta. Ese último gol... —Los ojos de Nikolay brillaron con el orgullo de un exjugador—. Fue pura potencia animal. Pero sigue siéndole fiel a sus defectos: le falta técnica. Tú siempre tuviste una técnica mucho más limpia, aunque odiaras estar sobre el hielo.

Irónicamente, Alex siendo el rey absoluto de la técnica en la liga universitaria de hockey, sintió que su ego profesional sangraba. Pero tuvo que morderse la lengua para no defenderse a sí mismo. —Sí, bueno... Alex hace lo que puede con lo que tiene.

Nikolay, extendió una mano pálida hacia él.

Alex la tomó entre las suyas. La mano de su padre, que antes podía romper un bastón de hockey por la mitad, ahora se sentía frágil y temblorosa. En ese preciso instante, mirando el rostro cansado de su viejo, Alex entendió el tamaño monumental del sacrificio que Sandro estaba haciendo cada día: aislarse del mundo para ver a su héroe desvanecerse poco a poco.

—Te quiero, papá —susurró Alex, apretando su mano. Y por primera vez en todo el día, no estaba actuando en absoluto.

A la tarde del día siguiente, la cafetería de la universidad era un caos de ruido y estudiantes hambrientos.

Alex estaba en la fila para pagar su almuerzo, moviendo el pie con impaciencia al ritmo de una canción que solo sonaba en su cabeza. Llevaba tres días "siendo Sandro" y sentía que sus músculos se estaban atrofiando por la falta de acción y adrenalina.

Justo enfrente de él, un estudiante de primer año que llevaba una bandeja a tope, se resbaló torpemente sobre un charco de líquido derramado en el suelo. En su desesperado intento por mantener el equilibrio, la bandeja —que contenía un plato hondo de sopa de tomate caliente, una manzana y un vaso de jugo de naranja— salió volando hacia atrás, directo hacia Alex.

Sandro, el científico calculador, habría dado un paso lateral para simplemente evitar mancharse la ropa. Alex, el atleta de élite, reaccionó.

Fue instinto físico puro. Su mano izquierda salió disparada como un látigo y atrapó el vaso de jugo en el aire, justo antes de que se derramara una sola gota. Con la mano derecha, interceptó la manzana después de que rebotara limpiamente en su propio pecho. La sopa... bueno, el plato de sopa cayó y se estrelló contra el suelo, pero Alex logró esquivar la salpicadura hirviente con un paso lateral digno de una finta de campeonato en el hielo.

—¡Opa! —gritó Alex, con una sonrisa enorme de adrenalina, sosteniendo el vaso y la manzana como si fueran trofeos olímpicos—. ¿Vieron esos reflejos, señores? ¡Casi pido la revisión del VAR!

Un silencio absoluto cayó sobre los estudiantes cercanos. El chico que se había caído lo miraba desde el suelo, completamente asombrado.

En ese momento, Alex se dio cuenta de que Zoe estaba parada justo en la fila detrás de él, con la boca ligeramente abierta y una ceja arqueda hasta la frente.

¡Mierda! Sandro no atrapa cosas en el aire como un ninja.

Alex borró la sonrisa triunfal de golpe. Carraspeó para recuperar su tono grave, y le devolvió el vaso y la manzana al chico del suelo con un movimiento rígido. —De nada. Ten más cuidado.

Zoe se cruzó de brazos y dio un paso, acercándose peligrosamente a él. —Oye, platinado. Tú tienes la coordinación motriz de un bebé jirafa. La semana pasada te pegaste en el hombro con el marco de la puerta del laboratorio. ¿Desde cuándo eres un participante de Ninja Warrior?

—El yoga —mintió Alex rápidamente, soltando lo primero que le vino a la mente—. Empecé a hacer yoga por las mañanas. Para la flexibilidad. Namasté.




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