Jueves, 9:00 AM en Melbourne. Alex se despertó con un dolor de cabeza punzante y la boca reseca. De la noche recordó de inmediato: el rostro de Sienna, un par de tragos de más y el ritmo ensordecedor de una pista de baile.
—Mierda, no debí haber hecho eso —murmuró, arrastrando los pies hacia la inmaculada cocina de su hermano en busca de un vaso de agua.
En ese momento, el timbre del apartamento sonó con insistencia. Alex se detuvo, frunciendo el ceño. Sandro no esperaba a nadie, no tenía visitas. Se acercó a la puerta y miró por la mirilla. Era Zoe. Sorprendido, giró la perilla y abrió. Zoe no esperó invitación; entró de golpe, empujándolo ligeramente hacia atrás con el hombro.
—Buenos días, Baryshnikov —saludó ella, cruzándose de brazos con una expresión cargada de sarcasmo.
Alex parpadeó, frotándose los ojos. —¿Baryshnikov? ¿Quién demonios es ese?
—¿No conoces a Mijaíl Barýshnikov? ¿El legendario bailarín ruso? —Zoe enarcó una ceja.
—Zoe, es demasiado temprano para tus referencias culturales rebuscadas. ¿Qué quieres?
Zoe sacó su teléfono celular, desbloqueó la pantalla y se lo puso a escasos centímetros de la cara. En el video, con una calidad de imagen impecable, se veía a "Sandro" en el centro de la pista del bar, bailando música urbana con Sienna. Tenía un ritmo, una soltura y un descaro que ningún estudiante introvertido de química poseía.
Alex tragó saliva. —Ehh... Es una técnica de danza interpretativa para liberar el estrés...
—Ahórratelo —lo cortó Zoe de tajo—. Alessandro Volkov no sabe bailar. Una vez intentó bailar un vals tradicional en una gala de la facultad y le pisó el vestido a la Decana dos veces. —Dio un paso al frente, acorralándolo contra la barra de la cocina—. Tú bailas como alguien que está acostumbrado a que todo el mundo lo mire. Tienes reflejos de atleta profesional. No sabes absolutamente nada de química básica. Y llamas a la gente "Sunshine".
Hubo un silencio pesado en la cocina. Alex soltó un suspiro largo y derrotado. Se dejó caer en el sofá de la sala. —Vale. Me atrapaste.
—¿Quién eres? —preguntó Zoe, aunque su mente ya había atado los cabos principales—. ¿Y dónde está Einstein?
—Soy Alexander —confesó, levantando las manos en señal de rendición total—. Su hermano gemelo. Sandro está en Boston, haciéndose pasar por mí para salvar mi carrera de hockey. Yo vine a Australia para... bueno, para que nadie en la universidad notara su ausencia y no perdiera el semestre.
Zoe se quedó callada, procesando la magnitud de la información. Luego, soltó una carcajada seca y negó con la cabeza, asombrada por la audacia de ambos. —Lo sabía. Sabía que la ecuación no cuadraba por ningún lado. —Se sentó en el sillón frente a él y sacó una manzana verde de su mochila, dándole un mordisco—. Están completamente locos. Esto es fraude académico y suplantación de identidad. Si la junta directiva se entera, expulsan a Alessandro sin pensarlo dos veces.
—Lo sé, lo sé perfectamente. Por eso necesito que no digas nada. Por favor, Zoe. Sandro es un genio, no se merece que le arruinen la vida por mi culpa. Yo soy el desastre de la familia, él solo me está ayudando.
Zoe lo observó en silencio. Detrás de la fachada de chico arrogante y despreocupado, vio una lealtad inquebrantable hacia su hermano. Suspiró y rodó los ojos. —Está bien. No diré nada. Pero con una condición innegociable.
—¿Cuál?
—A partir de este preciso momento, haces exactamente lo que yo diga. Se acabaron las salidas nocturnas, se acabó el jueguito de coqueteo con Sienna y te vas a sentar a estudiar los conceptos básicos para no quedar como un idiota en las prácticas que nos quedan. —Zoe sonrió con malicia—. Básicamente, soy tu jefa ahora.
Alex dejó escapar una sonrisa de alivio. —Trato hecho, jefa.
***
Jueves por la mañana en Boston. El día del Juicio Final.
Alessandro estaba sentado al volante del BMW, estacionado frente al edificio de la facultad de negocios. Había pasado toda la noche en vela estudiando los apuntes que Vanessa había intentado organizar, pero el Derecho Mercantil no era como las matemáticas o la química. Era un terreno ambiguo, lleno de vacíos legales e interpretaciones subjetivas. Sandro odiaba la ambigüedad.
Un par de toques suaves en la ventanilla del copiloto lo sacaron de sus pensamientos. Giró la cabeza y vio a Miranda Blackwood. Llevaba unas enormes gafas oscuras de diseñador y una sonrisa enigmática. Sandro bajó el cristal.
—¿Nervioso, cariño? —preguntó ella, apoyando los brazos en el marco de la ventana.
—Un poco. Es un examen importante.
Miranda metió la mano en su bolso de cuero y sacó un sobre blanco, perfectamente sellado. Lo deslizó por la abertura de la ventana hasta dejarlo caer sobre el asiento del copiloto.
—¿Qué es esto?
—Digamos que es... una póliza de seguro a todo riesgo. Mi padre conoce a los miembros del comité académico. Ahí adentro tienes las respuestas exactas de la sección de opción múltiple y la estructura perfecta para el ensayo final.
Sandro sintió un rechazo visceral. Era trampa. Una trampa sucia y descarada. —Miranda, yo no hago...