Identidades bajo cero

Capítulo 22. La Melodía Rota

La mañana siguiente al terminar el intercambio, el ambiente en Melbourne seguía su curso normal.

Sandro cruzó las pesadas puertas del laboratorio de química avanzada, sintiendo el familiar y reconfortante olor a reactivos y desinfectante.

Zoe ya estaba allí, ajustando la lente de un microscopio en su estación de trabajo. Al escuchar el clic de la puerta, levantó la vista.

Sandro se sentía extraño volver a mirarla directamente, sabiendo que ella conocía su mayor secreto.

Zoe se enderezó y lo escaneó de arriba abajo con ojo crítico: notó la postura perfectamente recta, la mirada seria y analítica, y la absoluta falta de esa sonrisa arrogante y coqueta que había portado la semana anterior.

—Vaya, vaya —dijo Zoe, soltando la perilla del microscopio y cruzándose de brazos—. El muerto resucitó. O, mejor dicho, el original regresó.

Sandro caminó hacia su mesa, dejando su mochila sobre el banco con cuidado. —Hola, Zoe.

—Hola, Sandro —respondió ella, recargando la cadera contra la mesa mientras le daba un sonoro mordisco a su omnipresente manzana verde.

Sandro se congeló por un instante. —¿Sandro? —preguntó, mirándola con genuina sorpresa.

Aquí en Australia, absolutamente nadie lo llamaba así. Desde el día que llegó, se había presentado estrictamente como Alessandro Volkov. Solo sus viejos amigos en Boston y su círculo familiar más íntimo usaban ese diminutivo. El hecho de que Zoe lo supiera significaba que Alex, en medio de todo su teatro, había bajado la guardia y le había revelado una parte real de su identidad.

Zoe se encogió de hombros, masticando con calma. —Tu hermano dejó caer el nombre antes de subirse al avión. Por cierto, te informo que es un caos andante, por si tenías el pendiente. Casi nos mata a todos mezclando ácidos sin guantes, se puso a bailar reguetón en un bar de mala muerte y estuvo coqueteando peligrosamente con Sienna. Pero debo admitir que fue bastante entretenido. Hacía tiempo que no pasaba nada interesante en este edificio.

Sandro no pudo evitar esbozar una media sonrisa, corta pero genuina. —Gracias por no delatarme, Zoe. Y por cubrirlo a él. Te debo una muy grande.

—Me debes como diez —corrigió Zoe—. Empezando por tener que explicarme cómo vas a lidiar con el desastre que dejó tu gemelo. Esa chica plástica, Sienna, ahora está más insoportable que de costumbre. Está completamente convencida de que tienes algún tipo de "fuego interior" escondido.

—Yo me encargaré de Sienna —dijo Sandro—. A mi manera.

—Más te vale, Einstein. Ah, y otra cosa, Sandro...

—¿Sí?

—Me divertí un poco siendo la niñera de tu hermano. Solo hazme el favor de avisarme con un poco de anticipación si planeas volver a desaparecer para mandarlo de nuevo. Para traer un casco.

Sandro la miró en silencio. Había una nueva y sólida complicidad flotando en el aire entre ellos. Ya no eran simplemente los dos estudiantes solitarios que compartían mesa por obligación académica; ahora eran amigos unidos por un secreto internacional. —Entendido, jefa.

Más tarde ese día, Sandro caminaba por el campus. Iba con su paso habitual: rápido, directo y con la mirada fija al frente, enfocado en llegar a su próxima clase. Pero no pudo evitar el obstáculo que se interpuso en su camino.

—¡Alessandro! —gritó una voz femenina.

Sandro se detuvo y soltó un suspiro apenas perceptible. Aquí vamos de nuevo.

Sienna le cerró el paso. Lucía impecable como siempre, pero sus ojos destilaban un reclamo genuino. —¿Se puede saber qué demonios te pasa? —le espetó, cruzándose de brazos—. La otra noche en el bar eras... divertido. Bailamos, te reíste, la pasamos bien. Y luego, a la mañana siguiente, dejas que tu "perro guardián" me humille en el pasillo y te escondes detrás de ella como un cobarde. ¿Tienes personalidad múltiple o qué?

Sandro la miró con su habitual máscara de frialdad. Para él, "la otra noche" jamás existió, pero tenía que mantener la coartada de Alex para no levantar sospechas. —Sienna, estaba ebrio —mintió Sandro—. El exceso de alcohol deprime el sistema nervioso central y afecta el juicio crítico. Lo que pasó en esa pista de baile fue un simple error de cálculo. No soy ese tipo de persona.

Sienna sintió el golpe en el orgullo, pero alzó la barbilla, negándose a mostrarse herida. —¿Un error? —se burló con una risa sin humor—. Vaya. Pues tu "error" parecía disfrutar muchísimo de mi compañía. Eres un idiota, Volkov. Un idiota arrogante que se cree superior a todos los demás solo porque lee libros difíciles.

—No me creo superior —respondió Sandro, inalterable—. Simplemente sé lo que quiero para mi vida. Y no es esto. —Hizo un leve gesto con la mano, abarcando la escena dramática que ella estaba montando en medio del pasillo—. Con permiso.

Sandro la rodeó y siguió caminando.

Sienna se quedó plantada en su sitio, apretando los puños con tal fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas.

Horas más tarde, el cielo de Melbourne se había nublado. Sandro había terminado sus clases y buscaba un lugar apartado para leer. La biblioteca central era un caos de gente preparándose para los exámenes finales, así que recordó que el viejo edificio de Artes solía estar vacío a esa hora de la tarde.




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