Identidades bajo cero

Capítulo 23. La Derrota Silenciosa y La Mano Tendida

Al día siguiente, la cafetería de la universidad.

En la mesa central, Sienna jugaba con las hojas de su ensalada usando el tenedor, sin probar bocado.

Habían pasado exactamente veinte días desde la apuesta.

Sienna levaba unas gafas oscuras enormes a pesar de que el día estaba gris, y su maquillaje, que solía ser impecable, parecía haberse aplicado deprisa. Su cuello y sus muñecas estaban vacíos de su típica joyería llamativa.

Mia miró el calendario en la pantalla de su celular y le dio un leve codazo a Grace. —Oye, Sienna —dijo Mia, utilizando ese tono competitivo que solía regir su grupo de amigas—. Mañana se acaba el tiempo oficial. Hoy es el día veinte. ¿Y bien? ¿Dónde está tu ansiado trofeo? No veo a Volkov comiendo de tu mano por ningún lado.

Sienna ni siquiera levantó la barbilla. Soltó un suspiro agotado y dejó caer el tenedor sobre el plato. Metió una mano en su bolso Louis Vuitton, sacó un sobre grueso de color dorado y lo deslizó lentamente por la mesa. —Tengan —dijo con voz apagada—. Son las entradas VIP para el festival. Primera fila. Incluyen los pases para el meet & greet.

Mia y Grace intercambiaron miradas de pura confusión. Ellas esperaban que Sienna peleara hasta el último minuto, que inventara alguna excusa elaborada o que usara el reciente baile en el bar como prueba de una victoria moral. Rendirse así no era propio de ella.

—¿Qué? —preguntó Grace, tomando el sobre con cautela—. Pero... Sienna, bailaste reguetón con él frente a todo el bar. Hubo contacto. Tienes fotos. Podrías argumentar que ibas ganando y todavía tienes veinticuatro horas enteras. ¿Por qué te rindes tan fácil?

Sienna se encogió de hombros. —Perdí. Él no está interesado y punto. No tiene ningún caso seguir insistiendo e invirtiendo energía donde claramente no me quieren. —Se frotó las sienes con las yemas de los dedos, sintiendo que la cabeza le martillaba—. Disfruten el concierto.

Las dos chicas se dieron cuenta de que algo andaba muy mal. Sienna nunca aceptaba una derrota con la cabeza gacha.

—Amiga, ¿estás bien? —preguntó Mia, perdiendo el tono burlón y bajando la voz—. Llevas un par de días muy rara. Estás... completamente apagada. No has criticado el atuendo de nadie en toda la semana y no has organizado nada para este fin de semana. Estás demasiado serena. ¿Segura que no te pasa nada?

Sienna quería gritarles en medio de la cafetería que su vida se estaba desmoronando, que se sentía asfixiada por su propia existencia. Pero la máscara social estaba adherida a su piel. Forzó una sonrisa tensa. —No pasa nada dramático. Solo... supongo que estoy madurando. O tal vez es el estrés de los parciales que se acercan. Me duele la cabeza, eso es todo.

Se levantó de la silla bruscamente, agarrando su bolso. —Tengo que hacer una llamada urgente. Las veo en clase.

Salió de la cafetería a paso apresurado, dejando a sus amigas genuinamente preocupadas por primera vez en años.

Minutos después, Sandro estaba sentado en una solitaria banca de piedra en los jardines botánicos del campus, concentrado en la lectura de un artículo científico. Le gustaba ese rincón específico porque estaba custodiado por setos altos y frondosos que amortiguaban el ruido del exterior. Casi nadie pasaba por ahí.

Casi nadie.

De pronto, escuchó pasos acelerados sobre la gravilla y la voz temblorosa de alguien que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no echarse a llorar. —Mamá... mamá, por favor, escúchame un segundo...

Sandro se tensó de inmediato. Reconoció la voz. Era Sienna. Estaba de pie justo al otro lado de la gruesa pared de hojas verdes, a menos de dos metros de él, pero el follaje impedía que ella lo viera. Sandro pensó en cerrar el libro y marcharse discretamente, pero la naturaleza de la conversación lo dejó clavado en la banca.

—Ya te dije que saqué una buena calificación en el ensayo de Relaciones Públicas —decía Sienna al teléfono—. Sí, lo sé perfectamente... pero el director de la facultad de música me escuchó practicar y dijo que tengo un talento real. Dijo que podría audicionar para el conservatorio el próximo año...

Hubo un silencio largo en el que la persona al otro lado de la línea tomó la palabra. Sandro no podía escuchar las palabras exactas de la madre, pero la fría autoridad del tono se filtraba por la bocina.

—¡No es una pérdida de tiempo! —estalló Sienna de pronto—. ¡Es lo único en este maldito mundo que me hace sentir viva...! Mamá, odio esta carrera. Odio tener que fingir que me importan los eventos sociales y el posicionamiento de marcas... Por favor. Te lo suplico, solo déjame tomar las clases avanzadas de piano como optativas.

Otro silencio. Más largo que el anterior. Sienna se llevó la mano libre a los labios, intentando reprimir el llanto mientras las lágrimas resbalaban.

—¿Cómo puedes decirme eso? —susurró ella—. ¿Me vas a cortar los fondos de la universidad si no lo dejo?... Está bien. Sí. Lo entiendo perfectamente. La imagen y el estatus de la familia están primero. Sí, señora. Lo siento. No volverá a pasar.

Sienna bajó el teléfono y cortó la llamada. De pronto, con un grito sordo de pura y cruda frustración, alzó el brazo y lanzó su costoso bolso de diseñador contra el tronco de un árbol con toda su fuerza. Sus rodillas cedieron y se dejó caer sobre el pasto húmedo. Abrazó sus propias piernas, hundió el rostro entre las rodillas y rompió a llorar. No era un llanto estético o controlado; era un sollozo gutural, ruidoso y desesperado, el llanto de alguien a quien le acaban de arrebatar la última esperanza de ser libre.




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