I’m Still Here

Capitulo 3

Eleanor

¿Sabes esa sensación que aparece cuando las vacaciones ya llevan unos días instalados en tu rutina y, de repente, no tienes ni idea de qué hacer con tu vida? Esa soy yo en este momento.

Eran alrededor de las dos de la tarde. Sin libros que subrayar ni exámenes por los que entrar en pánico, el vacío en el pecho me golpeaba con fuerza. Es extraño cómo te sientes culpable por no hacer nada, especialmente cuando lo que se supone que debes hacer no te llena del todo.

Tampoco es que extrañe el campus, en absoluto; es solo que me siento totalmente inútil, acostada en mi cama y mirando las estrellas pegadas que todavía alumbran el techo. Están ahí desde que tengo siete años, cuando mi abuelo decidió pegarlas porque decía que mi habitación era "demasiado sobria" para una niña.

Si en aquel entonces él pensaba que era sencilla, ahora lo es mucho más. Las decoraciones que pusimos juntos ese día ya no estaban: ni los peluches que antes desbordaban la cama, ni los carteles de mis películas favoritas, ni el estante gigante que fue testigo de mi crecimiento. Ese mueble había comenzado lleno de cuentos infantiles, pero a los catorce años lo abarroté de novelas de romance, mundos de fantasía y libros de cocina con las esquinas dobladas de tanto usarlos.

Ahora, todas esas cosas estaban guardadas en algún rincón oscuro de la casa, acumulando polvo en cajas cerradas, solo quedaban un par de los de cocina.

Me quedo observando las paredes blancas, interrumpidas solo por las repisas perfectamente alineadas sobre mi cama. Libros de medicina con lomos desgastados se mezclan con marcos de fotos que guardan momentos que ya no reconozco del todo. Hay una planta colgando que lucha por mantenerse verde y una pequeña maceta en mi escritorio blanco, justo al lado de mi laptop cerrada.

Todo está en su sitio: la alfombra gris con patrones geométricos, las cortinas blancas que dejan pasar una luz suave, el escritorio impoluto. Mi cuarto parece una página sacada de un catálogo de diseño nórdico: funcional, estético, pero carente de desorden.

Arthur también pensaba que la habitación es el reflejo del alma, el lugar seguro donde puedes decorarlo a tu gusto y que sea tuyo. Decía que al mío le faltaba esa "chispa" que me identificaba. Miro mi lámpara de escritorio y la luz cálida de la mesilla de noche, buscando ese rastro de mí misma entre tanto color neutro y orden obsesivo, pero no lo encuentro.

Solo veo la habitación de alguien que se esfuerza demasiado por parecer que tiene todo bajo control.

No noto que estoy llorando hasta que una lágrima cae solitaria por mi mejilla y siento el rastro frío que deja a su paso. Me la limpio al instante.

Mi primer instinto fue buscar algo que hornear o llamar a Eric, pero seguramente estaría en el trabajo y no quería interrumpirlo con una estupidez y unas amigas de mi madre estaban en casa. Odio cocinar con invitados en casa.

Justo cuando la soledad empezaba a asfixiarme, el teléfono vibró sobre la mesa de noche. Era Alison. Decidí que ya había rechazado suficientes invitaciones de su parte, así que cuando me invitó a salir, acepté ir con ella a esa nueva cafetería cerca del canal. Cualquier cosa era mejor que quedarme a solas con mis propios pensamientos, rumiando el silencio de mi habitación.

—Nunca voy a acostumbrarme a este maldito clima —exclama Allison con voz áspera, hundiéndose más en su abrigo mientras caminamos por la acera—. ¿A cuánto estamos? ¿-2º grados?Como mínimo.

Sonrío un poco, mirándola de reojo. Entendía su dramatismo; sí que hacía frío, pero ya yo estaba acostumbrada a la humedad cortante de la zona. Respondo, sintiendo el aire gélido picarme las mejillas.

—Unos 4ºC, quizás. No seas dramática —la corrijo—. Aunque reconozco que estas ráfagas no ayudan mucho.

Allison rueda los ojos, sacudiéndose un poco el cabello y haciendo que sus zarcillos de mariposa tintinearan con un sonido metálico y alegre.

La nueva cafetería está inspirada en los años 80s y apenas cruzamos el umbral, el olor a canela nos envolvió, sustituyendo el frío exterior por un calor acogedor. Desde el suelo de cuadros blanco y rojo hasta los discos de vinilo que decoraban las paredes bajo la luz brillante de un reloj de neón, el sitio transmite una vibra tipo diner americano con un toque moderno.

Allison se dirigió directo a la barra roja, pero yo me quedé un rato más admirando el lugar antes de ir a sentarme en una de las mesas de madera blanca y asientos de cuero. Este sitio es increíble; cada detalle parece puesto ahí para ser admirado.

Allison se acerca a la mesa poco después con dos malteadas en la mano, tarareando la balada ochentera que provenía de la Jukebox. La miro mientras ella da una vuelta sobre sí misma y baila con gracia y soltura antes de dejarse caer en el asiento a mi lado.

—Este lugar es el paraíso —declara, dejando las malteadas sobre la mesa con un golpe seco—. No sabía qué sabor podría gustarte así que me fui por lo seguro: vainilla.

Sonrío, asintiendo suavemente mientras rodeo el vaso frío con mis manos.

—Justo es mi favorito —le aseguro.

—Un sabor simple para una persona complicada —comenta mientras toma de la pajilla de su malteada de fresas.

—No soy complicada —respondo casi al instante, con un toque defensivo.

Allison me miró de reojo mientras soltaba la pajilla, encogiéndose de hombros con indiferencia, como si mi respuesta confirmara su teoría.

—Si tú lo dices... —comentó con voz despreocupada, como quien suelta un comentario al aire sin querer darle importancia.

Se recostó contra el respaldo de cuero, observando el lugar con una sonrisa satisfecha mientras yo le daba el primer sorbo a mi malteada. Estaba deliciosa, cremosa y dulce, pero sus palabras se habían quedado flotando en mi cabeza. ¿Realmente era tan difícil de entender?

A veces pienso que soy la persona más simple y sencilla del mundo¿por qué para Allison no? Ni siquiera somos tan amigas.




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