I’m Still Here

Capitulo 4

Eleanor

Mi hermana siempre ha sido un ejemplo a seguir. Tiene la vida que siempre quiso: es periodista, se independizó de nuestros padres hace dos años y vive en un apartamento a las afueras de Banbury con un prometido que la quiere más que a nada.

Siempre la admiré, desde que éramos unas niñas que peleaban por los peluches, jugaban a las muñecas o le robaban el maquillaje a mamá. Es perfecta en todos los sentidos, hermosa tanto por dentro como por fuera. Mi padre está muy orgulloso de ella; bueno, toda la familia lo está.

A veces, cuando la miro, no puedo evitar sentir una punzada extraña en el pecho. No es que quiera su vida, es solo que desearía entender cómo lo hace. Sophie siempre ha sido segura de si misma, como si el mundo le perteneciera y es una de las cosas que amo de ella. La oigo reír con su prometido o hablar de su último reportaje y me pregunto en qué momento me quede yo atrás, estancada.

Aunque Sophie me lleva seis años, siento que nunca podría ser como ella.

No es envidia, no al menos de la que hace daño. Es más bien una especie de...insuficiencia silenciosa, quizá. Ver su felicidad es como ver una vitrina de algo hermoso que no puedo comprar; me encanta que este ahí, me encanta ver lo bien que luce, pero me recuerda constantemente lo que a mi me falta.

Ella es el recordatorio viviente de que la perfección existe y que yo, por más que lo intente, no estaré cerca de eso. Creo que esos son pensamientos que tenemos todos los hermanos menores de vez en cuando, por más que intentemos empujarlos al fondo de la mente.

Días después, el silencio de la mañana se rompe con el eco de su voz. Bajo las escaleras arrastrando los pies, todavía envuelta en la somnolencia, para encontrarme con Sophie en la cocina. Está sentada en uno de los taburetes de madera con una taza de café en la mano y hablando por videollamada con Oliver.

—También te extraño, bebé, pero volveré pronto, en serio —dice ella con ese tono dulce y melódico que reserva solo para él.

Oliver le devuelve una sonrisa a través de la pantalla, una de esas sonrisas de hombre enamorado que te hacen creer en los finales felices de las películas. Sophie nota mi presencia por el rabillo del ojo y me dedica una mirada rápida, evaluando mis ojeras y mi cabello revuelto.

—Hola, pulga. Buenas 11 de la mañana —suelta con una sonrisita burlona, como si levantarse tarde fuera un pecado capital que solo los mortales cometemos. No suelo levantarme pasada las 8am pero lo necesitaba.

—Sé que me levanté tarde —respondo, mi voz sale ronca y espesa—. Estoy de vacaciones y mi único plan es descansar. Déjame en paz.

Me arrastro hasta la nevera, evitando el contacto visual con la cámara de su teléfono. El metal frío de la puerta se siente bien contra mis dedos. Saco el jugo de naranja y sirvo un vaso lleno; el olor ácido y fresco me ayuda a despejar . Odio el café, su amargor me es insoportable, así que prefiero la dulzura cítrica para empezar el día.

Me paso las manos por la cara, tratando de sacudirme la sensación de que sigo en un sueño, mientras Sophie se despide al teléfono.

—Adiós, cariño. Te amo.

—Igual yo a ti, preciosa. Adiós.

Oliver es un buen chico, tengo que admitirlo. Aunque nuestras conversaciones no pasan de los saludos cordiales, se nota que es transparente, alguien sin dobleces. Un poco tonto, quizá, de esos que sonríen demasiado a todo, pero supongo que Sophie tiene sus debilidades.

–¿Vas a quedarte ahí mirando el jugo o vas a desayunar algo de verdad? —me preguntó Sophie. Dejó el móvil sobre la encimera y se cruzó de brazos, observándome con esa fijeza de quien tiene un plan trazado y solo espera el momento de soltarlo. Por favor, no.

—No empieces tan temprano, Sophie, por favor —me quejé. Me senté frente a ella, arrastrando el taburete para ganar algo de distancia mientras bebo de mi jugo.

Ella rodó los ojos y recostó la barbilla sobre su puño cerrado. Se quedó mirándome en silencio un par de segundos; sentí que me encogía bajo ese escaneo constante que ella siempre aplicaba conmigo.

—¿No planeas salir en todas las vacaciones, Eleanor? —su voz era suave, pero llevaba ese filo de insistencia.

—No llevo ni siquiera un mes de descanso, Sophie. Dame un respiro.

—Y sé que no tienes planes. Por eso mismo, deberías venir conmigo unos días a Coventry. Estoy segura de que te encantaría. Han abierto un par de pastelerías artesanales cerca del centro con una estética preciosa, pero también hay unos mercadillos de antigüedades y calles llenas de flores que parecen sacadas de una revista...–su voz tiene un tinte de ilusión cuando habla.–El ambiente en general es...no se, diferente.Te sentaría bien un cambio de aire, y de estar siempre aquí metida.

Hay un segundo en que me quedo en silencio, solo mirándola y ella lo aprovecha para seguir hablando.

–Podrías caminar por ahí, entrar a alguna librería de esas viejas o simplemente sentarte en una terraza a ver a la gente pasar. Necesitas ver mundo, pulga, aunque sea a unos kilómetros de aquí.

Torcí un poco el gesto. No era que el plan no me atrajera; la idea de perderme en calles desconocidas o descubrir una tienda de postres franceses siempre tenía un punto interesante, pero había algo que me frenaba en seco.

—Quizá. Puede ser. Te avisaré —respondo, aunque la sola idea de ser el "tercer elemento" en la casa de Sophie me producía un cansancio anticipado.

No me malinterpreten, Oliver me caía bien, pero la idea de pasar un fin de semana encerrada con ellos dos, viendo su rutina perfecta de pareja, sus bromas privadas y esa complicidad de futuros esposos, me hacía sentir fuera de lugar. No quería ser la invitada a la que tienen que entretener por compromiso mientras ellos intentan tener su vida de dos en su propio espacio. Sería como estar en una película donde yo ni siquiera tengo diálogos.

Sophie suspiró, claramente detectando mi falta de entusiasmo.




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