I’m Still Here

Capitulo 5

Eleanor

–...y así casi se estampa contra la segunda curva. No maneja mal, pero le falta sentido de dirección.–le explica Eric a mis padres.

Yo saco con cuidado la bandeja de croissants del horno mientras lo escucho. El vapor me golpea la cara, trayendo consigo ese olor a mantequilla tostada y vainilla que me encanta. Es un aroma que podría ser sinónimo de paz.

Eric lleva media hora aquí. Ha tomado el control de la cocina con su risa y hablándole a mis padres del día de ayer, o mejor dicho, burlándose de mis habilidades al volante mientras mi papá prepara el resto del desayuno y mi mamá lo escucha desde un taburete con atención.

Dejo los croissants sobre la encimera, admirando mi creación. Quedaron dorados, con capaz de hojaldre que parecen papel de seda crujiente. Se ven deliciosos y perfectos.

–¿por qué no mencionas las dos carreras en las que te pase?–sugiero con un deje de irritación mientras me vuelvo a mirarlo.

–oh, porque te deje ganar, Elle.–sonríe él con suficiencia, estirando la mano para tomar uno de lo croissants de la bandeja que aún botaba humea.

–Eric, están cal...

No me da tiempo a terminar. Suelta un quejido ahogado cuando el calor del metal le quema los dedos y deja caer el croissant de nuevo sobre la bandeja con un golpe seco.

–Hijo de...

–¡Eh!–lo frena mi mamá antes de que suelte la grosería. Ella contiene una risa mientras se levanta a buscar un trapo de cocina para mojarlo con agua fría.

–Te iba a decir que estaban calientes–me defiendo, levantando las manos. Es difícil no sonreír ante su cara de dolor–.No es mi culpa que seas un idiota ansioso.

–Te odio, Elle–gruñe él, apretándose la mano rojiza mientras mi mamá le envuelve los dedos con el trapo húmedo.

–Lo que tú digas –resoplo, dándole la espalda para volver a lo que estaba haciendo.

–Eso se ve delicioso, cariño –murmura mi padre al pasar por mi lado. Siento el roce de sus dedos y un beso rápido en mi cabello. Ese pequeño gesto me hace sonreír un poco.

–Gracias–respondo en voz baja, sintiendo una calidez reconfortante en el pecho.

–Si no fuera por la futura enfermera que sé que serás, seguro que como repostera te ganas una millonada —bromea mientras empieza a trasladar los comida a la mesa.

Mis dedos se aprietan apenas un segundo contra la encimera y la sonrisa se me queda un poco congelada. Sus palabras me dejan una sensación extraña, como un pinchazo que no sé dónde poner.

Pero sacudo la cabeza ligeramente y me obligo a centrarme en el desayuno. No es el momento de pensar en eso. Simplemente, no quiero hacerlo.

Rato después, los cuatro estamos alrededor de la mesa que estaba a rebosar: pancakes esponjosos, embutidos, frutas frescas, los croissants recien horneados, jugo y en el centro, por supuesto, los huevos napolitanos de la receta de mi abuelo.

El desayuno de domingo es una tradición que ha marcado nuestras vidas desde que se mudaron a Banbury hace veintidós años. Yo ni siquiera había nacido cuando llegaron. pero para cuando lo hice, la costumbre ya era parte de esta casa. Se basa, sencillamente, en un banquete familiar mucho más abundante que el de los días diarios.

Mi abuelo fue quien sembró la costumbre. Por eso, cuando enfermó y murió, el golpe fue tan duro que pasaron dos años antes de que tuviéremos ánimos para volver a repetir el ritual.

O ellos tuvieran los ánimos, mejor dicho.

Ya han pasado cinco años desde su partida, y yo sigo recordándolo como el primer día. Es como si faltara una pieza en esta casa, como si el silencio fuera demasiado ruidoso a pesar de los que todavía seguimos aquí.

Levanto la vista de mi plato para mirar a mi papá y a Eric que estaban enfrascados en una conversación.

–Estoy trabajando en unos planos nuevos.–le anuncia mi padre con ese brillo en los ojos que solo tiene cuando habla de estructuras y concreto–Es para un nuevo edificio residencial frente a la costa, fuera de Banbury.

Mueve las manos en el aire, trazando líneas invisibles. Describe curvas orgánicas que imitan el mar y grandes ventanales de cristal. Eric asiente, absorto y escuchándolo atentamente.

–Cuando tengamos algo más concreto hecho, quizá puedas venir conmigo a la supervisión de la obra–le dice mi padre con una sonrisa genuina.

Bajo la mirada a mi plato, jugueteando con el tenedor. Una presión fría se instala en mi estómago.

«A mi nunca me ha llevado a su trabajo. »

De hecho, no recuerdo la última vez que hicimos algo juntos que no sea hablar de la universidad o conversaciones triviales.

–Eso suena increíble, me encantaría–afirma Eric.

Siento una presión cálida en mi mano izquierda bajo la mesa. Mi madre me observa en silencio con esa expresión de quien sabe leer perfectamente los nudos en mi cabeza. Ella tiene esa habilidad de leer los nudos que se me forman en la mente antes de que yo misma los entienda. Me da un apretón suave, un ancla para que no me pierda en mis propios pensamientos.

Pero mi padre no se detuvo ahí.

–Quizá y comience a gustarte la arquitectura, Eric–añadió, apoyando los codos sobre la mesa–. Quién sabe, igual terminas estudiándolo y trabajemos juntos algún día. Tienes buen ojo para el diseño, creo que ya te lo he dicho.

El nudo en mi garganta se volvió más denso, y noto que Eric se remueve un poco, incómodo, aunque trata de parecer sereno. Ese tema no es algo que le guste tomar.

–No lo sé–responde él, pasándose una mano por la nuca.

–Solo digo, Eric. Tienes veinte años, deberías buscar algo que te apasione–Insiste mi padre.

–Papá–intervengo. Mi voz suena más afilada de lo que pretendía. Lo estaba asfixiando con sus expectativas. ¿qué poder se cree que tiene sobre él?–Eric ya tiene su vida. Él sabrá qué hace con ella para ser feliz.

Mi padre se gira hacia mí, como si de nuevo hubiera registrado mi presencia.

–Solo era una sugerencia, linda. No hay por qué ponerse así. Eric es un chico talentoso en muchos sentidos, no debería desaprovechar su potencial por no pensar en el mañana.




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