I’m Still Here

Capitulo 7

Eleanor

Detengo el trote para sentarme en un banco cercano, dejando caer mis manos sobre mis rodillas con un suspiro cansado mientras trato de recuperar mi respiración. Cierro los ojos por un momento apretando un poco más mi coleta que ya se estaba soltando antes de arremangarme las mangas de la camisa deportiva para sentir el aire fresco.

El sudor vuelve a enfriarse y mi pulso vuelve poco a poco a su ritmo habitual. Me quito los audífonos de cable de un pequeño tirón y luego desbloqueo la pantalla de mi celular.

Suelto un suspiro bajo observando la barra de notificaciones. Nada, obvio. Mis únicos chats en la barra en orden son: Sophie, Eric, mamá, papá y muy a lo último, Allison.

Que vida social la mía.

Suelto un suspiro y bloqueo la pantalla, levantándome para volver ya. Siento las piernas un poco pesadas por el ejercicio cuando camino de regreso.

Cruzo el umbral de la puerta y lo primero que me golpea al entrar es el olor: romero, pollo horneado y aroma a casa recién limpiada. No hace falta darle mucha cabeza para saber de qué se trata.

–¡Eleanor, por fin!– la voz de mi padre retumbada desde la cocina.

Aparece segundos después, secándose las manos con un trapo, con esa cara de estrés que pone cuando quiere que todo salga perfecto.

Me repasa con la mirada, deteniéndose en mi ropa sudada y luego en mi cabello que seguro esta hecho un desastre.

–Cariño,¿puedes ir a darte un baño ya mismo? En una hora llega la familia de un viejo amigo y necesito que estes lista a las ocho.

–¿viejo amigo?– repito con curiosidad.

Mi padre asiente, sonriéndome un poco.

–Si, vienen de New york–. me explica– Y se mudaron hace poco a una ciudad cerca de acá así que pasaran a visitarnos. Ve a arreglarte,¿si? Ponte uno de esos vestidos que compraste con tu hermana.

Suelto un suspiro bajo, asintiendo y preparándome mentalmente para la larga noche que me espera.

Después de una ducha larga, el desastre en mi habitación es total. Sobre la cama hay una cantidad excesiva de vestidos; me he probado casi todos, pero ninguno me convence.

Uno me hace ver algo gorda, otro demasiado delgada. Uno es "demasiado" para una cena en casa, otro tiene un escote que no me cuadra y otro me hace ver más plana. Y es que no me considero tan así, pero ese vestido en especifico parecía esconderlo todo y hacerme ver recta. Odio cuando la ropa tiene ese efecto.

Ninguno es perfecto. Ninguno es perfecto, al menos no para mí.

Al final elijo uno sencillo azul oscuro que no me hizo pensar mucho. Me miro una última vez en el espejo, me acomodo un mechón de cabello que se escapó de mi coleta y respiro hondo antes de salir.

–Hermosa, por fin llegas–. dice mi padre al verme. Esta de pie junto a un hombre que parece un par de años más joven que él; ambos visten camisa, aunque el desconocido se ve más relajado sin perder formalidad–. Él es Michael Thorne.

Miro al hombre de sonrisa amable y de lo primero que me doy cuenta es que es de esas personas que parecen haber envejecido con una perfección imposible: cabello castaño impecable, barba incipiente, ojos claros y con una imagen digna de una revista.

–Es un placer, soy Eleanor–logro decir con cortesía, esperando que no haya notado mi atención.

–Tu padre me ha hablado maravillas de ti–Responde Michael. Luego se hace a un lado–. Ella es mi hija, Genevieve.

Al pasar mi mirada a ella, no puedo evitar preguntarme qué tiene esta familia. La chica es sencillamente increíble. Es alta, un poco más que yo, y sus ojos verdes son iguales a los de su padre; tiene una melena castaña que le cae en ondas hasta casi llegar a su cintura.

Tiene una expresión de confianza absoluta, de esas que solo posee alguien que sabe exactamente lo que vale, lo que me hace sentir un poco más pequeña de lo que me sentía hace rato frente al espejo.

Lleva un vestido largo que, aunque es de un diseño simple, en ella luce como algo sacado de una pasarela. Tiene una figura mucho más definida que la mía, con curvas más marcadas que llenan el vestido de una forma que yo nunca podría lograr. Se ve segura, independiente.

A pesar de su presencia imponente, me dedica una sonrisa educada.

–Un gusto conocerte–me saluda ella con amabilidad.

–Igualmente.

–¡oh!, y ella es mi esposa–. Sigue el hombre, señalando a la mujer que estaba con mi mamá en el comedor– La conocerás mejor pronto, pero es una mujer increible.

La cena transcurre con una normalidad casi ensayada. Estamos todos sentados alrededor de la mesa, bajo la luz cálida del comedor. Tal como Michael mencionó, su esposa es una mujer increíble; posee la misma belleza impactante que su hija, pero con un matiz distinto. Mientras que Michael y Genevieve tienen una energía más...afilada, ella emana una calma delicada, mucho más suave y accesible que la de los otros dos.

–Tengo una clínica en Nueva York, Eleanor–comenta Michael, dejando su copa sobre el mantel–. Y si estudias enfermería, quizá puedas trabajar ahí si quieres. Un cambio de aires después de graduarte te vendría bien.

Siento la presión inmediata en el pecho. Mis padres me miran con un brillo de orgullo y expectativa que me obliga a enderezarme en la silla.

–¿En Nueva York?–pregunto con curiosidad, más por el destino que por el trabajo.

–Oh, sí. No planeo volver pronto, pero la clínica sigue ahí.

–¿Y qué rama te interesa más, Eleanor? –interviene la esposa de Michael con esa suavidad que la caracteriza–. La enfermería pediátrica es hermosa, aunque requiere un corazón muy fuerte.

–Aún no lo tengo decidido –respondo, intentando forzar una sonrisa–.Me gusta la idea de... ayudar. Ya saben, el contacto con los pacientes y estar ahí cuando alguien lo necesita.

Digo las palabras de memoria, como si estuviera leyendo un folleto de la universidad. Mi madre asiente con entusiasmo, añadiendo detalles sobre mis buenas notas mientras yo sigo comiendo, ahora en silencio.




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