Eleanor
—¿Cocinas?—me pregunta Genevieve con curiosidad cuando vuelvo a la habitación.
Tiene uno de mis libros de recetas en la mano y lo hojea con atención. Habían pasado apenas unos días desde nuestra primera salida a la cafetería, pero las cosas entre nosotras se habían movido rápido; hemos salido todos los días siguientes a pasar el rato. Un par de veces he ido a su ciudad, pero el resto ella ha venido a Banbury.
Hoy me digné a invitarla a mi casa. Estaba aburrida y, aunque vivir en mi zona implica un viaje de casi media hora para ella, aceptó de inmediato. Me sorprendió que dijera que sí, pero ahí estaba ella, rompiendo la monotonía de mi cuarto.
–Sí—respondo mientras dejo lo que traía sobre la cama—.¿Estás revisando mis cosas?
—Sí—responde con simpleza de la misma forma que yo, aún con la mirada fija en mi escritorio.
Cierra el libro de recetas y lo deja exactamente donde estaba, pero me doy cuenta de que ha movido un par de mis libretas de apuntes.
—Tienes todo demasiado ordenado, Eleanor—comenta, girándose para mirarme. Se apoya contra el borde de la mesa con clase. Todo en ella gritaba eso—.Casi parece que nadie vive aquí. O capaz solo yo soy demasiado desordenada.
—Es solo que me gusta saber dónde están mis cosas —me encojo ligeramente de hombros.
Genevieve arquea una ceja y camina hacia la ventana, apartando la cortina para mirar hacia la calle.
—Media hora de camino solo para ver cómo vives—murmura, más para sí misma que para mí. luego se da la vuelta y me dedica una de esas sonrisas pequeñas que rara vez llegan a sus ojos—Así que, repostera, eh. ¿Qué es lo más difícil que sabes preparar?
Sonrío suavemente. Podía hacer eso.
—¿alguna receta especial que quieras?–pregunto.
Ella se queda en silencio un momento, paseando el dedo por la mesa.
—Torta de zanahoria—suelta—Mi favorita. el otro lado del pueblo.
—¿En serio?—pregunto, arqueando una ceja. Trago saliva ligeramente.
—¿es raro?—responde ella.—¿O es que la repostera estrella no sabe manejar un par de vegetales un bizcocho? Si vas a hacerme engordar, que al menos valga la pena el viaje desde
Suelto una risa, pero por dentro, algo se me remueve.
La torta de zanahoria. Detesto el sabor, pero conozco la receta de memoria.
Era la favorita de mi abuelo y, con el tiempo, se había convertido en algo parecido a un refugio. La preparo cuando estoy demasiado feliz, demasiado triste o simplemente cuando mis emociones me abruman tanto que necesito dejar de pensar. Es como un ritual de emergencia.
—No es raro—aseguro, recuperando el control de mi voz—. Solo... particular. Bajemos a la cocina y prepárate para rallar zanahorias, que no pienso hacerlo yo sola.
Ella murmura algo en voz baja que no logro distinguir mientras bajamos las escaleras. La casa está en silencio hoy.
Cuando llegamos a la cocina, comienzo a sacar ingredientes:el aceite, la harina, huevos, azúcar morena.
Me giro justo cuando Genevieve se acerca a mí para extenderme el delantal que estaba colgado detrás de la puerta.
—Gracias—le digo, tomándolo antes de ir hacia la nevera para buscar el resto de las cosas.
Ella camina hacia la ventana de la cocina y se queda ahí, observando a través del cristal con esa curiosidad analítica suya mientras yo me concentro en organizar todo sobre la encimera.
—Quién es ese?—pregunta de repente.
—¿Quién?—respondo sin mirarla.
—El chico lindo de enfrente.
—Ah, ya. Es Eric—contesto, dándole un vistazo rápido de reojo.
—¿No vas a explicar más?
—Pues... es mi vecino. Y mi mejor amigo.—puntualizo.
—Es guapo.
—Ajá, supongo que no está mal—dejo las zanahorias y el rallador sobre el mesón—Ten.
—Viene para acá—sentencia ella, con una sonrisa ladeada
¿Viene para acá? No recuerdo haber quedado con él hoy.
—¿Viene hacia aquí?—repito, limpiándome las manos en el delantal.
—Pues sí. Y camina con mucha seguridad... Deberías presentarlo—reflexiona ella, sin apartar la vista de la ventana, como si estuviera analizando una presa interesante.
No lo creo.
La sola idea no me llamaba la atención en li absoluto. Es una sensación...No son celos¿ok?Es más bien... ¿miedo? Un miedo irracional a que se conozcan y se alejen de mí, o peor, a que ellos dos conecten de una forma en la que yo no encaje. Qué tonta.
—Solo conocerlo—insiste Genevieve, dándose la vuelta para mirarme con una chispa de diversión en los ojos.
—Supongo que sí—asiento, aunque por dentro preferiría que Eric se diera la vuelta y regresara a su casa.
En ese momento, el sonido de la puerta con el ritmo de siempre, tres golpes secos y familiares, rompe el aire de la cocina.
—Vamos—digo, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Genevieve me sigue a la sala. Cuando abro la puerta, ahí está él. Eric está recostado contra el marco, con las manos en los bolsillos y esa expresión relajada de alguien que parece que tiene todo el tiempo del mundo.
—Hola, Shego—sonríe él—.¿Ocupada?
Su mirada, siempre atenta, se dirige de inmediato detrás de mí. Noto cómo su expresión cambia en una fracción de segundo: la relajación da paso a una curiosidad cautelosa al notar la presencia de la chica perfecta en medio de mi sala.
—Oh, no sabía que había visitas. Lo siento—dice él, enderezándose de inmediato y sacando las manos de los bolsillos con cortesía—. Soy Eric, encantado.
—Genevieve. Igualmente encantada—responde ella.
Su voz suena distinta ahora; más aterciopelada. Da un paso al frente, invadiendo ligeramente mi espacio personal, y extiende una mano que Eric estrecha con una mezcla de duda y fascinación.
Me quedo ahí, en medio de los dos. Eric la mira con el ceño apenas fruncido, tratando de averiguar quién es la desconocida mientras que Genevieve lo analiza con la mirada con interés.
Se que Eric hará demasiadas preguntas cuando estemos solos.