I’m Still Here

capitulo 10

Eleanor

—¿Qué tal este?

Dejo caer las manos sobre mis caderas, observando sin demasiado entusiasmo el enésimo vestido que Sophie sostiene frente a mí. Perdimos la cuenta de las tiendas que hemos visitado hoy y, aún así, sigo sin ver un solo diseño que me convenciera.

Muchísimo menos ese que me enseña.

—Es casi blanco, Sophie —señalo.

—¿Y? —dice como si no tuviera importancia alguna, arqueando las cejas.

—¿Qué tu vas de blanco, quizás?—digo con obviedad, copiando el gesto de sus cejas.

Me imagino lo parecidas que nos vemos en este momento.

Ella suelta un resoplido, como si fuera absurdo, pero vuelve a poner el vestido entre los demás.

—¿Y eso es un problema?

Nuestra madre aparece entre los estantes, cargando consigo más vestidos de todos los colores. Veo amarillo, verde, azul, morado...mierda, como odio los eventos donde debo elegir ropa.

Y por más de una razón: soy, indecisa, odio hacer compras con gente, y porque probablemente termine llevándome algo que no me guste sólo para dejar de caminar.

—Cielo, solo tu debes ir de blanco. Eres la novia—remarca mamá, dándole un beso en la mejilla al pasar por su lado.

—¿Y todo eso?—pregunto, mirando los vestidos como si fueran la causa de todos mis problemas. Ella me dedica una sonrisa que hace que sus ojos se enchinen.

—Para que te los pruebes, Elle. Hay unos muy bonitos.

Niego inmediatamente con la cabeza.

—No. Ya, por favor.

Junto las manos en posición de rezo, tratando de compartir mi desesperación. Me sacaron de casa muy temprano y ya a esta hora pensar en tacones no aportaba a mi salud mental.

— vayamos a almorzar— sugiero—. es tarde, luego seguiremos buscando. Sino, volveré yo después. Por favor.

Mi madre entrecierra los ojos, no muy convencida. Miro a Sophie, buscando su ayuda con la mirada. Ella finalmente suspira.

—Quiero sushi.

Sonrío, triunfante.

—Aunque yo quería una hamburguesa...—comienzo.

—Entonces podemos seguir viendo vestidos— me detiene ella.

—Sushi esta perfecto.

Al final, como era de esperarse, terminamos en un lugar de hamburguesas. Resulta que la "negociación" del sushi duró exactamente dos calles hasta que el olor a carne a la parrilla hizo que la fuerza de voluntad de mi madre y de Sophie decayera. Nadie protestó.

El restaurante estaba extrañamente tranquilo para ser hora de almuerzo. Nos acomodamos en una mesa junto a la ventana, y entre papas fritas y gaseosas, la conversación finalmente se alejó de los vestidos, las flores y la lista interminable de invitados. Sophie comenzó a contar una anécdota ridícula que le había sucedido a su prometido, y por primera vez en todo el día, sentí que los hombros se me relajaban y me permití sonreír mientras conversábamos.

Estábamos a punto de pedir el postre cuando un alboroto afuera interrumpió la paz del lugar.

A través del cristal, vimos a un grupo de personas amontonadas en la acera. Hubo un par de ladridos estruendosos y el sonido metálico de unos contenedores de basura siendo derribados. Parecía la típica pelea callejera entre los perros del vecindario por algún resto de comida.

—Vaya espectáculo... —murmura mi madre, estirando el cuello para mirar.

Aprovecho el momento de distracción general para levantarme. Necesitaba huir antes de que a alguien se le ocurriera la brillante idea de entrar a otra tienda de zapatos.

—Voy saliendo, las espero afuera —aviso, levantándome de la silla.

Al cruzar la puerta de cristal, la brisa fría me dio de lleno en la cara, trayendo consigo el eco de los ladridos que ya se alejaban. El montón de gente ya se había dispersado, dejando solo un par de botes de basura volcados cerca del callejón lateral del restaurante.

Iba a acomodarme la chaqueta cuando un ligero movimiento entre un montón de basura y cajas de cartón apiladas me llamó la atención.

Me acerqué despacio, esquivando el desastre. Escondido detrás de un contenedor, hecho una bolita temblorosa y con las orejas completamente gachas por el susto de los perros, había un pequeño gato.

Me agacho con cuidado frente a él, tratando de no asustarlo mientras estiro la mano.

—Hey...—lo llamo en voz baja.

Al principio, el gato— de un color gris, como un día nublado— me maúlla a la defensiva y estira las uñas, pero logro evitar el rasguño. No me alejo; en cambio, me acerco un poco más. Él titubea unos segundos, pero termina cediendo y da un par de pasos lentos y cautelosos hacía mi.

Pensé que era más pequeño, pero al verlo de cerca me doy cuenta de que es un gato mediano, peludo y bastante sucio. Ni imagino cuánto tiempo tendrá sin comer.

—No te haré daño—le aseguro en voz baja.

Estiro las manos y, con mucho cuidado, lo tomo entre mis brazos para acurrucarlo contra mi pecho. El peludo ronronea casi de inmediato, recostándose contra mi. Sonrío sin poder evitarlo.

—Ya no eres tan rudo,¿eh?

—¡Eleanor!

Me levanto del suelo y camino hacia mi madre y mi hermana, que ya están afuera del restaurante. Mamá es la primera en fijarse en el animal pegado a mí; su expresión pasa de la tranquilidad a unos ojos muy abiertos y una mueca casi de horror.

—Eleanor, ¿qué haces con ese gato?

—Es solo un gato, mami—digo—. Me lo llevaré a casa.

Ni siquiera es una sugerencia.

—Es un gato callejero, cariño— se lamenta ella.

—Por eso le daremos un hogar— asiento—. Yo lo cuidaré.

Ella duda, cruzándose de brazos. Sé que no es un problema para ella, pero probablemente sí para mi padre.

—A Lorenzo no le va a gustar eso.

Ahí esta.

—Yo hablaré con él.

Aprieto más al gato contra mi pecho, como si me lo fueran a quitar de las manos en este preciso momento. Él, en respuesta, se acomoda un poco más entre mis brazos.

Miro a Sophie buscando su ayuda. Ella siempre me salva de situaciones como esta.

Mi hermana sonríe, divertida.




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