Eleanor
—Eric.
—Aja.
—No empujes tan fuerte—suplico, apretando las manos con más fuerza.
—¿Por quién me tomas, Elle?
No lo puedo ver desde aquí, pero estoy segura de que esta sonriendo.
—Te odio.
—Voy a soltarte.
Respiro hondo, mirando la calle delante de nosotros. Mis manos aprietan las manillas de la bicicleta con más fuerza de la necesaria.
—¡Eric, no te atrevas!—exclamo, viendo como el desequilibrio me hace tambalear hacia la izquierda.
Sus risas retumban detrás de mi, pero siento sus manos firmes sujetando el asiento justo a tiempo para evitar que termine en el suelo.
—No te voy a dejar caer, miedosa. Confía en mí un segundo—dice cerca de mi oído con un tono sorprendentemente suave—. Solo pedalea.
Trago saliva, apoyando los pies en los pedales.
—La última vez que intentaron enseñarme a manejar, termine con un tobillo roto.
—Esa vez tenías ocho años, Elle.
Suelto un suspiro. El viento fresco me da de lleno en la cara cuando empiezo a pedalear, aguantando la tentación de mirar al suelo: Siento como la bicicleta tiembla bajo mi peso, pero sigo adelante.
Lo estoy haciendo.
La sonrisa se me dibuja en la cara al instante. Volteo hacia atrás, lista para restregarle a Eric que lo logré por mi cuenta, pero al mirar de reojo me doy cuenta de que sigue trotando a mi lado, sujetando la parte trasera para darme estabilidad.
—Sigues aquí.
—Te dije que no te soltaría.
—Suéltame—pido.
—¿Ya te crees tan valiente?
—Solos suéltame, idiota.
El sonríe, pero me complace y suelta el agarre. Comienzo a pedalear con más ganas, soltando un pequeño grito de victoria. Esta vez si. Lo estoy haciendo, lo estoy hacien...
—¡Ele!
El grito de triunfo se transforma en pánico cuando la rueda tropieza contra el borde de la acera. En un segundo pierdo el control y termino en el suelo se golpe, cayendo de culo junto con la bicicleta.
—Mierda...
Poso las palmas de las manos sobre el asfalto rugoso, soltando un quejido seco mientras hago fuerza para levantarme. El impacto aún me retumba en la espalda.
Escucho las zancadas apresuradas de Eric rompiendo la calma de la calle antes de que sus sombras nos cubran a mí y a la bicicleta.Se agacha de golpe frente a mí y toma mi cara entre sus manos con una firmeza casi desesperada.
— ¿Estás bien? Joder, Ele, no debí soltarte.
Me gira el rostro suavemente hacia un lado y hacia el otro, inspeccionando cada centímetro de mi piel en busca de algún rasguño. La chispa burlona de hace un segundo ha desaparecido por completo; ahora sus cejas están fruncidas y sus ojos reflejan una preocupación real, casi exagerada.
La que termina sonriendo, en cambio, soy yo.
— Estoy bien —digo, apoyando una mano en su muñeca para calmarlo—. Fue una caída tonta.
— ¿Dónde te pegaste? —insiste, recorriendo con la mirada mis brazos y mis piernas en busca de sangre.
— Caí de culo, Eric.
Él deja ir un resoplido de alivio mezclado con fastidio y rueda los ojos. Desliza sus manos hasta mis muñecas y tira de mí hacia arriba para ponerme de pie. Me sacudo el polvo del pantalón mientras él levanta la bicicleta del suelo, comprobando que la cadena no se haya salido.
— Creo que eres un buen maestro —comento, caminando a su lado a paso lento mientras él empuja la bicicleta de vuelta hacia mi casa.
— Siéntete afortunada, Elle. Muchas chicas pagarían por mi asesoría personalizada —responde, pasándose una mano por el cabello con esa sonrisa encantadora y arrogante que le sale tan natural.
— Qué asco me das.
— Solo digo verdades irrefutables.
Nos detenemos frente a mi entrada. El aire de la tarde empieza a enfriarse y me cruzo de brazos, mirándolo mientras acomoda el pedal de la bici contra el muro.
— Mi abuelo se reía cada vez que me caía —suelto de la nada, dejando que el recuerdo me traiga una pequeña sonrisa melancólica—. Tú, en cambio, te asustaste.
Eric se endereza lentamente, acomodándose la camiseta antes de mirarme de reojo.
— Porque no tengo dinero para pagar la cuenta de un hospital, tonta —miente con total naturalidad, dándome un empujón suave en el hombro—. No te creas tan importante.
— No esperes que te crea eso —respondo, cruzándome de brazos pero incapaz de borrar la sonrisa de mi cara.
Él se ríe suavemente, ese sonido grave y constante que siempre logra relajarme, y retrocede unos pasos hasta recostarse contra la barandilla del pórtico. Desliza las manos en los bolsillos de sus jeans, mirándome con una calma que contrasta con el desastre que acabo de armar con la bicicleta.
— Tengo trabajo —añade de la nada, echando un vistazo hacia la calle.
Me muerdo ligeramente el interior del labio inferior, ladeando la cabeza mientras proceso sus palabras. El sol de la tarde apenas empieza a bajar; ni siquiera son las dos. Eric casi nunca trabaja a esta hora.
— ¿Tan temprano?
Él ensancha su sonrisa, casi como si notara la diminuta punzada de decepción en mi voz al saber que ya se tiene que ir.
— Daniel es un desastre completo —explica, rodando los ojos con divertida resignación—. Tengo que acompañarlo durante parte de su turno hasta que ese imbécil aprenda a hacer algo por su cuenta sin incendiar el lugar.
Le sonrío de vuelta, dejando salir una pequeña carcajada mientras me apoyo en el marco de la puerta.
— ¿Ya lo soportas un poco más?
Eric ladea la cabeza de un lado a otro, chasqueando la lengua como si lo estuviera considerando seriamente.
— La verdad... creo que me está cayendo bien.
Se despega de la barandilla y da un par de pasos en mi dirección, reduciendo la distancia entre los dos. La brisa le desordena un poco el cabello sobre la frente.
— Deberíamos salir un día, quizás. Los cuatro.
— ¿Cuatro? —pregunto, parpadeando con algo de confusión.
— Daniel, tú, yo... y tu amiga. La de ojos verdes.