I’m Still Here

Capitulo 14

Eleanor

—Tardaste más de lo que pensé que tardarías—comenta Genevieve.

Tiene razón. Pasé casi dos horas encerrada en mi cuarto sin saber qué ponerme. Nunca he ido a una fiesta—al menos no al tipo de fiesta a la que ella planea llevarme— y la cantidad de ropa "adecuada" que tengo apenas se puede contar con los dedos de una mano.

—Lo siento, no quería hacerte esperar —respondo al instante, mirándola. No parece molesta, pero con ella nunca estoy del todo segura.

Genevieve resta importancia con un gesto de la mano, haciendo sonar sus brazaletes.

—Oh, no, no. No te disculpes. Me siento casi orgullosa de eso.

Suelto una risa suave. ¿Orgullosa?

Vuelvo a mirar hacia la carretera mientras ella maneja. Las calles solo están iluminadas por la luna y las luces amarillas de los faroles. Me encojo un poco en mi abrigo y acomodo el borde de la falda instintivamente.

—Estas preciosa— asegura Genevieve a mi lado—. En serio, es un vestido hermoso.

Asiento en silencio, aunque no puedo evitar sentirme algo expuesta. Es obvio que notó cómo intenté cubrirme.

Todavía no entiendo bien por qué elegí este vestido. Fue un impulso. Repasé todo mi armario antes de llegar a él: vaqueros, faldas largas, camisas, de todo. Pero al final me quedé con este.

Es un vestido negro de tirantes finos, con una tela ligera de puntos blancos que se mueve con cualquier brisa. Me lo regaló Allison en nuestro primer semestre. Dijo que era su forma de romper el hielo con la gente: regalar cosas que le recordaran a ellos. Al principio me costó entender por qué pensó en mí al verlo, pero hoy, al abrir el armario, fue lo único que me pareció correcto.

No es atrevido como el conjunto de Genevieve, eso está claro. Pero igual siento una ligereza extraña en la piel, como si llevarlo fuera una pequeña rebelión y no supiera qué hacer con ella. ¿No es demasiado?

—Tu si estas muy guapa—me atrevo a devolverle el cumplido para dejar de darle tantas vueltas a algo como eso. Y no miento al decirlo.

Genevieve tiene esa soltura que hace que cualquier cosa le quede bien. No es solo el conjunto corto o el color verde oliva lo que llama la atención, sino la forma en que existe en si misma: relajada, segura y sin pedir perdón por ocupar espacio. Luce completamente en su elemento, mientras yo sigo intentando entender cómo habituarme al mío.

Tras manejar durante un buen rato, las luces lejanas nos dan la bienvenida a la ciudad a kilometros de Banbury. La discoteca a la que Genevieve me lleva está en la esquina de un bulevar lleno de vida, rodeada de locales de todo tipo. Pero me basta con ver el letrero brillante desde afuera para entender que no es un club nocturno cualquiera.

El neón del letrero parpadea sobre la entrada, proyectando luces rosas y azules contra la acera llena de gente. Hay una fila larga esperando para entrar, pero Genevieve ni siquiera la mira; camina directo al guardia con total seguridad. Yo me quedo parada a su lado mientras ambos comparten palabras en voz baja durante un rato. Mi bota repiquetea suavemente contra la acera. Desde aquí no puedo escuchar lo que dicen, pero el hombre parece conocerla. No me sorprende.

—Asegúrate el abrigo —me murmura apenas se aleja de él, antes de tomar mi mano y jalarme hacia adentro.

Apenas cruzamos la puerta entiendo por qué me trajo a aquí.

El lugar es enorme y no es el típico club oscuro y apretado de gente. La iluminación no es la clásica intermitente que te marea y abruma a cualquiera; son luces arquitectónicas de colores y lámparas vintage, como las bombillas amarillas en las paredes. En una esquina, un grupo de gente ríe a carcajadas frente a un escenario de karaoke que parece sacado de una película de los 70s. Más allá, en un área con paredes de ladrillo, hay dianas de dardos con luces neones a su alrededor.

Y no es todo: cerca de la barra principal, sobre una mesa, hay una enorme caja de madera. Genevieve ya se está dirigiendo hacia allá, riéndose, mientras mis ojos aún intentan procesar toda la vibra del sitio.

Al llegar a la caja junto a Genevieve, por fin puedo ver lo que contiene: esta llena de pelucas de colores, gafas de sol gigantes, sombreros extraños y bufandas de esas largar y llenas de plumas. No solo nosotras estamos ahí, también hay otras chicas riendo y bebiendo mientras se acomodan pelucas y se disfrazan entre sí.

—¡¿Cómo conseguiste este sitio?! —le pregunto alzando la voz para hacerme oír sobre la música electrónica que llena el ambiente.

Genevieve se incorpora con dos pelucas en las manos: una corte bob con flequillo rosa claro y otra de ondas largas color lila.

—Tengo mis contactos —dice, guiñándome un ojo y haciendo una seña hacia atrás con la cabeza. Confundida, me doy la vuelta. Tengo que buscar entre la masa de gente hasta que por fin doy con los dos chicos sentados en una de las mesas mientras hablan entre ellos.

—Pensé que para que te divirtieras de verdad tenía que traerlo a él. Y claro, a su amiguito —dice Genevieve con una sonrisa complaciente—. Mientras más gente, mejor, ¿no?

Sonrío de lado, devolviéndole la mirada. Ella se acerca a mí y, sin darme tiempo a protestar, me acomoda la peluca rosa sobre el cabello, ajustándola con una agilidad experta.

—Perfecta —murmura Genevieve, dándome un suave toque en la punta de la nariz antes de ponerse la suya lila.

Siento cómo el flequillo rosado me roza las pestañas y aprovecho para mirarme en el reflejo de la pantalla de mi celular. Es ridículo, pero de una forma extraña y liberadora, se siente bien.

—No te queda mal el rosa, pero tengo una queja al respecto —dice Eric apenas nos acercamos a ellos. Tiene los brazos cruzados sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante cuando me detengo frente a él.

Sonrío, apoyando los codos sobre la superficie alta.

—Ilumíname —respondo con un toque de ironía.

Él eleva una mano para jugar distraídamente con uno de los mechones sintéticos de la peluca.




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