Eleanor
—De verdad, discúlpame. No debí haberme ido así, fui una mala amiga y... —la voz de Genevieve suena realmente arrepentida al otro lado del teléfono.
Suelto un suspiro, interrumpiéndola suavemente.
—Esta bien—le aseguro—. No fue nada. No eres mi niñera, Genevieve. No tienes de qué preocuparte.
Mientras hablo, termino de bajar las escaleras del porche para sentarme en ellas. El aire afuera ya era el frío típico de la noche así que estaba usando unos de mis suéteres favoritos: un hoodie azul con una medusa pintada en la espalda. Mis padres habían salido a cenar así que, como es común, estoy sola en casa.
—No, no esta bien—insiste ella. Puedo escuchar el movimiento de objetos chocando entre si y sus pasos por su habitación. Genevieve tiene la costumbre de estar haciendo tres cosas a la vez cada que me llama—. Yo te lleve a ese lugar, y estabas tomada. No me defiendas.
Cierro los ojos un segundo al recordar mi borrachez. Bueno, realmente no es que la haya olvidado. Probablemente nunca lo haga. Pero apenas me lo mencionan siento ganas de encerrarme en una caja y no salir más nunca. Sé que hice cosas estúpidas, pero seguro hay más que ni siquiera recuerdo bien.
—¿Te divertiste, al menos?—pregunto buscando desviar la atención de mi. Mientras Genevieve considera qué responderme, mi mirada se detiene en la casa de al frente.
La luz de la habitación de Eric estaba apagada, lo que me sorprende un poco teniendo en cuenta la hora. Es muy temprano para que esté dormido pero algo tarde para que esté afuera.
No hemos hablado desde que fue a mi casa a hablarme del beso, ni siquiera nos hemos cruzado. Y sé que apenas ha pasado un par de días pero Eric y yo hablábamos siempre, ya sea por mensaje o porque nos viéramos en nuestras casas. La presencia del otro era algo cotidiano.
No estoy segura de qué tanto cambió ese día para nosotros, pero su ausencia me resulta extraña.
—Me divertí—contesta finalmente—. Pero, por favor, no me dejen beber tanto otra vez con el cerca.
Suelto una risa a sus palabras. Desde que nos reunimos los cuatro en la cafetería supuse que Daniel y ella se traían algo, era muy obvio. Supongo que se conocen desde New York. Según lo que me había comentado Genevieve no era alguien que quería otra vez en su vida, simplemente. Pero parece que la conexión nunca se borró entre ellos.
—Nunca hubiese imaginado a personas como ustedes juntas—confieso.
—Y no tendrás que imaginarlo. Solo fue algo de una noche—asegura Genevieve, aunque yo no le creo del todo—. Debo irme ya, guapa. Pero nos vemos pronto. Cuídate.
Luego de que Genevieve cuelgue, me quedo sentada en las escaleras, fijando otra vez la mirada en la casa al frente de la mía. ¿Eric querría verme?
Recapitulando ese día, quizás dije cosas que no debía. Como decirle que no recordaba nada o que no sentí nada. Digo, básicamente no recuerdo lo que sentí en ese momento pero no sé lo que haya sentido él. Aunque estoy segura de que tampoco es nada. Así que no sé por qué estamos tan distanciados. Somos mejores amigos y son cosas que pueden pasar, pero, ¿eso arruina todo? Es imposible.
Mierda, ¿por qué tengo que pensar tanto?
Saco los audífonos de mi bolsillo, desenredando el cable antes de ponérmelos. Tomo el teléfono otra vez para buscar algo qué poner. No lo pienso mucho, solo deslizo mi dedo por mi lista se reproducción, deseando llenar el silencio y me detengo en una canción al azar.
Las primeras notas de una guitarra melancólica y envolvente empiezan a sonar en mis oídos. Cerré los ojos un segundo, pero el ritmo era demasiado reconocible. The Cure.
Fue la primera banda que Eric me obligó a escuchar completa una tarde en su habitación, jurándome que "cambiaría mi perspectiva de la música para siempre". En ese momento me reí de él, pensando que estaba exagerando, pero ahora, el eco de su voz recomendándome esa canción exacta se repite en mi cabeza.
Quizás lo extrañe un poco.
No, si lo extraño.
Me quito uno de los audífonos, dejándolo colgar sobre mi cuello.
No puedo seguir aquí sentada esperando a que la respuesta de saber si Eric esta enojado conmigo solo...aparezca.
Me pongo de pie de un salto, sacudiéndome la parte trasera del pantalón. Mis piernas se mueven casi en automático antes de que mi cerebro pueda convencerme de dar marcha atrás. Cruzo la calle en silencio, fijando la vista en la puerta de madera de la casa de enfrente.
Me detengo frente a la entrada. Levanto la mano para tocar, aunque dudosa. Finalmente doy dos toques suaves en la madera.
Pasan unos segundos en silencio. Estaba casi convencida de que nadie saldría cuando escucho el cerrojo girar. Me preparo mentalmente para ver a Eric, ensayando en mi cabeza un «hola» casual que no me haga sonar desesperada por verlo, pero la puerta se abre y no es él quien aparece.
—¿Eleanor? —la voz suave de Sarah me hace encoger un poco mis hombros.
Lleva el cabello recogido en un moño desordenado y un suéter holgado con un par de manchas de pintura en las mangas. Su rostro, siempre tan cálido, refleja una mezcla de sorpresa y esa amabilidad que siempre ha tenido conmigo.
—Hola, Sarah —consigo decir, ajustándome las mangas del hoodie para ocultar los nervios—. Yo... solo pasaba a ver si Eric estaba por aquí. Vi su luz apagada y pensaba... bueno, solo quería hablar con él.
Sarah me mira un segundo en silencio, y en sus ojos noto una mirada pensativa que dura unos segundos. Se hace a un lado en el marco de la puerta, abriéndola un poco más.
—No está, cariño —me dice con una sonrisa serena pero algo cansada—. Salió temprano. Pasa, afuera te vas a congelar.
No planeaba quedarme mucho tiempo, pero tampoco podía quedar mal con ella, así que paso. La casa de los Miller es, estructuralmente, idéntica a la mía. Aún así, se siente distinta. Un poco más fría, quizá. Pero el aroma a madera, pintura y té de manzanilla es tan familiar que hace que inhale un poco.