I’m Still Here

Capítulo 18

Eric

Odio las mañanas así.

El sol entra directo por las rendijas de la persiana, dando de lleno en mis ojos con una claridad irritante. Como si eso no fuera suficiente, afuera hay un pájaro malditamente afinado cantando desde la rama del árbol de mi ventana. Una mañana radiante. Perfecta.

Para mí, un asco.

Giro sobre el colchón, tapándome la cara con la almohada mientras un ligero malestar se instala en mi pecho. No necesito mirar el calendario en el teléfono para saber qué día es hoy. Diez años. Diez años han pasado exactamente desde el accidente.

Diez años intentando convencerme de que el tiempo lo cura todo, cuando en realidad solo te enseña a disimular mejor el dolor. Quien haya dicho la idiotez de que desaparece, no sé que clase de persona será. Odio esta fecha. Odio la lástima en la cara de la gente, odio sentirme impotente y, sobre todo, odio ver a mi mamá hundirse cada año en el mismo pozo sin que yo pueda hacer nada para sacarla. La frustración es bastante, pero no sé cómo manejar mis propios sentimientos, mucho menos los de ella.

Me pongo de pie de mala gana, pasándome las manos por la cara para tratar de despejar mi vista nublada. Pero apenas doy el primer paso para ir al baño, mi pie tropieza con la pata de madera de mi cama, y justamente es el maldito dedo pequeño el que recibe el golpe.

—¡Carajo! —maldigo entre dientes, soltando un siseo mientras me agarro el pie con la mano derecha como si eso fuera a calmar el dolor tan...tan insoportable para no decir una palabrota.

Muevo la otra mano para apoyarme en la superficie plana de la mesa de noche, pero mi palma choca directamente con un vaso de agua que ni siquiera recordaba haber dejado ahí. El cristal se tambalea y antes de que pueda sostenerlo, cae de costado, derramando todo el contenido en un segundo sobre unas hojas con partituras y acordes que tenía apiladas al borde.

Me quedo inmóvil un segundo, viendo cómo la tinta de las notas que me tomó tanto tiempo escribir empieza a correrse, volviendo el papel una masa gris y desecha.

—Increíble —murmuro con amargura, enredando las manos en mi cabello y tirando de el con fuerza en un gesto de frustración.

Ni siquiera he salido de mi habitación y ya el día comenzó a darme por los huevos.

Aparto las hojas arruinadas de un manotazo, dejando que el agua termine de chorrear al suelo. Ni siquiera me molesto en secarlas; ya no hay nada que salvar.

Entro al baño a trompicones, me lavo los dientes a toda prisa y me mojo la cara con agua fría para ver si logro espabilarme. No tengo ganas de arreglarme ni de pensar en qué ponerme. Me pongo lo primero que encuentro en el armario, agarro mi billetera, mi teléfono y salgo de la habitación. Planeo bajar las escaleras, tomar mis llaves, no cruzar palabra con nadie y salir de esta casa.

Pero al llegar al final de los escalones, me topo con el olor a café recién hecho y el sonido suave de un pincel chocando contra una taza de vidrio.

Ahí está ella, parada frente a la ventana de la sala. Lleva puesta una de las camisas viejas de mi padre. Le queda gigante y estaba casi seguro de que debía oler a polvo del tiempo que tenía guardada.

—Buenos días, Eric —dice mi madre sin volverse a mirarme, con voz suave pero con una nota de fragilidad que no puede ocultar. Siento que el corazón se me aprieta un poco al escucharla.

—Buenos días —digo, esquivando la cocina y buscando mis llaves sobre la mesa—. Voy de salida.

—Eric, por favor. Solo siéntate a desayunar un segundo. Hice café. Y pedí el desayuno que le gustaba...

El aire se vuelve pesado en un segundo. Sentir esa atmósfera de velorio flotando en la casa desde las ocho de la mañana me revuelve el estómago. Ya mi día había comenzado lo suficientemente mal para aguantarlo.

—No tengo hambre, mamá.

—Tienes que comer algo —insiste, dándose la vuelta. Noto la sombra de sus ojeras apenas la miro—. Es un día difícil para los dos. Podríamos... no sé, tal vez ir al cementerio más tarde. Juntos.

—Tengo cosas que hacer y después el turno en la tienda, no puedo.

—¿Ni siquiera hoy puedes hacer un hueco? —su voz se quiebra apenas un poco, pero para mí suena como una acusación.

—¡Tengo obligaciones, Sarah! —salto, sintiendo cómo el enojo me quema la garganta sin poder controlarlo—. Tú te puedes quedar aquí encerrada todo el día pintando su cara como si eso fuera a traerlo de vuelta, pero yo tengo que salir a trabajar. No voy a quedarme a hundirme contigo.

En cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento. El rostro de mi madre se descompone, no por rabia, sino por decepción. Y eso me duele mil veces más.

Agarro las llaves, le doy la espalda y salgo dando un portazo que retumba en toda la calle, dejando la culpa reconcomiéndome por dentro mientras camino a la casa de enfrent...Necesitaba ver a Eleanor.

Tampoco estoy seguro de cómo están las cosas entre nosotros ahora después de lo que pasó hace unos días, pero ahora no necesito pensar en cuánto me jodió que asegurara que yo no sentí nada. Lo cual es raro porque, realmente, no debía sentir nada.

Pero esa no es la cuestión hoy. Es solo el hecho de que necesito a mi mejor amiga, de que necesito una distracción para todo el día.

Cruzo la calle, esquivando la mirada de un vecino que está sacando la basura. Siento una presión ligera en el pecho que solo se calma un poco a medida que me acerco a su porche. Subo las escaleras de dos en dos y toco la puerta.

Necesito que abra. Necesito ver esos ojos color avellana que siempre logran calmarme, que se haga a un lado para dejarme pasar y que nos quedemos en silencio, o hablando de cualquier tontería mientras su gato se acomoda entre nosotros.

Espero unos segundos, marcando el ritmo con el pie contra el suelo. Nada.

Vuelvo a tocar, esta vez con tres golpes firmes en la madera.

—¿El? —llamo en voz baja, pegándome un poco a la puerta.




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