Otro día.
Otro grano.
Otra vida incontrolable.
El dermatólogo me ha recomendado tantas cosas, tantos medicamentos, que he perdido la cuenta de cuánto me ha costado comprar cada uno de ellos.
He rezado por si hay algún Dios que me escuche para que todo el maldito acné se vaya de mi rostro, y ni uno solo se ha ido. Todo ha empeorado; cada día empeora.
Ayer fui con una chamana para que limpiara mi rostro y ahora... ahora siento que las horas pasan tan lentas. No hay resultados.
Corea, China, Tailandia; incluso en mi propio país he viajado. Por cada ciudad, por cada hospital de belleza facial. Ninguno ha dado resultado. El último dermatólogo me ha dicho que es incurable.
Tengo la vasta necesidad de arrancarme el rostro de un tirón; tomar el cuchillo y arrancar pedazo por pedazo hasta que no quede ningún grano.
Mi celular está plagado de modelos hermosas, con las pieles relucientes. Tan lisas y perfectas y, aun así, promocionan cremas para combatir el acné, las arrugas o las manchas negras.
Ridiculeces. ¿Qué tienen en el rostro? Absolutamente nada. Solo son bellezas extremadamente finas que llegaron ahí a costa de eso: de su rostro. Pero ¿de qué sirve si, al final de cuentas, promocionar esos productos solo invita al público a creer que su rostro quedará de la misma manera? Sin embargo, cuando los llegan a utilizar de verdad...
No habrá nada.
Ningún resultado.
Lo peor es que las personas caen. Caen en las ridiculeces.