Es el primer día de clases en la secundaria de Shimer. Está entrando en la pubertad; es, en absoluto, la edad perfecta para que todas esas "imperfecciones", como las llama el mundo, lleguen a su cuerpo.
La sorpresa del día, cuando se admira al espejo, es ver que hay un brote enorme: un grano bien abultado en la frente. Ella lo toca y, al sentirlo, le duele demasiado.
—¡Mamá! —grita desesperada por la situación.
Su madre, quien se encontraba al otro lado del cuarto, avanza a pasos largos acercándose a su hija. Se queda detenidamente observándola con los ojos bien abiertos.
Su cabellera castaña, larga hasta la cintura, y esos ojos almendrados son una copia exacta de cómo se ve su hija. Solo que su pequeña, la menor de toda la familia, tiene el cabello más alborotado y rizado que las demás hermanas.
—¿Pero qué te pasó? —dice acercándose, tocando la frente de su hija con delicadeza.
—Duele, duele —jadea la niña, quien retrocede un paso cuando su madre intenta sostenerla del brazo para observar más de cerca.
Su madre frunce el ceño, mirando el grano como si el mundo se fuera a acabar porque su pequeña ha tenido su primer brote a los doce años.
—Nada de chocolate —ordena la madre alzando la mano y, alejándose mientras habla por encima del hombro, continúa—: De seguro algún chico te anda gustando.