Me han dicho incontables veces que podría ser el azúcar o, incluso, que me gustara algún chico. Las hormonas llegan a expandirse cuando un adolescente o, bueno, cuando la pubertad toca tu puerta.
Ha pasado más de una década desde que esa etapa suena lejana para mí. Me miro al espejo todos los días tratando de pensar si lo que debería desear sería, mejor, morir.
Estoy sola en este mundo; mis padres murieron cuando tenía tan solo cinco años. Mi abuela murió el año pasado. Soy una carga de mala suerte.
Retiro todas las cremas de cerca de mi espejo en el baño, tomando la bolsa que estaba escondida en el mueble debajo del lavamanos. Las pastillas, las tiro todas. Que no quede ninguna. Me he endeudado para poder obtener una belleza al menos pasable, pero los malditos granos siguen saliendo justo cuando creo que ya todo está perfecto.
Observo la parte trasera de mi pierna, llena de estrías blancas, como si se tratara de un tigre. Rayas por cualquier lado que veas. He bajado de peso últimamente. Antes me habría importado mucho no bajar de peso y mantener mi cuerpo saludable porque eso era lo que recomendaban: una vida sana y quizá así podría liberarme de esto. No, eso no fue lo que pasó.
Mis brazos se llenaron de pequeños puntos negros. No eran lunares. No son lunares; son acrocordones. Mis manos están llenas de costras duras por el esfuerzo que hago en el trabajo de carga, porque es el único lugar donde mi belleza no se ve afectada, ya que nadie más me ve más que las propias cajas. Incluso siento que esas mismas cajas se burlan de mí, se ríen de mí.
Termino por meterlo todo a la bolsa de basura y tomo mi mochila para ir a trabajar de noche. Salgo de mi departamento hacia el elevador, tocando el piso de la sala principal entre los botones. Es el número cuatro, porque de ahí bajan al menos tres, menos dos y menos uno: el lugar de los estacionamientos.
¿Cuántos carros, cuántos departamentos, cuántas joyas ya me habría comprado si no hubiera gastado todo ese dinero en esta bolsa que tengo en las manos?
Justo diez pisos antes de llegar a la sala del piso principal, se abre el elevador y entra una mujer de aspecto alegre, sonriendo y saludando. Acomodo mi bolsa más cerca de mí, tomo mi celular y sigo en lo mío, dejándole mensajes de odio a las publicidades engañosas.
La mujer se acerca a mí. La miro de reojo. Tiene el cabello rubio tan reluciente... muy probablemente es extranjera. Esas pestañas, ese perfil... es magnífico. Sigue con esa sonrisa en su rostro. Los pisos siguen bajando y yo sigo en lo mío, solo que esta mujer se acerca más. Da un paso de lado y yo me alejo, pegándome a la pared del elevador.
—¿Es basura? —pregunta con tono cortante pero muy directo, observándome fijamente aún con esa curva en sus labios.
Asiento levemente. En su brazo tiene una bolsa de lo que parece ser una marca de lujo; saca una pequeña caja, como esas que contienen una joya o un collar.
—Si no te importa... —mira fijamente la bolsa de basura. Inmediatamente la abro. Ella niega con la cabeza, sonríe acercándose un poco más a mí y me susurra como lo haría un amante, delicado y suave—: No es basura. Puedes quedártelo.
A través de sus ojos, al alejarse, miro un azul como el cielo. El elevador suena indicando que hemos llegado a nuestro destino. Ella no sale, concediéndome el paso primero. Yo agacho mi cabeza en noventa grados para agradecerle; es mayor que yo, debería haber sido más respetuosa.
Saco la bolsa con fuerza y me volteo para despedirme una vez más hacia el elevador. Las puertas se van cerrando poco a poco, pero adentro no hay nadie.
Ni una sombra. Ni una persona.