Regresé al elevador después de tirar la basura en los contenedores. Durante el trayecto, pensé mucho en si debía deshacerme también de esa caja color negro que me había dado la mujer que se desvaneció con el viento. Pensé y volví a pensar, hasta que finalmente la apreté entre mis manos para descubrir qué era.
Entré al elevador en cuanto las puertas se abrieron. Fui directo al estacionamiento, casi en el penúltimo de los niveles subterráneos. Allí estaba mi coche, esperando a que su dueña lo condujera.
Al sentarme, dejé la caja en el asiento del copiloto y puse las manos sobre el volante. Con el dedo índice comencé a dar golpecitos rítmicos contra el agarre mientras suspiraba. Inhalé tanto aire que, al soltarlo, sentí que me dolían los pulmones.
Me observé el rostro en el espejo retrovisor y allí estaban. Rojos e hinchados. Tan rojos como una manzana dulce, pero esto no tiene nada de dulce; es puro dolor. Presioné uno, grande y cargado de pus, sintiendo la punzada en toda la cara.
De pronto, volteé la cabeza hacia la caja. En las orillas de la tapa comenzaba a nacer una luz brillante, como si pequeños reflejos escaparan del interior. La tomé y la abrí de golpe.
Pero no, no había luz.
Quizá fue el sueño, o quizá las horas nocturnas me han estado haciendo daño últimamente. La pieza dentro de la caja no brillaba como me había parecido hace un momento. Solo era una figura con forma de ángel. Una joya preciosa, como un diamante perdido en mitad del desierto. Pero ¿por qué? ¿Por qué esa señora me daría algo tan valioso?
Este mundo es tan cruel que lo más seguro es que se lo robara y no quisiera tener problemas.
—Le diré al guardia que revise las cámaras para que encuentre a la dueña que se escabulló —murmuré—. No quiero tener problemas con la policía; bastante tengo ya con los míos.
Alcé la joya para mirarla más de cerca. En definitiva, es un ángel. Tan hermoso que resulta falso. Guardé de inmediato la joya en su sitio y encendí el coche. Es hora de ir a trabajar, no de perder el tiempo viendo si algo es bonito o no. Estupideces. Ridiculeces.
Al llegar al trabajo, el silencio inundó mis oídos, así que me puse los audífonos. He escuchado que hay una banda que habla sobre el amor propio; tienen canciones bastante agradables, pero ¿de qué sirven? Solo son palabras bonitas.
Las cajas pesan demasiado. Tengo que completar la observación de más de quinientas para cubrir mi sueldo de este mes; además, la próxima semana debo empezar con mi otro trabajo de medio tiempo. La música viaja conmigo en un ritmo melancólico; cambio las canciones mientras las notas suben y bajan en mi mente.
De repente, siento unos piquetazos en mi hombro. Salto del susto y me giro para ver quién es.
Nadie.
Podría ser un fantasma, pero qué importa si lo es. Debería ayudarme a mover las cajas en lugar de molestar como un mosquito. Entonces, un calor punzante me invade el pecho y siento un ardor abrasador en el cuello. Suelto la caja que tengo en las manos.
Me rasco desesperadamente hasta que siento algo metálico sobre mi piel. Rebusco por debajo de mi ropa y el corazón se me detiene.
Ahí está.
Esa misma joya de ángel.