Imperfecciónes

Capítulo 3-Oeste

El día de clases le fue bastante prometedor, aunque tenía bastante miedo por cómo la miraran y la posibilidad de no tener amigos con quienes comunicarse.

Ese temor se le fue con el viento cuando logró ver una cara conocida.

​Shimer se sentó al lado de una chica cuyos ojos eran azul claro, cabello rubio como la miel y una belleza inquietante, pero hermosa.

Era una vieja amiga de la infancia de Shimer; convivían muy a menudo en los recesos cuando eran jóvenes.

​La jovencita la observó con esos ojos mientras sus pupilas se dilataban aún más al ver más de cerca a su amiga, hasta que reaccionó de quién se trataba.

​—¿De verdad eres tú? —preguntó, mientras sus ojos se achicaban y tomaba del hombro a Shimer.

​Ella asintió de inmediato.

​—Mucho tiempo ha pasado —dijo Shimer con una sonrisa ensanchada.

​—Creo que el destino nos une siempre. Primero en la guardería, luego en el preescolar, luego en la primaria y ahora aquí. Aunque hemos estado encontrándonos o en el turno de la mañana o en el de la tarde, pero siempre nos encontramos.

​Ambas se abrazaron fuertemente. No eran las amigas más íntimas del mundo, pero sí las que parecían destinadas a permanecer cerca de la otra.

​El profesor llegó justo cuando ellas se estaban separando del largo abrazo. Shimer se sentó justo detrás de ella y, cuando lo hizo, otras chicas la golpearon del hombro accidentalmente para acercarse a su amiga.

​—¡América, América! —decían las jovencitas que se acercaban a ella, tocándole el hombro y mirándola fijamente.

​Otras tocaban su cabello, otras más se sentaron frente a ella para hablar. Era el primer día y ella ya era lo bastante popular para tener bastantes amigas, dejando a Shimer a un lado. Tampoco era obligación de América que Shimer fuera aún cercana a ella; América siempre fue popular, siempre la trataban bien y casi nunca convivía con Shimer porque tenía otras amigas que atender.

​Shimer suspiró, pero prestó atención al frente.

El profesor estaba acomodando sus cosas en el escritorio, sentándose cómodamente en la silla de cuero negro. Se ajustó los lentes y, con una voz alta y profunda, llamó la atención de todas las chicas y chicos que estaban rodeando aún a América.

​Todos se acomodaron en los lugares que habían decidido. El profesor miró su laptop una vez más, ajustándose los lentes antes de mirar al frente, donde estaban todos esperando sus palabras.

​—Acomódense por orden de lista —dijo autoritariamente, dictando uno por uno los nombres.

​Al llegar a un chico de cabello cobrizo, este sopló haciendo un puchero con su boca. Molesto, siguió la orden del profesor, volteando sus pupilas hasta dejar sus ojos en blanco; una señal latente de que era un jovencito problemático.

​—Shimer Frietria —señaló el profesor una silla que era la tercera en la segunda fila de la derecha del salón, casi cerca de las ventanas.

​Shimer se levantó; ella se encontraba antes en la segunda fila a la izquierda del salón.

Caminó tímidamente hasta llegar al lugar donde la asignaron, quedando justo al lado del chico que se encontraba en la primera fila de la derecha, la que estaba pegada a las ventanas: el jovencito de cabello cobrizo.

Tenía el rostro de parecer de unos cuarenta, con esos ojos de que no le importa nada y no sabe qué hacer después de que el profesor les dicte la primera actividad del día.

​La jovencita se acomodó en su asiento y lo saludó; él le devolvió el saludo un poco extrañado por la acción de ella. Estuvieron un tiempo mirando al profesor en lo que este seguía dictando los nombres de los demás.

América era la última de la lista, así que le tocaba hasta el final.

​Los suspiros largos y cansados del chico a un lado de Shimer hicieron que ella reaccionara y volteara para mirarlo.

Él tomó uno de sus lápices y comenzó a picar a su compañero de enfrente. Este también tomó un lápiz e hizo lo mismo con la pierna de su compañero; estiró la mano para evitar que el profesor los regañara. No volteó, trató de atinar su puntería con "ojos en la nuca". Ninguno de los intentos funcionó.

​Shimer se burló un poco de él, pero en su expresión solo mostraba curiosidad por lo que estaban haciendo. Miró al profesor de reojo, quien estaba mirando su laptop aún.

El profesor levantó la vista y justo observó a los dos jovencitos. De inmediato, frunció el ceño.




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