CAPÍTULO 1: NOVENTA Y SEIS DÍAS
POV: MILA
En público, no lloro.
No frente a los abogados que esperan despedazar el apellido Vance.
No frente a Nora, que huele la debilidad como un animal hambriento.
No frente a Caleb, que cree que el dolor me hará volver a él.
En público, soy invencible.
Pero hay noches —como esta— en las que el silencio de la Mansión Vance se vuelve demasiado grande, y entonces recuerdo que el hombre que me enseñó a no temerle a la oscuridad fue el mismo que desapareció en ella.
Noventa y seis días sin cuerpo.
Noventa y seis días sin respuestas.
Noventa y seis días durmiendo con su anillo como si fuera una promesa y no una condena.
Alexander llora desde la habitación contigua. El sonido me atraviesa el pecho como una aguja fina. Me levanto antes de pensar demasiado. No importa que nadie me vea; la costumbre de fingir ya es un reflejo.
Cuando cruzo el pasillo, el recuerdo me golpea sin aviso.
Toscana.
Cinco de la mañana.
Alexander tenía apenas semanas de vida y yo todavía no entendía cómo sobrevivir a algo tan pequeño y tan exigente.
El llanto llenaba la habitación mientras intentaba amamantarlo con los ojos cerrados. Me dolía todo: el pecho, la espalda, la cabeza. Las lágrimas me caían en silencio sobre su cabello oscuro. Él lloraba. Yo lloraba. El mundo parecía reducido a ese círculo miserable de agotamiento.
La puerta se abrió sin que la oyera.
—¿Te desperté? —pregunté rápido, limpiándome las lágrimas, fingiendo normalidad.
Erik se apoyó en el marco, despeinado, con la camisa medio abierta y esa calma peligrosa que siempre parecía envolverlo.
—Puedo escucharlos llorar a ambos hasta el jardín.
Aparté la mirada, avergonzada.
—Vuelve a dormir. Lo siento. No haremos ruido.
Él soltó una exhalación baja.
—Eso es imposible. Además, ya amaneció. Las mentes perturbadas no dormimos después de las cinco.
Caminó hasta la ventana y abrió las cortinas. La luz de la Toscana inundó la habitación.
—Habla por ti… —murmuré, con los ojos ardiendo—. La mía es perturbada y ansía dormir.
Erik sirvió una copa de vino desde la bandeja junto a la cama y me la extendió.
—Te lo cambio.
Miré el cristal como si fuera una promesa divina.
—Tentador… pero estoy amamantando. No puedo beber. Y no puedes alimentarlo.
Él no respondió. Solo levantó la otra mano.
Un biberón.
Miré a Alexander, rojo, furioso, llorando sin parar. Miré la copa. Volví a mirar al niño. Después, sin decir nada, intercambié al bebé por el vino.
Erik lo sostuvo con una facilidad que me irritó. Le dio el biberón. Alexander dejó de llorar casi de inmediato.
Tomé la copa y la bebí de un solo trago.
El silencio me golpeó.
Y entonces empecé a llorar.
No fue elegante. No fue silencioso. Fue un llanto cansado, miserable, que me dobló sobre mí misma mientras me cubría la boca con la mano.
—Soy una mala madre… —susurré, con la voz rota—. Ahora no podré amamantarlo hasta dentro de… ¿cuánto? ¿cuatro horas? ¿cinco? Ni siquiera puedo hacerlo dormir. Ni siquiera sé cómo calmarlo.
Erik ni siquiera levantó la voz.
—Ese es el tiempo perfecto que tienes para dormir.
Negué con la cabeza, sintiéndome peor.
—Soy un monstruo.
Él acomodó al niño contra su pecho.
—Él es un pequeño monstruo. No deja dormir a nadie.
Solté una risa ahogada entre lágrimas. Me limpié la cara con la manga.
—Por Dios… quiero otra.
Erik inclinó levemente la cabeza hacia la botella.
—Sírvete.
La miré. Dudé.
—No está bien. Debo ser una buena madre.
Erik me observó con esa calma peligrosa que siempre parecía ver más allá de lo obvio.
—Debes ser lo que sea necesario para que él sobreviva. Lo bueno o lo malo es relativo, Mila.
Cerré los ojos. El cansancio me estaba arrastrando.
—Dormiré solo diez minutos… te lo compensaré. Lo prometo.
Me dejé caer sobre la cama.
No fueron diez minutos.
Fueron ocho horas.
Cuando desperté, la luz de la tarde llenaba la habitación. Mi cuerpo se sentía pesado, pero ya no roto. Me incorporé de golpe, el pánico atravesándome.
Erik seguía allí.
Sentado en el sillón, con Alexander dormido sobre su pecho. Sostenía unos documentos con una mano mientras con la otra mantenía al bebé contra él, como si fuera lo más natural del mundo.
Me observó abrir los ojos.
—Las mentes perturbadas también necesitan descansar.
El recuerdo se rompe.
Alexander sigue llorando en el presente. Llora noche de por medio, cuando llueve, cuando hay truenos, cuando el silencio se vuelve demasiado grande para un niño que aprendió a dormirse sobre el pecho de un monstruo.
Pero Erik Vance ya no está.
Ya no entra a la habitación sin pedir permiso.
Ya no toma decisiones moralmente incorrectas que me dan paz.
Ya no cambia mi culpa por unas horas de sueño.
Ahora solo estoy yo, una madre que no duerme, un niño que no entiende la ausencia y una casa demasiado grande donde el eco suena igual que su voz.
Me apoyo contra la pared antes de entrar al cuarto de Alexander. Respiro hondo. Me limpio las lágrimas que nunca permito que nadie vea. Entro y lo abrazo,lo arrullo como cuando era un bebé.
En público, soy invencible.
Pero en privado… sigo esperando que la puerta se abra a las cinco de la mañana y que una voz cansada me diga que las mentes perturbadas no duermen después del amanecer.
Alexander solloza otra vez, se aferra a mí. Murmura papá...
Y por un segundo, odio al mundo por no haberme dejado al monstruo.
(...)
Me levanto antes de que el sol logre perforar la niebla de los Cotswolds. Mi ritual es mecánico, casi religioso. No hay espacio para el error cuando sabes que el mundo espera verte caer. Me ducho con agua casi helada hasta que mi piel deja de sentirse humana y se vuelve mármol. Me visto de negro; un vestido de seda que se ciñe a mi cuerpo como una armadura y unos tacones que resuenan contra el suelo con la precisión de un metrónomo.
Frente al espejo, ajusto mi máscara. Maquillo las ojeras que el insomnio de la madrugada me ha regalado y pinto mis labios de un rojo tan oscuro que parece sangre seca. La Condesa fría está de vuelta. La mujer que llora en la oscuridad por el recuerdo de un hombre que le daba biberones a su hijo a las cinco de la mañana ha sido encerrada bajo llave.
Salgo de mis aposentos y camino hacia el ala oeste. Al llegar a la puerta de la oficina de Erik, el corazón me da un vuelco, pero mis manos no tiemblan. Empujo las pesadas hojas de roble y entro.
El olor a tabaco y cuero sigue ahí, pero la vista es lo que me detiene en seco.
Nora ya está sentada en la silla de Erik, con las manos entrelazadas sobre el escritorio de caoba como si fuera la dueña legítima de cada átomo de esta habitación. A su lado, de pie y con la mirada esquiva, está Sofía.
—Qué sorpresa verlas juntas y tan temprano —digo, mi voz cortando el aire con una frialdad quirúrgica—. Tengo un mal presentimiento.
—Los malos presentimientos suelen ser solo la conciencia avisando de lo que viene, Mila —responde Nora, sin moverse ni un milímetro.
En ese momento, la puerta se abre tras de mí. Entra el abogado de la familia Vance, un hombre de rostro inexpresivo que deposita un maletín de cuero sobre la mesa. No hay saludos. Solo el sonido de cierres metálicos.
—Damos inicio a la sesión extraordinaria de activos —anuncia el abogado—. Tras la revisión del acta de fe de hechos y las pruebas biológicas cruzadas, se ha procedido a la impugnación de la filiación de Alexander Blackwood. Legalmente, el menor queda desvinculado de la sucesión de Erik Vance por vicio de consentimiento y fraude genético.
Siento el primer golpe de adrenalina, pero mi máscara de mármol permanece intacta. Miro directamente a mi hermana.
—Sofía, es tu sobrino —le digo, con una voz que parece venir de ultratumba—. Es la casa de su padre. ¿Vas a permitir que le quiten su nombre? ¿Su hogar? ¿Su existencia legal?
Sofía levanta la vista. Sus ojos están secos, llenos de esa envidia que siempre ha sido nuestro lenguaje.
—Mila... Alexander al menos tiene un padre vivo a quien reclamar —dice ella, con una calma que me hiela la sangre—. Bianca no. Solo busco el futuro de mi hija, y para que ella sea una Vance, Alexander debe dejar de serlo. Es lo justo: Alexander se queda con la herencia de los Blackwood y Bianca con la de los Vance.
—Con que a esas jugamos —respondo, y una sonrisa gélida aparece en mis labios—. Perfecto.
Nora se inclina hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. Su mirada es una ejecución.
—No hay más juegos, Mila. Solo hay decretos. He firmado esta mañana el cese de operaciones de rescate. **He cancelado la búsqueda de Erik.** Legalmente, he solicitado la declaración de fallecimiento presunto. Erik Vance está muerto. Para la ley, para los bancos y para este condado, mi hermano es solo una mancha de aceite en el mar.
El mármol se agrieta por dentro, pero no dejo que lo vean. El dolor por la cancelación de la búsqueda se transforma en una furia incandescente.
—Lo que has hecho hoy —le digo a Nora, acercándome al escritorio con una lentitud amenazante— no es justicia. Es un suicidio asistido para esta familia. Crees que has enterrado a Erik, pero solo has cavado tu propia fosa.
Nora se levanta, golpeando la mesa.
—¡Vete de mi casa! ¡Vete a tu herencia Blackwood, a ese rincón de miseria que te dejó tu padre! ¡Lleva a tu hijo y desaparece antes de que ordene a los guardias que te saquen a rastras! ¡Todo el pueblo sabe ya que eres una traidora, una adúltera infame! Eres la Condesa Viuda de la Infamia.
Me giro hacia Sofía. Ella intenta sostener mi mirada, pero veo el temblor en sus manos. No hay súplicas en mis ojos, solo una promesa de destrucción.
—Vuelves a equivocarte, Sofía —le suelto, y mi voz es tan afilada que parece cortar el aire—. Te perdoné una vez cuando te metiste en mi cama, pero esta vez no tendré compasión. Disfruta del trono de Bianca mientras puedas, hermana. Porque cuando yo vuelva para reclamar lo que es de mi hijo, no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte de mí.
—Mila, solo busco el futuro de mi hija... —intenta justificarse ella, dándome la espalda.
—Buscas tu propia ruina —sentencio.
Salgo de la oficina con la cabeza tan alta que me duele la nuca. Mis tacones resuenan por el vestíbulo como una marcha de guerra. Al llegar a la puerta principal, veo mis maletas arrojadas cerca de la salida como basura. Al abrirla, el aire frío me golpea y veo, al final del camino, el auto de Caleb esperando bajo la lluvia.
Nora cree que me ha destruido al matar a Erik en el papel. Sofía cree que ha asegurado un reino para su hija.
Pero mientras subo al auto de Caleb, ignorando su mirada de lástima y el rumor del pueblo que ya empieza a cercarme, me limpio la cara con el dorso de la mano. No estoy derrotada. Estoy liberada de cualquier gramo de bondad que me quedaba.
—Vámonos, Caleb —le digo, sin mirarlo—. Tengo un imperio que quemar y mucho dinero de mi padre para comprar los cerillo.