Impío

4.

CAPÍTULO 4: LA GRAVEDAD DE LOS DESEOS

POV: MILA

La brisa del Pacífico huele a sal y a una libertad que no me pertenece. El aire en esta casa, sin embargo, se siente como una mentira bellamente decorada.

Han pasado seis meses.

Alexander cumplió cinco años hoy. Tiene amigos, tiene sol, tiene una infancia sin apellidos que le pesen en la espalda. Y tiene a Caleb… levantándolo en brazos, enseñándole a patear un balón en la arena con una paciencia que me revuelve el estómago. Es la imagen de la vida perfecta. La vida que mataría por tener si no fuera porque mi alma se siente, cada día, un poco más hueca.

—¡Sopla, Alex! —gritan los niños.

Alexander cierra los ojos. Inhala profundamente. Pide un deseo. Sopla.

El humo de la vela número cinco sube en espirales grises, pero cuando él abre los ojos, no hay destellos de alegría. Hay algo más. Algo cansado. Algo viejo.

Y entonces, el quiebre. No es un berrinche; es un desmoronamiento.

Me acerco de inmediato, apartando a los otros niños. Caleb llega al mismo tiempo, su sombra cubriéndonos.

—¿Qué pasa, amor? —susurro, atrayéndolo hacia mi pecho.

Él niega con la cabeza, aferrándose a mi camisa como si fuera su única ancla.

—Quería que mi deseo se hiciera realidad… —solloza—. Pero no va a pasar.

Siento cómo algo dentro de mí se vuelve añicos. Caleb le acaricia el cabello, y veo en sus ojos la misma fractura que siento en mi propio pecho.

—¿Qué pediste? —pregunta Caleb. Su voz es un susurro roto.

Alexander levanta la mirada. Primero a él. Luego a mí.

—Quiero que vuelva mi papá.

El mundo se detiene. El ruido de las olas, los gritos de los niños, el viento… todo desaparece.

—Tu papá está aquí —digo, demasiado rápido, desesperada por cerrar la herida—. Caleb está aquí, amor.

—No.

Se separa un poco, limpiándose los mocos con el dorso de la mano.

—Bianca me prestó a su papá. Me dijo que es solo hasta que el mío regrese de su viaje al espacio.

Caleb se queda helado. No se mueve. No habla. Pero veo cómo su mandíbula se bloquea, cómo deja de respirar, cómo la realidad de ser un "préstamo" en la vida de un niño que debería ser su hijo lo golpea como un tren de carga.

—Vámonos —dice Caleb. Su voz no es una orden, es una rendición—. La fiesta terminó.

****

POV: SOFÍA

El vestido que elegí es de un azul noche, una seda tan impecable que me hace sentir como una muñeca de porcelana. Me he pasado tres horas frente al espejo, no por vanidad, sino por pura supervivencia. Si voy a estar en esa fiesta, si voy a ver cómo le arrebatan a mi hija el protagonismo de su propio cumpleaños, lo haré manteniendo la dignidad que a ellas les falta.

Afuera, la música empieza a sonar. Es una melodía de carrusel. Dulce, mecánica, repetitiva. La escucho rebotar contra las paredes de piedra de esta mansión Vance, que ahora se siente como un templo del que soy una profana.

La puerta se abre. No es el servicio. Es ella.

Entra con la calma de alguien que sabe que tiene el control absoluto. Se detiene a mis espaldas, observando mi reflejo en el espejo. Su perfume —cítrico, caro, cortante— inunda el espacio, asfixiándome.

—¿Por qué estás vestida? —pregunta. Su voz no es un grito; es un susurro gélido que me obliga a tensar la mandíbula.

Me giro lentamente, intentando que mi voz no tiemble.

—Es el cumpleaños de mi hija. Voy a bajar.

Ella suelta una risa corta, desprovista de cualquier rastro de calidez. Se acerca y con un dedo enguantado me recorre la mandíbula, un gesto que se siente más como una marca de ganado que como una caricia.

—Mi casa, mis decisiones —Su tono es de una burla exquisita—. No te equivoques, Sofía. No tienes absolutamente nada en este pastel. Nada.

Siento que el aire abandona mis pulmones. Un segundo, dos, tres... el silencio se vuelve un abismo.

—Soy su madre —logro articular, y mi voz suena extrañamente lejana—. Tengo derecho a estar ahí.

Ella se inclina hacia adelante, invadiendo mi espacio con una frialdad que me hace querer retroceder.

—Estás aquí porque Bianca aún te necesita para dormir y para no hacer preguntas que no queremos responder —dice, directa, sin necesidad de anunciar su autoridad—. Pero te lo dejaré claro una vez: en el momento en que deje de necesitarte, te sacaré de este lugar exactamente como saqué a tus hermanos. No eres más que una transición.

Me siento pequeña. Tan increíblemente pequeña. Pienso en Mila, en como la traicione, en Alexander quien hoy realmente si está de cumpleaños, en Isaac que está luchando solo contra toda la furia de Nora que ha pisado el apellido Blackwoods. Me siento estúpida, me siento ridícula. Nora ha limpiado el tablero de todos los Blackwood, y yo soy la última pieza que queda por retirar.

—¡Es mi hija! —exclamo, perdiendo la compostura—. ¡No puedes separarnos!

—La verás cuando yo lo decida —añade, dándose la vuelta con la elegancia de una reina que sentencia a muerte—. Por ahora, te quedarás aquí encerrada.

Escucho el chasquido de la llave girando en la cerradura desde fuera.

Me quedo sola.

Me acerco a la ventana y separo las cortinas apenas un centímetro. Abajo, en el jardín, veo las luces de colores, las mesas de plata, a la gente brindando con champán sobre los restos de nuestra reputación.

Veo a Bianca.

Está ahí, en medio de todo, con un vestido blanco que la hace parecer un ángel cautivo. La tiene de la mano, presentándola ante los invitados como si fuera una joya que ella misma ha pulido. Bianca no sonríe. Su carita es una máscara de confusión, sus ojos buscando en la multitud algo que no encuentra.

Me busca a mí.

Me golpeo el cristal con la frente. El frío del vidrio es lo único que me mantiene conectada a la realidad. Estoy vestida de gala para una fiesta en la que no existo. Estoy en un lugar que pese seria el hogar de mi hija, pero soy una prisionera y la convertí a ella en una prisionera.




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