Impío

5

CAPÍTULO 5— LA MEMORIA QUE NO MUERE

Mila POV

El timbre suena demasiado temprano. Me despierta con la cabeza pesada, el cuerpo aún frío por la noche en la playa. Durante un segundo no sé dónde estoy. Luego recuerdo. Todo.
Camino descalza hasta la puerta. Cuando la abro, el aroma me golpea antes que la imagen. Peonías. Demasiadas. Un ramo grande, exagerado, perfectamente armado. Sonrío. Claro. Caleb. Las tomo. Son suaves. Caras. Perfectas. Y completamente equivocadas.
Cuando él baja, ya estoy en la cocina. El desayuno está servido con una calma que no siento. Alexander sigue dormido.
—Gracias —le digo, con una sonrisa suave.
Caleb frunce el ceño apenas.
—¿Gracias? —pregunta, con cuidado.
Inclino la cabeza, señalando el florero.
—Por las flores.
Silencio. Un segundo. Dos. Algo en su expresión cambia. No lo dice todavía, pero ya sé que algo no encaja. Aun así, se acerca.
—Quiero disculparme por lo de ayer, Mila... —susurra, acortando la distancia—. Pero, ¿no te gustan?
Miro las peonías. Luego lo miro a él.
—¿Recuerdas el verano en Holanda?
Eso lo descoloca, pero asiente.
—¿Cómo olvidarlo? —dice, apoyándose en la encimera—. Fue la primera vez que salí de los Cotswolds.
Y con eso… todo vuelve.
*(Flashback: Holanda, campos de tulipanes)*
El cielo está abierto, inmenso. Los campos parecen irreales, filas interminables de colores que no deberían existir juntos. Sofía camina a mi lado, evaluándome, midiendo.
—Son demasiado salvajes —dice, frunciendo la nariz.
Paso la mano por los pétalos de un tulipán. Son suaves. Vivos. Imperfectos.
—Son lo más hermoso que he visto —respondo.
Sofía suelta una risa pequeña.
—Yo prefiero las peonías. Son más… elegantes.
Incluso entonces, yo ya sabía. Ella no estaba hablando de flores.
*(Presente)*
Caleb sigue mirándome, esperando algo que no sé si puedo darle.
—Tulipanes —dice finalmente, comprendiendo.
—Flores salvajes —corrijo.
Tomo las peonías con cuidado. Las coloco igual. Perfectas. Intactas. Como si no significaran nada, aunque lo significan todo. Porque no son mías. Nunca lo fueron.

Caleb da un paso hacia mí. Su mano rodea mi nuca, un gesto que ya no es de posesión, sino de una vulnerabilidad que me desarma. El mundo de los Blackwood desaparece.
—Perdóname —susurra contra mis labios—. Por no saber qué flores elegir. Por intentar que seas alguien que no eres para que encajes en mi rompecabezas.
No es un beso de victoria, es un beso de súplica. Él intenta pedir perdón con la lengua, con la forma en que sus dedos se entierran en mi cabello como si temiera que me fuera a desvanecer si deja de tocarme. Me rindo, no porque lo haya perdonado, sino porque necesito desesperadamente sentir algo que no sea el fantasma del pasado.
El mármol frío de la encimera contrasta con el calor de su cuerpo. Es una danza de fricción y desesperación; él intenta llenar los huecos de mi silencio con su piel, y yo intento convencerme de que este calor es suficiente. Que él es suficiente. En el intercambio, no hay batallas, solo el eco de dos personas intentando comunicarse en un idioma que ninguno de los dos termina de entender.
Cuando terminamos, el silencio es distinto. Es más liviano, pero igual de frágil. Caleb se marcha al trabajo con la mirada perdida en sus propios pensamientos, dejando tras de sí un vacío que intento ignorar.
El silencio de la casa se rompe pronto por unos pasos pequeños y arrastrados. Alexander entra en la cocina, frotándose los ojos, con el pijama de dinosaurios un poco desabrochado.
—¿Mami? —murmura, con la voz pastosa por el sueño.
El alivio me inunda, una marea cálida que desplaza la tristeza anterior. Me arrodillo frente a él, pasando mis manos por su cabello revuelto.
—Buenos días, mi amor.
Le preparo la tostada, la que le gusta, cortada en triángulos perfectos, y un vaso de leche con la cantidad justa de cacao. Alexander se sienta en la banqueta, balanceando los pies. Mientras desayuna, me pongo detrás de él.
Saco el cepillo y, con una paciencia que no sabía que tenía, empiezo a alisar su pelo. Paso los dedos por sus hombros, quitando una mota de polvo de su camiseta, ajustando el cuello del uniforme escolar para que quede impecable. Es un ritual. Alisar su ropa, ordenar su desorden, es mi forma de intentar poner orden en mi propio caos.
—¿Hoy jugaremos al escondite? —pregunta, con la boca llena de migas.
Le beso la coronilla, inspirando el olor a champú y a niñez.
—Prometido, Alex.
Lo veo comer, tan ajeno a las sombras de los adultos, tan lleno de luz. Por un instante, al terminar de alisar su ropa y dejarlo perfecto para el mundo exterior, me convenzo de que esto es real. Que soy Mila, la madre de Alexander. Una mujer normal en una vida que, por fin, tiene sentido.

******

POV Sofía

El brillo de la pantalla de mi móvil es lo único que ilumina la encimera de mármol de la cocina. Deslizo el dedo sobre las fotos del cumpleaños de Bianca una y otra vez. Ahí está, soplando las velas de un pastel que yo no compré, con una sonrisa que debería haber sido para mí, en un día que no siquiera es su cumpleaños real, Nora lo adelanto casi un mes, Nora no me dejó ir; me encerró en esta habitación con la excusa de una «indisposición» y, mientras yo me consumía, ella se aseguraba de borrarme de la existencia de mi propia hija.
El sonido de unos pasos firmes y elegantes sobre el suelo de granito me hace sobresaltar. Guardo el móvil rápidamente, pero mis manos tiemblan de pura rabia. Nora Vance entra en la cocina, impecable, como si fuera la dueña del mundo, y se sirve una taza de café sin siquiera mirarme.
—Buenos días —dice, con esa calma que siempre me ha puesto los nervios de punta.
Ignoro su saludo. El corazón me golpea las costillas con la fuerza de un animal enjaulado.
—¿Dónde está mi hija, Nora? —pregunto, levantándome de la silla con brusquedad.
Ella toma un sorbo de café, pausada, saboreando el momento.
—En el auto, esperándome. La llevaré al colegio personalmente.
El mundo parece detenerse.
—¿Con qué permiso? ¿Quién te crees que eres para decidir sobre sus mañanas? ¡Es mi hija! —Grito, y doy un paso hacia la salida de la cocina, decidida a cruzar el vestíbulo y llegar al coche antes de que cierren la puerta.
No llego a dar dos pasos. Dos de los guardias de seguridad de la familia Vance, hombres que obedecen ciegamente las órdenes de Nora, aparecen de la nada y me bloquean el paso. Sus cuerpos son muros infranqueables.
Nora deja la taza sobre la encimera con un chasquido seco. No me grita; no necesita hacerlo. Se acerca a mí con una lentitud que me resulta insoportable y saca un documento perfectamente doblado de su chaqueta.
—Verás, Sofía —dice, y su voz suena como el hielo rompiéndose—. Escucha lo que te voy a leer.
Despliega el papel con una elegancia cruel.
—*"Por la presente, la madre biológica renuncia voluntariamente a la custodia total y permanente de la menor, otorgando la tutela exclusiva y el derecho de toma de decisiones a Nora Vance, siendo esta su guardiana legal absoluta e irrevocable..."*
Siento que el aire abandona mis pulmones. La sangre se me hiela.
—Eso... eso era para la herencia —balbuceo, con la voz rota—. Dijiste que era un trámite necesario para asegurar los bienes de mi familia en los archivos Vance... ¡Me mentiste!
Nora inclina la cabeza, estudiándome como si fuera un insecto molesto.
—¿Y de verdad creíste que una Vance dejaría que la educación de una heredera dependiera de una Blackwood sentimental y fuera de control? —Suelta una risa seca, desprovista de cualquier rastro de compasión—. Bianca está bajo mi tutela legal. Los tribunales ya han sido notificados.
Sus ojos se clavan en los míos, sin dejarme escapatoria.
—Tú ya no eres necesaria, Sofía. Fuiste una pieza útil para la alianza entre nuestras familias durante un tiempo, pero ahora eres un estorbo.
Se acerca un paso más, invadiendo mi espacio, y su tono se vuelve un veneno absoluto.
—Esta es una mansión Vance, Sofía. Y en esta casa, las Blackwood ya no tienen lugar. Recoge tus cosas y vete de mi hogar. Recoge tus cosas o vete sin nada.
Los guardias me sueltan, como si yo ya no fuera nadie, como si ya no fuera parte de la vida de su familia. Nora se da la vuelta, ignorando mis lágrimas, y camina hacia la puerta de salida, dejándome sola en medio de la cocina de una mansión que, en cuestión de segundos, mi mundo se cae en pedazos.




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