Impío

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CAPÍTULO 6 — LA MEMORIA QUE NO MUERE

POV: MILA

La tarjeta cae al suelo.
No la suelto; se me escapa. Como si el papel quemara mis huellas dactilares.
El aire se vuelve denso, pegajoso. Miro alrededor, girando sobre mis talones como si el jardín pudiera darme una respuesta. Como si en cualquier rincón, tras un seto o una ventana, fuera a verlo apoyado, observándome con esa media sonrisa que siempre parecía saber más de mí que yo misma.
—No —susurro, y el sonido de mi voz me asusta.
Bajo los escalones casi corriendo. Camino por el perímetro de la casa, luego me alejo, hasta la verja. La grava cruje bajo mis pies, un sonido demasiado real, demasiado mecánico. Reviso la calle. Vacía.
Saco el móvil con manos torpes. El número de la floristería aparece en el historial.
—Sí, hola, necesito saber quién ha hecho este pedido —digo, forzando una calma que no siento—. Es urgente.
Transferencias. Música de espera. Respuestas automáticas.
—No podemos facilitar esa información, señora. Es política de la empresa.
Cuelgo. Vuelvo a llamar. Insisto. Cambio el tono, paso de la exigencia a la súplica. Nada.
Cuando regreso a la casa, el silencio ha cambiado. Ya no es tranquilidad; es acecho. Cierro la puerta con llave, un gesto inútil contra un fantasma, pero necesario para mi cordura. Empiezo a morderme las uñas, una, luego otra, hasta que el sabor metálico de la sangre me obliga a detenerme.
Miro el reloj. Las agujas avanzan con una crueldad indiferente.
—Tengo que preparar el almuerzo —me digo—. Caleb viene.
La normalidad es el único salvavidas que me queda. Me giro hacia el ramo. Las rosas siguen ahí, imponentes, intactas. Como si se burlaran.
—Tengo que deshacerme de esto.
Las cargo. Pesan más de lo que deberían. O tal vez soy yo, que arrastro un peso muerto que no se puede tirar a la basura. El aroma me golpea de nuevo, denso, embriagador. Respiro solo por la boca mientras camino hacia el contenedor de la comunidad.
Cada paso es una decisión. Cada paso es una mentira que me cuento a mí misma: *esto no es real*.
Levanto la tapa. Dudo un milisegundo. Luego, las dejo caer.
El sonido es seco. Final.
Me quedo ahí, inclinada, con las manos apoyadas en las rodillas, buscando aire. El corazón me late con una violencia que me duele. Y entonces, una sonrisa pequeña, torcida y cargada de veneno, se dibuja en mis labios.
—Tú estás muerto, Erik Vance —murmuro contra el viento—. Estás muerto.
Regreso a la cocina. Necesito orden. Necesito recuperar el control de mi cuerpo. Saco las verduras. El cuchillo brilla bajo la luz artificial, frío y preciso. Empiezo a cortar. *Uno, dos, tres. Corto.* Concentración absoluta. *Uno, dos, tres.*
El cuchillo resbala. No por error, sino porque mis dedos, por un instante, dejan de obedecerme.
El dolor llega tarde. Primero veo el rojo. Una gota. Luego otra, expandiéndose sobre la encimera blanca como una mancha de tinta imposible de ignorar.
El mundo se detiene. Y, de repente, la cocina ya no es mi cocina.

(Toscana. Hace cinco años.)
El sol entra tibio, casi insultante, por el jardín. Muevo suavemente el carrito de Alexander, que duerme ajeno a la tormenta que se gesta a mis espaldas. La taza de café tiembla entre mis dedos. No es por el café. Es por su voz.
—No voy a volver, Nora —la voz de Erik atraviesa la estancia como un trueno contenido—. Ya te lo dije.
Escucho su ritmo, su desdén.
—No me importa el protocolo. Ni el apellido. Ni el maldito circo que quieras montar. Estuvo ausente en vida, no voy a rendirle homenaje en su muerte.
Un silencio tenso, peligroso.
—¿La familia? —suelta una risa seca—. La familia es exactamente la razón por la que no pienso poner un pie en los Cotswolds.
Me quedo inmóvil. Demasiado quieta. Sé lo que viene.
—No —dice entonces, bajando el tono, convirtiéndolo en un filo—. Mila no va a ningún sitio.
Sus ojos me encuentran a través del cristal de la puerta. Directos. Como si siempre supiera dónde estoy, como si me tuviera marcada en un mapa. No puedo sostenerle la mirada. El café se me resbala, la taza choca contra el suelo y se rompe en mil pedazos.
Mis manos reaccionan solas, buscando los fragmentos, pero todo está borroso.
El corte es fino. Preciso. La sangre brota al instante.
Pasos firmes se acercan. La nana intenta acercarse, pero una palabra de él la hace desaparecer.
Erik se arrodilla frente a mí. Toma mi mano sin pedir permiso. Sus dedos son cálidos, firmes, autoritarios. Observa el corte no con preocupación, sino con una posesión que me desarma. Acerca mi dedo a sus labios, lamiendo la gota de sangre.
El contacto me recorre entera, anulando mi voluntad.
—La condesa debe estar donde esté su marido —dice en voz baja.
—No puedo… —mi voz se quiebra—. No puedo verlo. Yo… Lo amo.
Erik no se enfada. No discute. Solo me observa, como si esa confesión fuera la pieza que le faltaba al rompecabezas.
—Entonces nos quedamos —responde.
Se inclina. El beso sabe a tierra y a condena. Mis manos se aferran a su camisa. No pienso. No decido. Solo caigo. Porque con Erik no es elección; es gravedad. El jardín desaparece. Solo queda esa sensación de estar perdiéndome y encontrándome a la vez en el lugar más peligroso del mundo.

(Presente)

El cuchillo cae al suelo con un tintineo metálico.
El agua corre sobre mi dedo en el fregadero, arrastrando el rojo. Aprieto con una servilleta, obligándome a volver.
Respiro hondo. Una. Dos veces.
*Concéntrate.*
Recojo el cuchillo. Termino de cortar las verduras con movimientos metódicos. Calculados. Seguros.
De repente, un golpe seco en la puerta de entrada.
Me quedo helada. Mi corazón da un vuelco tan violento que me falta el aire. *Caleb tiene llaves*. Caleb nunca toca a la puerta.
El sonido se repite, más fuerte, más insistente.
Por un segundo, la sangre se me hiela. El miedo es irracional, visceral, *imposible*. Mis ojos se clavan en la madera de la entrada como si pudiera ver a través de ella. *Erik.* Tiene que ser él. Ha vuelto a reclamar lo que es suyo, a entrar sin permiso, a jugar con mi mente desde el otro lado del umbral.
Me muevo hacia la entrada con las piernas pesadas, casi arrastrándome. El terror me tiene paralizada, pero la curiosidad mórbida me empuja. Toco el pomo.
—¿Mila? —la voz de Caleb llega amortiguada desde fuera, llena de confusión—. Olvidé las llaves en la oficina. Ábreme, hace frío.
El alivio me golpea con tanta fuerza que casi me hace desplomarme, pero el rastro de miedo no se disipa. Solo se transforma en confusión. Abro la puerta.
Caleb está ahí. Ordenado. Impecable. Real.
—Hola —dice, aliviado, inclinándose para besarme—. Me he quedado fuera como un idiota.
Su tacto es cálido, familiar, seguro. Pero mi cuerpo tarda un segundo de más en responder. Es como intentar encajar dos piezas que no pertenecen al mismo puzle. Me tiemblan las manos; escondo el dedo vendado tras mi espalda.
—Hola —repito.
Él entra, frotándose las manos por el frío. Se separa apenas, observándome. No lo suficiente para preguntar qué me pasa, sí lo suficiente para notar que algo ha cambiado en el aire.
—Huele bien —dice, dirigiéndose a la cocina.
Cierro la puerta. El *clic* de la cerradura suena como un disparo. Cenamos con una precisión casi quirúrgica. Plato. Cubiertos. Agua. Todo en su sitio. Todo donde debe estar.
—¿Todo bien? —pregunta Caleb al final, dejando el tenedor.
Levanto la vista. Sonrío.
—Claro.
—Mila.
Solo dice mi nombre, pero en su voz hay un eco de alarma que me eriza la piel.
—Me corté —digo, mostrando el dedo vendado—. Nada importante.
Se inclina y toma mi mano con una delicadeza que no merezco. Su tacto es distinto. No invade, pregunta. Pero mi mente no está ahí. Está en otra cocina. En otros labios.
Retiro la mano.
—Estoy bien, de verdad.
Caleb suspira, frustrado.
—He pensado en lo de esta mañana. Las flores. Lo siento.
Niego con la cabeza. —No pasa nada.
—Solo quiero hacerlo bien contigo, Mila. A veces siento que… siempre voy un paso por detrás.
Esa honestidad me golpea. Es tan real que me hace daño. Trago saliva, sintiendo que me falta el aire.
—No quiero perderte —añade.
Ahí está la verdad. Limpia. Y completamente distinta a todo lo que he conocido.
Por un instante, quiero quedarme ahí. En lo fácil. En lo que no quema.
Pero entonces, un aroma.
Apenas perceptible. Un golpe de fragancia que me detiene el corazón.
*Rosas.*
Me quedo rígida. El corazón se me acelera, golpeando contra mis costillas. Yo las tiré. Las puse en la basura.
—¿Las hueles? —pregunto, sin filtro.
Caleb parpadea, confundido.
—¿Qué?
Respiro hondo. Nada. Solo el olor a la cena, a la casa, a él.
—Nada —murmuro, bajando la mirada al plato.
Tomo el tenedor y obligo a mi cuerpo a comer. Como si fuera suficiente para anclarme a la realidad. Pero, en el fondo, sé que algo se ha roto. Y no sé si tiene vuelta atrás.




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