Impío

9.

Capitulo 9

POV: MILA

La tela cae.

La máscara no es lo primero que veo.

Es el silencio.

Un silencio demasiado limpio para ser real.

Mis dedos siguen aferrados al aire donde debería estar su rostro. Tiro otra vez de la tela, como si el mundo pudiera corregirse si insisto lo suficiente.

Nada.

No hay Erik.

No hay reconocimiento.

Solo un hombre.

Un desconocido.

Demasiado humano.

Demasiado asustado.

El tiempo se rompe en ese segundo.

No entiendo lo que estoy viendo. No encaja. No hay narrativa posible para esto.

—No… —susurro—. No eres tú.

El hombre da un paso atrás.

Y entonces huye.

No explica nada. No lucha. No negocia.

Simplemente desaparece entre las sombras de los riscos como si yo fuera el peligro.

Eso es lo que me rompe.

No la sangre.

No la caída.

Sino que él huya de mí.

Me quedo de rodillas en la arena.

El mar sigue igual.

Indiferente.

Perfecto.

Como si no acabara de pasar nada.

—¿Qué es esto? —susurro.

Mi voz no suena mía.

—¿Qué mierda es esto?

Repito la frase una vez. Luego otra.

Como si al repetirla pudiera reconstruir el orden del mundo.

Pero no vuelve.

No encaja.

La realidad no responde.

Miro mis manos.

Tiemblo.

Hay sangre, sí.

Pero eso es lo único real que reconozco.

Todo lo demás es… ruido.

Me levanto despacio.

Demasiado despacio.

Como si mi cuerpo no estuviera seguro de obedecerme.

El viento golpea mi cara.

Y por primera vez, me asalta una idea peligrosa:

si no era Erik… entonces ¿por qué mi cuerpo lo buscaba igual?

Empiezo a caminar hacia el coche sin pensar.

Sin llorar todavía.

El llanto llega después.

Primero viene la desorientación.

Después la rabia.

Después el vacío.

Y solo entonces, cuando ya estoy sentada al volante, las manos en el cuero del volante, completamente sola:

rompo.

Golpeo el cristal con la frente una vez.

—No tiene sentido —susurro—. No tiene sentido, no tiene sentido…

Lo repito mientras conduzco.

Como si fuera una oración.

Regresé a la casa al amanecer. El sol empezaba a salir sobre el océano, una postal perfecta para una vida que acababa de colapsar.

Caleb estaba allí, esperándome.

—¿Dónde estabas? —su voz era un bloque de hielo.

—Tomando una copa —respondí, caminando hacia la cocina sin mirarlo.

—Necesitas ayuda psicológica, Mila. Estás cayendo en la misma espiral de autodestrucción de antes.

Solté una risa seca. —Ay, por Dios, Caleb. Bebí solo una copa. Tú anoche llegaste a rastras; si yo necesito un psicólogo, tú deberías ir directo al psiquiatra, ¿no crees?

—Esto no está funcionando, Mila.

Me detuve frente a la cafetera. —¿Quieres café?

—¡Estoy hablándote, por Dios! —gritó él—. ¡Háblame también!

—¿Qué quieres que te diga? Acabas de decir la frase que inicia una ruptura. No quiero escucharte terminarme a las ocho de la mañana.

—La hora es el problema, no la frase en sí. Ya no sé qué más quieres de mí.

—Quiero la Mila que eras antes de que… esa maldita sombra te destruyera.

Me quedé mirándolo con amargura. —¿Hablas de la Mila que te rogaba atención? ¿La que esperaba por ti durante horas?

—Esto es injusto.

—Injusto es que pienses que soy lo que soy porque me casé con el monstruo por supervivencia.

—Podías sin él —sentenció Caleb.

—Podía, claramente. Solo que estaba tan perdida en que me amaras que no lo sabía.

Caleb negó con la cabeza. —Es ridículo. Siempre será mi culpa.

—No hay víctimas aquí, Caleb. Solo malas decisiones y consecuencias.

Él guardó silencio, su mandíbula tensa antes de soltar la bomba.

—Quiero que nos separemos.

—Perfecto —respondí con el corazón en la garganta—. Recogeré nuestras cosas.

—Las tuyas —me corrigió. Su voz no subió de tono, pero la autoridad me heló la sangre—. No dejaré que te lleves a Alexander.

—No voy a darte a mi hijo.

—Nuestro hijo, Mila. También es mío. Y no voy a permitir que lo arrastres otra vez a tu caos.

—¿Mi caos? —repetí—. Tienes ocho meses actuando como si ese niño fuera solo una consecuencia de tu redención.

—No empieces con esto —exhaló él—. Me equivoqué en el pasado. Lo he intentado arreglar. Estoy aquí. Pero tú sigues viviendo como si todo lo que pasó en Redford fuera una maldición romántica que tienes que repetir en bucle.

Caleb se acercó, su mirada era de una dureza devastadora.

—Y Erik… lo conviertes en un fantasma que justifica todo lo que haces. No fue amor. Fue destrucción mutua. Y Alexander no debería crecer dentro de eso otra vez. Soy su padre y lo protegeré de ti si es necesario.

Solté una sonrisa rota. —Caleb Thorne… el hombre perfecto. Mila Blackwood, la descarrilada. Se me olvidó lo que se siente no ser suficiente para ti.

—No fue así.

—Claro que fue así. La única vez que me sentí suficiente para ti… fue en ese baño en Redford.

Caleb se tensó. No me interrumpió.

—¿Recuerdas todo lo que hice? —susurré—. Cómo me aferré a ti como si fueras la única forma de no romperme… siempre pensé que yo te ensucié a ti. Pero fuiste tú el que me dejó marcada.

Caleb habló al fin, con una frialdad que cerró cualquier puerta al perdón.

—No fue un error de una noche, Mila. Fue una decisión que nos rompió a los dos. Y no dejaré que siga rompiendo a nuestro hijo inocente. Te vas a donde quieras irte, pero sin Alexander.

Ya no lo miraba igual. Ya no era mi refugio; era mi carcelero. Caleb se giró para salir, pero se detuvo antes de subir las escaleras.

—He reservado un vuelo para mañana —soltó él. Su voz era plana, despojada de cualquier rastro de la ternura que antes me dedicaba.

Fruncí el ceño, intentando procesar la información a través de la neblina del alcohol y el agotamiento. — No tenemos nada que hacer en Inglaterra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.