Impío

10

Capítulo 10.

POV: CALEB THORNE

El peso de Alexander en mis brazos es lo único que me mantiene anclado a la realidad. Mis ojos escanean la fachada de la Mansión Blackwood, un lugar que alguna vez llamé hogar y que ahora se siente como un mausoleo. Pero entonces, el mundo se detiene.

Una pequeña figura de luto se desprende del grupo.

—¡Papá! —el grito de Bianca me atraviesa como una descarga eléctrica.

Mi instinto de supervivencia me dice que retroceda, que me aleje de la red de mentiras de Sofía. Pero mi cuerpo no obedece a la lógica. Mis brazos, por puro instinto, sueltan a Alexander. El niño se tambalea un segundo antes de que Mila lo sostenga, pero yo ya no estoy ahí.

Me inclino y recibo el impacto del cuerpo pequeño de Bianca. La cargo, alzándola contra mi pecho, y cierro los ojos con fuerza. La extrañaba. Dios, cuánto la extrañaba. Hundo el rostro en su cabello y el olor a talco y a jabón de lavanda me golpea; es el olor de los primeros cuatro años de mi vida como padre, la esencia de la niña que vi nacer y que sostuve antes que nadie. En este abrazo, la verdad de Erik Vance no existe; solo existimos ella y yo.

—Papá, llévame contigo —solloza ella contra mi cuello, sus manitas apretando mi abrigo—. Estoy muy triste en la casa de la tía Nora... hace frío ahí.

El corazón se me contrae. Escucharla hablar del frío en la Mansión Vance me despierta una furia protectora que no debería sentir. Sofía se queda paralizada a unos metros, con el rostro desencajado, viéndome sostener lo que ella usó para encadenarme.

—Bianca, suéltalo. Ahora mismo —sisea Sofía, recuperando el movimiento. Se acerca con pasos erráticos y, con un tirón brusco, me arranca a la niña de los brazos.

El vacío que deja Bianca es gélido. Alexander, aferrado a la pierna de Mila, nos mira a ambos con una confusión desgarradora. Sus ojos saltan de Bianca a mí, y luego a su madre.

—Mamá... —susurra Alexander, y su voz pequeña es un puñal—. Ahora que hemos regresado, ¿Bianca ya no me prestará más a su papá? ¿El mío volverá ahora de las estrellas?

Siento un mareo violento. Vuelvo en mí, sacudiendo la neblina de nostalgia que me dejó el abrazo de Bianca. Miro a Alexander, el niño que lleva mi apellido por un papel, pero que busca en el cielo a un hombre que solo supo destruir.

—Yo estaré contigo, Alexander —le digo, mi voz recuperando esa dureza que uso como escudo—. No necesitas que nadie baje de las estrellas.

—Qué divertida entrada, Mila —la voz de Beatrice Blackwood corta el aire como una guillotina—. Traer al bastardo y al hombre con el cual engañaste a tu difunto marido mientras ensuciabas el apellido Blackwood. Realmente no tienes vergüenza.

Mila se endereza. Hay una chispa de la vieja heredera en sus ojos, una fracción de segundo en la que no parece destruida.

—No quiero tener que echarte antes del funeral de papá, Beatrice —responde Mila con una calma letal—. A él no le hubiera gustado. Compórtate.

Isaac da un paso al frente, rompiendo la formación de luto. Ignora a su madre y a Sofía para envolver a Mila en un abrazo breve pero firme.

—Te extrañé, hermana.

—Y yo a ti, Isaac —susurra ella, cerrando los ojos.

—Dios, me dan náuseas —escupe Sofía, dándose la vuelta con Bianca en brazos. La niña sigue estirando las manos hacia mí, llorando en silencio, mientras las puertas de la mansión se tragan a la única familia que alguna vez creí tener.

Entramos. El aire de la casa está viciado, cargado de secretos que están a punto de explotar. Y mientras camino detrás de Mila, sé que este funeral no es para enterrar a Oliver Blackwood, sino para desenterrar todo lo que intentamos olvidar.

***

POV: MILA

Me separo del abrazo de Isaac. Su traje huele a la misma loción que usaba hace años, un olor que me ancla a una infancia que ya no reconozco. Mis ojos escanean el vestíbulo, ignorando el brillo de desprecio en los ojos de mi madre y la tensión que emana de Caleb. Solo hay una cosa que necesito.

—¿Dónde está? —mi voz suena pequeña, como si el techo de la mansión estuviera aplastando mis cuerdas vocales.

Isaac suspira, frotándose el puente de la nariz.

—Mila, por favor... ¿por qué primero no entras? Come algo, instálense. Alexander necesita descansar y tú...

—Quiero verlo, Isaac. Ahora.

Isaac me mira durante un segundo largo, buscando alguna grieta en mi determinación, pero solo encuentra el vacío.

—Dios... está bien. Ven.

Lo sigo por el pasillo que conduce al gran salón. Mis pies pesan. A cada paso, el suelo de madera parece gritar bajo mis zapatos. Cuando llegamos a las puertas dobles, Isaac las abre con cuidado. El olor a incienso, a cera de vela y a ese frío metálico que solo habita donde hay un cuerpo sin vida me golpea el rostro.

Me detengo en el umbral. Mis piernas se niegan a caminar. Es una resistencia instintiva, una parte de mi cerebro que sabe que, una vez que cruce esa línea, Oliver Blackwood dejará de ser el hombre que me esperaba en sus cartas para convertirse en un recuerdo de mármol.

—No puedo... —susurro, dando un paso atrás.

—Mila, estás aquí —la voz de Isaac es firme pero compasiva—. Viniste por él.

Me obligo a avanzar. Cada metro hacia el centro del salón es una batalla contra mi propia cobardía. Y entonces, lo veo. El ataúd de madera oscura está abierto, rodeado de una marea de flores blancas que parecen burlarse de mi luto.

Me asomo. El rostro de mi padre está sereno, demasiado quieto. Tiene las manos cruzadas sobre el pecho, y por un momento, espero que se levante y me regañe por llegar tarde. Pero el silencio es absoluto.

Te abandoné, es el primer pensamiento que me golpea, tan real que casi puedo sentir el impacto físico en el pecho.

Hui. Dejé esta casa porque no soportaba los recuerdos, y al hacerlo, te dejé a ti. Te dejé solo entre estas hienas que solo esperaban a que tu corazón se detuviera para repartirse tus restos. No merezco nada de lo que me dejaste. Me diste amor, me protegiste de todos siempre, fui tú consentida, me esperaste... y no llegué.




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