Impío

11

Capitulo 11

POV: MILA

El murmullo de los Rothwell y los Harrington se transformó en un zumbido eléctrico.

Los invitados se inclinaban unos hacia otros, cubriéndose la boca con guantes de seda, mientras sus ojos saltaban del anillo de oro en mi mano a la corona de rosas que parecía sangrar en mitad del salón.

Nora Vance, por primera vez en su vida, perdió el color.

Estaba aterrada.

Miraba el anillo como si fuera un objeto maldito que acababa de salir del infierno.

Sofía, en cambio, permanecía inmóvil. Respiración entrecortada. Ojos vacíos.

Beatrice Blackwood rompió el silencio.

Aplaudió.

Lento. Preciso. Cruel.

—Brillante, Mila —dijo, con una sonrisa afilada—. Digna hija de su madre. Ni siquiera a mí se me habría ocurrido un teatro tan perfecto para salvar la herencia.

Sofía reaccionó como si la hubieran despertado de un golpe.

—¿Fuiste tú? —gritó, avanzando hacia mí—. ¿De verdad eres capaz de esto? ¿De usar a un muerto porque es lo único que te queda?

Nora recuperó el aire con una risa seca.

—Las hermanas Blackwood necesitan un psiquiátrico urgente.

—Se acabó —sentenció Caleb, frío—. No voy a dejar a mi hijo en este circo.

Isaac no lo detuvo.

Asintió.

Y Caleb se llevó a Alexander.

Mi mundo se movió… pero yo no.

Nada me importaba.

Nada… excepto esto.

Excepto el anillo.

Isaac se acercó.

—Mila…

No lo escuché.

Me levanté.

Y caminé.

Como si todos fueran fantasmas.

—¿A dónde vas? —preguntó Isaac, siguiéndome—. Estás alterada, no puedes—

—Mi auto —dije—. Dame las llaves.

—No vas a conducir así.

Me giré.

Y lo miré.

—No estoy pidiendo permiso.

El silencio que siguió fue suficiente.

Tomé las llaves.

Y me fui.

No recuerdo el camino.

Solo recuerdo la lluvia.

Y el sonido del motor como un latido descontrolado.

El cementerio aparece como una sombra entre la niebla.

Freno demasiado tarde.

Salgo antes de que el coche se detenga por completo.

Y corro.

Resbalo.

Caigo.

Me levanto.

Sigo.

Hasta que llego.

La tumba.

Erik Vance.

Caigo de rodillas.

Y empiezo a cavar.

No pienso.

No respiro.

Solo cavo.

La tierra se mete bajo mis uñas. Me corta. Me rompe.

No me importa.

—Tiene que estar aquí… —repito—. Tiene que estar aquí…

Cavo más rápido.

Más fuerte.

Más desesperada.

Hasta que paro.

Porque no hay nada.

Nada.

Miro mi mano.

El anillo sigue ahí.

Brillando.

Real.

Imposible.

Una risa se me escapa.

Rota. Vacía.

—¿Quién escribió esta mierda…? —susurro, mirando la lápida.

Esposo y padre amoroso.

—Esto es una puta mentira.

Levanto el puño.

Y golpeo.

El impacto es seco.

Doloroso.

Real.

Golpeo otra vez.

Y otra.

Y otra.

Hasta que la piel se abre.

Hasta que la sangre se mezcla con la lluvia.

Pero no paro.

—¡Todo es mentira! —grito—. ¡Tú eres una mentira!

El dolor sube por mi brazo.

Mi respiración se rompe.

Mi cuerpo tiembla.

Pero sigo.

Hasta que—

—Necesitarás hielo para eso.

Me quedo congelada.

El puño suspendido en el aire.

No me giro.

No respiro.

Sonrío.

Una sonrisa rota.

—Claro… —susurro—. Tenías que venir también…

Aprieto el anillo en mi mano.

Silencio.

Solo lluvia.

Solo mi respiración.

—Ya déjame en paz —escupo—. Estás muerto, Erik. ¿Entiendes eso? Muerto.

Un paso.

Detrás de mí.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Mi cuerpo lo siente.

Pero mi mente se niega.

—Se te hizo más fácil morir —continúo, temblando—. Más fácil que quedarte y enfrentarte a lo que hiciste.

El aire cambia.

Ese olor.

Tabaco.

Frío.

Peligroso.

Mi pulso se dispara.

—¡Quería verte arrodillado! —grito—. ¡Quería escucharte decir que lo sentías!

Una risa.

Baja.

Real.

Demasiado real.

Mi garganta se cierra.

—Pero no… —susurro—. Tenías que irte como un mártir…

Algo se mueve detrás de mí.

Siento calor.

Presencia.

Un aliento.

En mi oído

—Tambieb elegiste huir. Somos iguales.

No puedo respirar.

No puedo pensar.

—Y mira… —su voz baja, peligrosa— me has obligado a regresar del mismísimo infierno.

Mis ojos se abren.

Mi cuerpo se mueve antes que mi mente.

Pero no me giro, no puedo hacerlo. Tengo miedo de saber que estoy loca.

—No he dormido… —mi voz sale rota, arrastrada—. Aún tengo que enterrar a mi padre.

Trago saliva, sintiendo el barro en la lengua, el frío en los huesos.

—Tengo que volver ahí… —susurro—. Deja de hacerme sentir como una loca.

Cierro los ojos con fuerza.

—Desaparece.

Silencio.

La lluvia cae sobre los dos.

Y entonces repite—

—Que mala costumbre de golpear cosas, Dama de rosa.

Se me corta la respiración.

—Necesitaras hielo para eso, y cordura para todo lo demás.

No me giro.

No puedo.

Pero lo siento acercarse.

Ese cambio en el aire.

Ese peso.

Ese maldito reconocimiento que mi cuerpo hace antes que mi cabeza.

Una mano toma la mía.

Suave.

Firme.

Como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

Me quedo rígida.

No respiro.

Él gira mi mano apenas.

Observa mis nudillos abiertos, la sangre mezclada con tierra.

—Siempre igual… —murmura.

Su pulgar roza una herida.

Arde.

Es real.

Demasiado real.

Levanto la mirada lentamente.

Y lo veo.

Pálido.

Quieto.

Mirándome como si yo fuera la que acaba de volver de entre los muertos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.