CAPÍTULO 12
POV: CALEB
La imagen que tengo frente a mí es un insulto a la lógica y una puñalada a mi cordura.
Mila está en el suelo, deshecha, revolviendo la tierra con las manos ensangrentadas. Alexander está aferrado al cuello de ese hombre. Y Erik Vance... Erik está de pie, con la mano sobre el hombro de mi mujer como si el mundo no hubiera dejado de girar durante estos diez meses. Es un cuadro familiar maldito. Me da ganas de vomitar.
—Caleb, ayúdame. No la sueltes —la voz de Isaac suena lejana, casi irritante.
Isaac intenta levantar a Sofía, que ha colapsado en el barro tras ver al espectro de su traición volver a la vida. Pero yo no puedo moverme hacia ella. Mi vista está fija en Alexander. Siento los dedos de Bianca aferrados a mi abrigo, tirando de mí con desesperación. La pequeña llora, llamando a su madre, pero la ira me ha dejado sordo.
Suelto a Bianca. La suelto con una brusquedad que ni yo reconozco en mí. Mi prioridad es el niño. Mi hijo.
—¡Papá! —chilla Bianca al verse liberada de mi mano, pero ya estoy caminando.
Alexander se baja del regazo de Erik. No tiene miedo; tiene esa esperanza infantil que me hace sentir como el villano de su cuento. Se acerca a Mila y le acaricia el cabello con una ternura que me desgarra el alma.
—Mamá, ya no estés triste —murmura el niño—. Tenías razón. Papá ha vuelto de su viaje a la luna. Apuesto que tiene cosas increíbles que contarnos.
El mundo se detiene. Bianca corre tras de mí, sus piernitas tropezando con el lodo del cementerio. Me agarra el pie, intentando frenar mi avance hacia el hombre que nos destruyó.
—¡Papá, no vayas! —suplica ella, con el rostro empapado en llanto.
Me detengo, pero no para consolarla. Estoy ciego. La aparto de un tirón, sin piedad, y la niña cae sobre la grava. El sonido de sus rodillas raspándose contra las piedras me atraviesa, pero no me detengo. No puedo. Erik mira la escena. Y sonríe. Esa maldita sonrisa de superioridad que siempre ha usado para recordarme que él es el dueño del tablero.
—No toques a mi hijo —le digo, llegando hasta ellos.
Le arrebato al niño de los brazos de Mila con un movimiento violento. Alexander se queja, confundido, llamando a su "papá de la luna". Erik se ríe, un sonido seco que corta la lluvia, y ni siquiera se digna a responderme. Se da la vuelta y camina hacia Bianca, que sigue llorando en el suelo, sola.
Erik se agacha frente a ella. Su voz es una caricia envenenada.
—No duele tanto como para no ir a ballet, ¿o sí?
Bianca levanta la cabeza, limpiándose las lágrimas con sus manos sucias. Sus ojos... los mismos ojos de Erik, lo miran con una curiosidad que me hiela la sangre.
—Sí duele —responde ella con la voz entrecortada—, pero... me gusta el ballet.
Paso por el lado de ellos, cargando a Alexander. Siento una punzada de culpa al ver a Bianca, pero el odio es más fuerte. Es la hija de mi enemigo. Es el recordatorio viviente de que mi vida con Sofía fue una farsa. Me detengo un segundo y le acaricio el cabello con la mano libre, un gesto automático y vacío.
—Bianca... lo siento mucho —susurro.
Ella me mira, pero sus ojos ya no buscan mi protección. Se ha dado cuenta de que mi amor tiene condiciones.
—Ya volvió el papá de Alexander —dice ella con la lógica aplastante de sus cinco años—. No tienes que cuidarlo más, ya puedes volver a ser mi papá?
Erik levanta la vista hacia mí, con Bianca de pie a su lado, reclamando su lugar.
—Papá Caleb no puede cuidar a nadie cuando está así de enojado, Bianca —dice Erik, y sus palabras son dardos dirigidos a mi yugular.
—¡Quiero a mi pa...! —Alexander empieza a protestar en mis brazos, estirando las manos hacia ese maldito. Le corto enseguida.
—Despídete de mamá —le corto, mi voz es puro hielo—. Volvemos a la playa.
Mila se levanta del suelo como si despertara de una pesadilla. El barro le cubre el vestido negro, dándole un aspecto espectral.
—¿Qué dices? —pregunta, incrédula.
—Que volvemos a casa, Mila —sentencio—. Pero volvemos sin ti. Ese era el trato. Dijiste que si volvías a este circo, Alexander se quedaba conmigo.
—¡No puedes llevarte a mi hijo! —grita ella, caminando hacia mí.
—Mírate, Mila. No puedes cuidar ni de ti misma. Todos aquí son testigos de que no estás bien. No quiero llevar esto a un juzgado, no me obligues. Colabora y dejaré que lo veas.
Erik interviene entonces. Se pone de pie, dejando a Bianca un paso atrás. Su tono cambia a uno profesional, el lenguaje legal que ambos dominamos.
—Tienes un problema de lectura jurídica, Caleb. Yo soy el padre legal de Alexander. Yo le di mi apellido.
—Tu hermana me hizo el favor de quitárselo —le respondo, sintiendo que recupero el terreno—. Lo declararon bastardo y ahora tiene el mío. Es un Thorne. Legalmente, tú no existes.
Erik suelta una carcajada desquiciada.
—Caleb, eres abogado, no un cuentacuentos. Nora firmó un acta de defunción basada en una presunción de muerte. No hubo cuerpo ni ADN. Legalmente, nunca morí. Y si yo no morí, cada acto administrativo que Nora realizó en estos diez meses es nulo por definición. Incluida la anulación de mi paternidad. Alexander sigue siendo un Vance. Y sigue siendo mío.
Doy un paso hacia el auto, pero su voz me detiene como un disparo.
—Si cruzas esa reja con él, te acusaré de secuestro —suelta Erik, su voz ahora es un susurro gélido—. Venía de mi viaje a la luna en son de paz, al menos contigo, Caleb. Pero es que ya has hecho tres cosas hoy que me han revuelto las entrañas.
Me giro, sintiendo que la sangre me hierve.
—Los muertos no tienen entrañas, Vance.
—Ni tampoco corazón —responde él, inclinando la cabeza—. Juega bien, Caleb. Porque si decides ir por el camino difícil, no dudaré después. No habrá una segunda oportunidad para ti.
—No te tengo miedo —le respondo, aunque el frío de su mirada me dice que debería tenerlo—. Correré el riesgo.