Impío

13.

CAPÍTULO 13.

POV: SOFÍA

El sonido de los neumáticos del coche de Erik alejándose todavía vibra en el aire, pero el grito que desgarra la lluvia ahora es mucho más agudo. Es mi hija.

Nora tiene a Bianca sujeta del brazo con una fuerza que me revuelve el estómago. Para Nora, mi hija no es una niña de cinco años con las rodillas raspadas; es su escudo, su carta maestra contra el regreso de Erik y la única razón por la que todavía tiene un hilo de poder legal.

—Nora, por favor, déjala solo hoy —suplico, acercándome con las manos extendidas, temblando—. Ha sido un día horrible para ella. Mira cómo está... déjame llevarla a casa, que duerma conmigo. Solo una noche.

—¡Mamá! ¡Mamá, no! —Bianca se retuerce, sus manos pequeñas se aferran desesperadamente a la seda de mi vestido, manchándola de barro y lágrimas—. ¡No quiero irme! ¡Suéltame, tía Nora!

Nora no cede ni un milímetro. Su rostro es una máscara de frialdad administrativa.

—Bianca, por favor, no hagas más drama. Despídete —le ordena Nora, tirando de ella hacia el coche oficial que la espera—. Mañana volverás a visitarlos. Es el régimen de visitas, Sofía. Cumple con la ley o te aseguro que la próxima vez la verás a través de un cristal.

—¡DÉJAME IR CON USTEDES! —grito, perdiendo la poca dignidad que me queda—. Al menos déjame acostarla, Nora. Te lo ruego.

Nora se detiene un segundo antes de subir al coche. Me mira con un desprecio que me hiela la sangre.

—Por supuesto que no. Ahora que Erik ha aparecido de entre los muertos, tengo que tener a mis enemigos lejos de mi cuello. Y tú, Sofía, eres una de ellos. Eres la mujer que lo engañó con su mejor amigo. Eres un cabo suelto.

Nora cierra la puerta. A través del cristal, veo la cara de Bianca pegada al vidrio, sus manos golpeando el material, su boca abierta en un grito mudo que me rompe en mil pedazos. El coche arranca. Mi hija se va.

Me altero. Intento correr tras el vehículo, tropezando con mis propios pies, gritando su nombre como una loca. Isaac me atrapa por la cintura, sujetándome con fuerza mientras forcejeo.

—¡Suéltame, Isaac! ¡Se la lleva! ¡Está sufriendo, maldita sea! ¿No la ves? ¡Mírala!

—Tranquila, Sofía... —me susurra Isaac al oído, aunque su propia voz tiembla—. Mañana tiene que traerla. Es la orden del juez. No puede quedársela para siempre.

—Si hubieras cerrado las piernas a tiempo, Caleb y tú seguirían juntos y Bianca seguiría teniendo una familia —la voz de mi madre corta el caos como una cuchilla afilada.

Beatrice Blackwood está allí, impecable bajo su paraguas negro, abanicándose con una elegancia que resulta insultante en medio de este cementerio.

—¡Mamá, por favor! —salta Isaac, girándose hacia ella—. ¿De qué sirve eso ahora? ¿No ves lo alterada que está Sofía?

Beatrice cierra su abanico con un golpe seco.

—Sirve porque ahora recuperar a esa niña es casi imposible. Con Erik vivo, el acuerdo de custodia de Isaac es papel mojado. Estamos en la ruina emocional y social por culpa de la incontinencia de tu hermana. Nos bastaba con una infame, Mila era suficiente, ahora tenemos dos.

Siento que las piernas me fallan. El peso de mis errores me hunde en el fango. Me suelto de Isaac y me desplomo de rodillas frente a mi madre, hundiendo las manos en el lodo.

—Tienes razón... —sollozo, mirando sus zapatos caros—. Tienes razón, mamá. Me equivoqué en todo. Ayúdame, por favor. Ayúdame, estoy desesperada. No puedo perder a Bianca.

Beatrice me mira desde arriba, sin una gota de compasión en sus ojos claros.

—Levántate —me ordena—. No te crié para que te arrastres ante nadie, y mucho menos ante una maldita Vance. Deja de dar este espectáculo frente a los restos de tu padre. Veremos qué hacer con las sobras que nos dejó el maldito viejo.

Isaac se tensa, sus facciones se endurecen por primera vez.

—Mamá, respeta la memoria de papá. Acabamos de enterrarlo.

Beatrice suelta una risa amarga, una que contiene décadas de resentimiento acumulado.

—No tengo que respetar a un hombre al que le di hijos, lealtad y legado, y que aun así me dejó sin nada en la herencia —espeta ella, señalando la tumba de Oliver—. Decidió darle todo a una sola hija. Su favorita. La que ahora está en un coche con el hombre que debería estar muerto.

Beatrice mira hacia la salida del cementerio, donde los Vance y los Blackwood solían reinar.

—Si quieres a tu hija, Sofía, deja de llorar y empieza a pensar como una Blackwood. Porque la guerra que Erik Vance acaba de empezar no se va a ganar con lágrimas.

Se da la vuelta y camina hacia su limusina, dejándome allí, arrodillada en la tierra, sabiendo que para recuperar a mi hija tendré que convertirme en el monstruo que mi madre siempre quiso que fuera.

****

POV: CALEB

El aire acondicionado del aeropuerto me golpea la cara, pero estoy empapado en sudor. Alexander se ha tirado al suelo, justo frente a la puerta de embarque 15. Es una mancha pequeña de furia y llanto en medio del mármol pulido.

—¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero a mi papá! —grita, y el sonido rebota en las paredes, atrayendo miradas de reproche de los pasajeros.

—Alexander, papá está aquí. Mírame, soy papá —me agacho, intentando agarrar sus manos, pero me golpea.

—¡También quiero a mi papá Erik! ¡Lo extrañé mucho! —Alexander me mira con los ojos rojos, hinchados—. Quiero que me cuente su viaje a la luna... quiero que me enseñe las estrellas que atrapó.

Siento una punzada de bilis en la garganta. El nombre de ese hombre en la boca de mi hijo es como ácido.

—Erik no es tu papá, Alexander. Es el padre de Bianca —le digo, mi voz endureciéndose más de lo que debería—. Y no fue a la luna. Mamá te mintió, hijo. Nadie va a la luna y vuelve así.

Alexander no se levanta. Se hace un ovillo en el piso. Dos oficiales de seguridad del aeropuerto se acercan, con las manos cerca de sus cinturones.




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