Impío

15.

CAPÍTULO 15

POV: ERIK

El motor del coche es lo único que rompe el silencio sepulcral mientras nos alejamos de la terminal. Me apoyo contra el asiento, sintiendo el frío del cuero en mis sienes. No fui a ese aeropuerto por Caleb; habría dejado que se pudriera en una celda con gusto. Fui por el niño. Fui a evitar que ese abogado mediocre le robara a Mila lo único que la mantiene cuerda. Pero al final, ella me dio el mismo pago que a él: el destierro.

—¿Y el niño? —la voz de Eloise suena desde la penumbra, cargada de una curiosidad que me irrita—. ¿Y Mila?

Giro la cabeza hacia ella con una lentitud que destila peligro. Mis ojos deben de ser dos pozos de odio puro en este momento.

¿Los ves aquí? —suelto, y mi voz es un latigazo—. ¡No! Entonces no hagas preguntas estúpidas, Eloise.

Ella se echa hacia atrás, sorprendida por la violencia de mi tono, pero no tarda en recomponerse. Una sonrisa de suficiencia empieza a dibujarse en sus labios perfectos. Ella no estuvo en esa oficina, pero huele mi derrota a kilómetros.

—Vaya... el muerto resucitado corriendo con desespero tras el hijo de otro hombre —dice, clavando el puño en la herida—. Te empeñaste en que ese niño fuera tuyo, en darle tu apellido... y has terminado fuera de la ecuación. Como siempre.

Miro por la ventana, viendo las luces de la ciudad pasar como disparos.

—Le diste tu abrigo y tus zapatos —suelto con un sarcasmo que corta el aire—. Eso ha sido adorable de tu parte, Eloise. De verdad.

—¡Lo hice porque soy madre! —responde ella, encendiéndose de golpe—. ¡Y porque me avergüenza que tu esposa ande como una indigente por el aeropuerto dando un espectáculo! No me agrada, Erik. Es impulsiva, grosera, está demente. Es una carga.

Suelto una risa seca, sin rastro de alegría.

—Precioso. Mereces una tarjeta de felicitaciones. ¿Qué quieres que te escriba? ¿"Suegra adorable"? —La miro de reojo, disfrutando de cómo se le tensa la mandíbula—. Porque dudo que quieras que ponga la verdad sobre lo que opinas de ella.

—Cualidades que, a mi parecer, son magnetizantes —interviene Lucien desde el asiento delantero, intentando suavizar el ambiente con su cinismo habitual—. La locura de Mila es lo único que mantiene a Erik interesado en este mundo de vivos.

—Ella no va a perdonarte —sentencia Eloise, ignorando a Lucien—. Te odia en la misma intensidad en la que desea matarte. Y ese niño... ese niño no te quiere a ti, quiere al fantasma de la luna.

Siento una grieta abrirse en mi pecho, una pequeña fisura que sello de inmediato con puro veneno.

—No quiero que me perdone, Eloise. Nunca ha sido mi objetivo. El perdón es una moneda para los que no tienen poder para imponer su voluntad.

—Tu prioridad debe ser tu hija —insiste ella—. Deja de perseguir hijos ajenos y concéntrate en recuperar a Bianca.

Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio hasta que el aire en el asiento trasero se vuelve asfixiante.

—Eloise... tú precisamente eres la menos indicada para defender el principio de la consanguinidad —mi voz es un susurro gélido—. Siempre fuiste muy pasional... y muy desleal. Tu castigo tiene veintitrés hermosas primaveras y el rostro exacto del jardinero que cuidaba tus rosales en Lyon. Así que guarda tus lecciones de moral para alguien que no conozca el color de tus secretos.

Eloise palidece tanto que parece transparente. Se queda muda, mirando el vacío del cristal, mientras Lucien deja de reírse de golpe. He dado en el blanco, y el silencio que sigue es mi única victoria de la noche.

El coche se detiene frente a los imponentes portones de la Mansión Vance. Me ajusto el saco, recuperando mi máscara de dueño y señor.

—Traten de descansar bien hoy —les digo, lanzándoles una última mirada cargada de desprecio—. Porque a partir de mañana, cuando regresemos a esa casa, ninguno de nosotros podrá volver a dormir en paz.

Bajo del auto y camino hacia la entrada. Soy un hombre que ha vuelto de la muerte, y si Mila quiere una guerra de desprecios, le daré un infierno de conquistas.

****

POV: SOFÍA

El mensaje llega cuando estoy sentada frente al tocador, todavía con el olor del cementerio atrapado en el cabello.

La pantalla del teléfono ilumina la habitación oscura

Necesito hablar contigo.
Esta noche.
—Caleb.

Lo leo dos veces.

Luego una tercera.

No debería sorprenderme. Caleb siempre aparece cuando todo está roto, como si el caos fuera el único idioma que realmente entiende.

Me levanto despacio y abro el armario. Mis manos recorren vestidos negros, grises, azul marino. Termino escogiendo uno color vino oscuro, elegante y discreto. El tipo de vestido que una mujer usa cuando quiere recordar quién era antes de humillarse por amor.

Estoy terminando de colocarme los pendientes cuando la voz de mi madre corta el silencio desde la puerta.

—¿A dónde vas tan tarde?

Levanto la vista hacia el reflejo del espejo.

Beatrice Blackwood está apoyada contra el marco de la puerta, impecable incluso pasada la medianoche. Lleva una bata de seda negra y una copa de vino en la mano. Parece una viuda salida de una pintura renacentista.

—Asuntos personales —respondo, tomando el bolso.

Ella entrecierra los ojos.

—Creí que habíamos pactado una alianza hace apenas unos minutos, Sofía.

Me giro hacia ella lentamente.

—Eso hicimos.

—Entonces explícame por qué pareces una mujer que va a cometer un error.

Suelto una risa seca mientras tomo las llaves del coche.

—Porque probablemente lo voy a cometer.

Beatrice se acerca despacio. Sus tacones resuenan sobre el mármol como un reloj marcando una ejecución.

—¿Es Erik?

No respondo.

Y el silencio es suficiente.

Mi madre sonríe apenas. Una sonrisa peligrosa.




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